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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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atardecer, ya la respetaban como a una verdadera santa. María Quadrado llegó a la cumbre —un mundo aparte, donde siempre hacía frío y crecían orquídeas entre las piedras azuladas — y aún tuvo fuerzas para agradecer a Dios su ventura antes de desvanecerse.

Muchos vecinos de Monte Santo, cuya hospitalidad proverbial no se había visto mermada por la periódica invasión de peregrinos, ofrecieron posada a María Quadrado. Pero ella se instaló en una gruta, a media Vía Sacra, donde hasta entonces sólo habían dormido pájaros y roedores. Era una oquedad pequeña y de techo tan bajo que ninguna persona podía tenerse en ella de pie, húmeda por las filtraciones que habían cubierto de musgo sus paredes y con un suelo de arenisca que provocaba estornudos. Los vecinos pensaron que ese lugar acabaría en poco tiempo con su moradora. Pero la voluntad que había permitido a María Quadrado andar tres meses arrastrando una cruz le permitió también vivir en ese hueco inhóspito todos los años que estuvo en Monte Santo. La gruta de María Quadrado se convirtió en lugar de devoción y, junto con el Calvario, en el sitio más visitado por los peregrinos. Ella la fue decorando, a lo largo de meses. Fabricó pinturas con esencia de plantas, polvo de minerales y sangre de cochinilla (que usaban los sastres para teñir la ropa). Sobre un fondo azul que sugería el firmamento pintó los elementos de la Pasión de Cristo: los clavos que trituraron sus palmas y empeines; la cruz que cargó y en la que expiró; la corona de espinas que punzó sus sienes; la túnica del martirio; la lanza del centurión que atravesó su carne; el martillo con el que fue clavado; el látigo que lo azotó; la esponja en que bebió la cicuta; los dados con que jugaron a sus pies los impíos y la bolsa en que Judas recibió las monedas de la traición. Pintó también la estrella que guió hasta Belén a los Reyes Magos y a los pastores y un corazón divino atravesado por una espada. E hizo un altar y una alacena donde los penitentes podían prender velas y colgar ex votos. Ella dormía al pie del altar, sobre un jergón.

Su devoción y su bondad la hicieron muy querida por los lugareños de Monte Santo, que la adoptaron como si hubiera vivido allí toda su vida. Pronto los niños comenzaron a llamarla madrina y los perros a dejarla entrar a las casas y corrales sin ladrarle. Su vida estaba consagrada a Dios y a servir a los demás. Pasaba horas a la cabecera de los enfermos, humedeciéndoles la frente y rezando por ellos. Ayudaba a las comadronas a atender a las parturientas y cuidaba a los hijos de las vecinas que debían ausentarse. Se comedía a los trajines más difíciles, como ayudar a hacer sus necesidades a los viejos que no podían valerse por sí mismos. Las muchachas casaderas le pedían consejo sobre sus pretendientes y éstos le suplicaban que intercediera ante los padres reacios a autorizar el matrimonio. Reconciliaba a las parejas, y las mujeres a quienes el marido quería golpear por ociosas o matar por adúlteras corrían a refugiarse a su gruta, pues sabían que teniéndola como defensora ningún hombre de Monte Santo se atrevería a hacerles daño. Comía de la caridad, tan poco que siempre le sobraba el alimento que dejaban en su gruta los fieles y cada tarde se la veía repartir algo entre los pobres. Regalaba a éstos la ropa que le regalaban y nadie la vio nunca, en tiempo de seca o de temporal, otra cosa encima que el costal agujereado con el que llegó. Su relación con los misioneros de la Misión de Massacará, que venían a Monte Santo a celebrar oficio en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, no era, sin embargo, efusiva. Ellos estaban siempre llamando la atención sobre la religiosidad mal entendida, la que discurría fuera del control de la Iglesia, y recordando las Piedras Encantadas, en la región de las Flores, en Pernambuco, donde el herético Joáo Ferreira y un grupo de prosélitos habían regado dichas piedras con sangre de decenas de personas (entre ellas, la suya) creyendo que de este modo iban a desencantar al Rey Don Sebastián, quien resucitaría a los sacrificados y los conduciría al cielo. A los misioneros de Massacará María Quadrado les parecía un caso al filo de la desviación. Ella, por su parte, aunque se arrodillaba al paso de los misioneros y les besaba la mano y les pedía la bendición, guardaba cierta distancia hacia ellos; nadie la había visto mantener con esos padres de campanudos hábitos, de largas barbas y habla, a menudo, difícil de entender, las relaciones familiares y directas que la unían a los vecinos.

