La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
El señor Shelby mostró su confianza en la habilidad de su esposa nombrándola albacea única de todos sus bienes, de modo que le llegó inmediatamente a las manos una gran cantidad de negocios complicados.
La señora Shelby, con su energía acostumbrada, se dedicó a la tarea de desenredar la maraña de sus asuntos; ella y George estuvieron ocupados durante algún tiempo recogiendo y repasando las cuentas, vendiendo propiedades y pagando deudas; pues la señora Shelby estaba decidida a dejar todos los asuntos liquidados y claros, fueran cuales fueran las consecuencias para ella. Mientras tanto, recibieron una carta del abogado cuyas señas les había dado la señorita Ophelia, en la que decía que no sabía nada del tema; que el hombre había sido vendido en subasta pública y que, después de recibir el dinero, no supo nada más del asunto.
Este resultado no satisfizo ni a George ni a la señora Shelby, por lo que, unos seis meses después, cuando aquél se encontraba no abajo ocupándose de unos negocios para su madre, decidió visitar Nueva Orleáns personalmente para insistir en sus indagaciones, con la esperanza de averiguar el paradero de Tom y redimirlo.
Tras unos meses de búsqueda infructuosa, por pura casualidad George dio con un hombre en Nueva Orleáns que tenía la información deseada; así que, con el dinero en el bolsillo, nuestro héroe bajó en barco de vapor por el río Rojo con el propósito de encontrar y comprar a su viejo amigo.
Lo introdujeron inmediatamente en la casa, donde encontró a Legree en el salón.
Legree recibió al forastero con una especie de ruda hospitalidad.
– Tengo entendido -dijo el joven- que usted compró en Nueva Orleáns un muchacho llamado Tom. Antes estuvo en casa de mi padre y he venido a ver si podía comprarlo de nuevo.
A Legree se le ensombreció el semblante, y espetó con apasionamiento:
– Sí, compré a ese tipo y ¡menuda ganga resultó ser! ¡Era un perro rebelde, insolente y desvergonzado! Incitó a mis negros a que se escaparan y consiguió que huyeran dos muchachas, que vallan ochocientos o mil cada una. Lo confesó y cuando le conminé a que me dijera dónde estaban, me dijo que lo sabía pero que no pensaba decirlo; y se mantuvo firme aunque le di la mayor paliza que jamás le haya dado a un negro. Creo que pretende morirse, pero no sé si lo va a conseguir.
– ¿Dónde está? -preguntó George impetuosamente-. Quiero verlo-. Las mejillas del joven estaban coloradas y sus ojos echaban chispas, pero estuvo prudente y no dijo nada aún.
– Está en aquel cobertizo -dijo un muchachuelo que sujetaba el caballo de George.
Legree le dio una patada al niño y le maldijo; pero George, sin decir una palabra más, le volvió la espalda y se dirigió al lugar.
Tom llevaba allí dos días desde la noche fatídica, sin sufrir, puesto que tenía todos los nervios embotados y destruidos. Pasaba la mayoría del tiempo en un tranquilo estupor, porque las leyes de su constitución fuerte y robusta no querían soltar tan rápidamente el espíritu que mantenían prisionero. Unas pobres criaturas desoladas le habían visitado sigilosamente en la oscuridad de la noche, escatimando sus escasas horas de sueño para devolverle alguna de las muestras de amor que él siempre había derrochado entre ellos. Es verdad que tenían poco que darle: sólo una taza de agua fría; pero la daban con los corazones rebosantes.
Caían lágrimas sobre el rostro honrado e insensible; lágrimas de tardía contrición de los pobres paganos ignorantes, que el amor y la paciencia del moribundo habían despertado; susurraban amargas plegarias al Salvador recién descubierto del que conocían poco más que el nombre, pero a quien el corazón anhelante del hombre ignorante nunca ruega en vano.
Cassy, deslizándose fuera de su escondite, se había enterado del sacrificio que Tom había hecho por ella y Emmeline, y había ido a verlo la noche anterior desafiando el riesgo de que la cogieran; conmovida por las últimas palabras que el alma caritativa aún tenía la fuerza de susurrarle, la negra e infeliz mujer había superado el largo invierno de la desesperación y el hielo de los años y había rezado y llorado.