Los misioneros prevenían también, en sus sermones, a los fieles contra los lobos que se metían al corral disfrazados de corderos para comerse al rebaño. Es decir, esos falsos

profetas a los que Monte Santo atraía como la miel a las moscas. Aparecían en sus callejuelas vestidos con pieles de cordero como el Bautista o túnicas que imitaban los hábitos, y subían al Calvario y desde allí lanzaban sermones llameantes e incomprensibles. Eran una gran fuente de distracción para el vecindario, ni más ni menos que los contadores de romances o el Gigantón Pedrín, la Mujer Barbuda o el Hombre sin Huesos del Circo del Gitano. Pero María Quadrado ni se acercaba a los racimos que se formaban en torno a los predicadores estrafalarios.

Por eso sorprendió a los vecinos ver a María Quadrado aproximarse al cementerio, que un grupo de voluntarios había comenzado a cercar, animados por las exhortaciones de un moreno de largos cabellos y vestimenta morada, que, llegado al pueblo ese día con un grupo entre los que había un ser medio hombre–medio animal, que galopaba, los había recriminado por no tomarse siquiera el trabajo de levantar un muro alrededor de la tierra donde descansaban sus muertos. ¿No debía la muerte, que permitía al hombre verle la cara a Dios, ser venerada? María Quadrado se llegó silenciosamente hasta las personas que recogían piedras y las apilaban en una línea sinuosa, alrededor de las crucecitas requemadas por el sol, y se puso a ayudar. Trabajó hombro a hombro con ellos hasta la caída del sol. Luego, permaneció en la Plaza Matriz, bajo los tamarindos, en el corro que se formó para escuchar al moreno. Aunque mentaba a Dios y decía que era importante, para salvar el alma, destruir la propia voluntad —veneno que inculcaba a cada quien la ilusión de ser un pequeño dios superior a los dioses que lo rodeaban — y sustituirla por la de la Tercera Persona, la que construía, la que obraba, la Hormiga Diligente, y cosas por el estilo, las decía en un lenguaje claro, del que entendían todas las palabras. Su plática, aunque religiosa y profunda, parecía una de esas amenas charlas de sobremesa que celebraban las familias en la calle, tomando la brisa del anochecer. María Quadrado estuvo escuchando al Consejero, hecha un ovillo, sin preguntarle nada, sin apartar los ojos de él. Cuando ya era tarde y los vecinos que quedaban ofrecieron al forastero techo para descansar, ella también —todos se volvieron a mirarla — le propuso con timidez su gruta. Sin dudar, el hombre flaco la siguió montaña arriba.

El tiempo que el Consejero permaneció en Monte Santo, dando consejos y trabajando — limpió y restauró todas las capillas de la montaña, construyó un doble muro de piedras para la Vía Sacra — durmió en la gruta de María Quadrado. Después se dijo que no durmió, ni ella tampoco, que pasaban las noches hablando de cosas del espíritu al pie del altarcillo multicolor, y se llegó a decir que él dormía en el jergón y que ella velaba su sueño. El hecho es que María Quadrado no se apartó de él un instante, cargando piedras a su lado en el día y escuchándolo con los ojos muy abiertos en las noches. Pese a ello, todo Monte Santo quedó asombrado cuando se supo, esa mañana, que el Consejero se había marchado del pueblo y que María Quadrado se había ido también entre sus seguidores.

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