Cuando George entró en el cobertizo, sintió que la cabeza empezó a darle vueltas y el corazón a rompérsele.
– ¿Es posible… es posible? -dijo, arrodillándose junto a él-. ¡Tío Tom, pobre, pobre viejo amigo!
Algo en su voz penetró en el oído del moribundo. Movió levemente la cabeza, sonrió y dijo:
Jesús puede hacer que el lecho del moribundo
sea tan blando como las almohadas de pluma.»
Los ojos del joven derramaron lágrimas que honraban su corazón varonil mientras se inclinaba sobre su pobre amigo.
– ¡Ay, querido tío Tom! ¡Despiértate, por favor, háblame una vez más! ¡Mírame! Soy el señorito George, tu señorito George, ¿no me conoces?
– ¡Señorito George! -dijo Tom, abriendo los ojos y hablando con voz débil-. ¡Señorito George!-; parecía no comprender.
De repente la idea pareció llenarle el alma; los ojos extraviados se fijaron y centellearon, todo el rostro se le iluminó, las duras manos se juntaron y le cayeron lágrimas por las mejillas.
– ¡Bendito sea el Señor! ¡Es él, es él… es todo lo que deseaba! ¡No se han olvidado de mí! Me consuela el alma y me alegra el corazón. ¡Ahora moriré contento! ¡Bendito sea el Señor!
– ¡No te morirás, no debes morirte, ni se te ocurra! He venido a comprarte y llevarte a casa -dijo George con impetuosa vehemencia.
– ¡Ay, señorito George, llega usted tarde! El Señor me ha comprado y me va a llevar a casa… y estoy deseando ir. ¡El Cielo es mejor que Kentucky!
– ¡Oh, no te mueras! ¡Me matarás a mí! ¡Me romperá el corazón pensar lo que has debido de sufrir, tumbado en este viejo cobertizo! ¡Pobre, pobre hombre!
– No me llame usted pobre hombre -dijo Tom con solemnidad-. He sido un pobre hombre; pero eso ya está pasado y olvidado. ¡Estoy a las puertas de la gloria! ¡Oh, señorito George, el Cielo ha llegado! ¡He conseguido la victoria, me la ha concedido el Señor Jesús! ¡Bendito sea su nombre!
George se quedó anonadado por la fuerza, la vehemencia y el énfasis con que pronunció estas frases entrecortadas. Se quedó mirándolo en silencio.
Tom le agarró la mano y continuó:
– No le cuente a Chloe cómo me ha encontrado, pues sería terrible para ella. Dígale sólo que me encontró usted a punto de irme a la gloria y que no podía quedarme por nadie. Y dígale que el. Señor ha estado conmigo siempre y en todas partes, y me lo ha hecho todo más llevadero y fácil. Y ¡ay de los pobres chicos y la nena! ¡Mi viejo corazón casi se ha roto de lo que los echaba de menos! ¡Dígales que me sigan todos, que me sigan! ¡Dé recuerdos al amo y a la querida ama y a todos los de allí! ¡No puede saberlo: parece que les tengo cariño a todos! Parece que tengo cariño a todas las criaturas en todas partes… no siento más que amor. ¡Oh, señorito George, lo que significa ser cristiano!
En este momento, Legree se acercó a la puerta del cobertizo, miró dentro con un aire obstinado de fingida despreocupación y se dio la vuelta.
– ¡Viejo Satanás! -dijo George, indignado-. ¡Es un consuelo pensar que el diablo le hará pagar por esto un día de éstos!
– ¡Oh, no, no debe usted decir eso! -dijo Tom, cogiéndole fuertemente la mano-. ¡Sólo es un pobre miserable, es terrible pensarlo! ¡Si pudiera arrepentirse, el Señor le perdonaría ahora; pero me temo que no vaya a hacerlo nunca!
– No espero que no! -dijo George-. ¡No quiero verlo en el Cielo!
– ¡Calle, señorito George, me preocupa! ¡No sea usted así! A mí no me ha hecho daño realmente. Sólo me ha abierto las puertas del reino, nada más.
En este momento cedió el acceso de energía que le había infundido la alegría de reunirse con su joven amo. Empezó a debilitarse de pronto, cerró los ojos y el cambio misterioso y sublime que indica la llegada a otros mundos alteró su rostro.