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La guerra del fin del mundo
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¿Eran cien, ciento cincuenta, doscientos? Había tantos hombres como mujeres entre ellos y la mayoría parecía salir, por la ropa que vestían, de entre los más pobres de los pobres. Todos mostraban —así lo contarían a sus mujeres, a sus queridas, a las putas, a sus compañeros, los guardias que regresaron a Bahía — unas miradas de inquebrantable resolución. Pero, en verdad, no tuvieron tiempo de observarlos ni de identificar al cabecilla, pues apenas el Sargento jefe les ordenó entregar al que le decían Consejero, la turba se les echó encima, en un acto de flagrante temeridad, considerando que los policías tenían fusiles y ellos sólo palos, hoces, piedras, cuchillos y una que otra escopeta. Pero todo ocurrió de manera tan súbita que los policías se vieron cercados, dispersados, acosados, golpeados y heridos, a la vez que se oían llamar «¡Republicanos!» como si la palabra fuera insulto. Alcanzaron a disparar sus fusiles, pero aun cuando caían andrajosos con el pecho roto o la cara destrozada, nada los desanimó y, de pronto, los policías bahianos se encontraron huyendo, aturdidos por la incomprensible derrota. Después dirían que entre sus atacantes no sólo había los locos y fanáticos que ellos creían sino, también, avezados delincuentes, como el cara cortada Pajeú y el bandido a quien por sus crueldades le habían llamado Joáo Satán. Tres policías murieron y quedaron insepultos, para alimento de las aves de la Sierra de Ovó; desaparecieron ocho fusiles. Otro guardia se ahogó en el Masseté. Los peregrinos no los persiguieron. En vez de ello, se ocuparon de enterrar a sus cinco muertos y en curar a los varios heridos mientras los otros, arrodillados junto al Consejero, daban gracias a Dios. Hasta tarde en la noche, alrededor de las tumbas cavadas en el sembrío de Severino Vianna, se oyeron llantos y rezos de difuntos.

Cuando una segunda fuerza de la Policía Bahiana, de sesenta guardias, mejor armada que la primera, desembarcó del ferrocarril en Serrinha, algo había cambiado en la actitud de los lugareños para con los uniformados. Porque éstos, aunque conocían el desamor con que eran recibidos en los pueblos cuando subían a la caza de bandoleros, nunca, como esta vez, se hallaron tan ciertos de ser deliberadamente despistados. Las provisiones de los almacenes siempre se habían agotado, aun cuando ofrecieran pagarlas a buen precio y, pese a las altas primas, ningún rastreador de Serrinha los guió. Ni nadie supo esta vez darles el menor indicio sobre el paradero de la banda. Y los policías, mientras daban tumbos de Olhos d'Água a Pedra Alta, de Tracupá a Tiririca y de allí a Tucano y de allí a Caraiba y a Pontal y por fin de vuelta a Serrinha, y sólo encontraban, en los vaqueros, labriegos, artesanos y mujeres que sorprendían en el camino, miradas indolentes, negativas contritas, encogimiento de hombros, se sentían tratando de empuñar un espejismo. La banda no había pasado por allí, al moreno de hábito morado nadie lo había visto y ahora nadie recordaba que hubieran sido quemados unos edictos en Natuba ni sabido de un choque armado en Masseté. Al volver a la capital del Estado, indemnes, deprimidos, los guardias hicieron saber que la horda de fanáticos —al igual que tantas otras, fugazmente cristalizadas alrededor de una beata o de un predicador — se había seguramente disuelto y, a estas horas, asustados de sus propias fechorías, sus miembros estarían sin duda huyendo en direcciones distintas, acaso después de matar al jefecillo. ¿No había ocurrido así, tantas veces, en la región?

Pero se equivocaban. Esta vez, aunque las apariencias repitieran viejas formas de la historia, todo sería distinto. Los penitentes se hallaban ahora más unidos y, en vez de victimar al santo después de la victoria de Masseté, que interpretaban como una señal venida de la altura, lo reverenciaban más. A la mañana siguiente del choque, los había despertado el Consejero, quien rezó toda la noche sobre las tumbas de los yagunzos muertos. Lo notaron muy triste. Les dijo que lo ocurrido la víspera era sin duda preludio de mayores violencias y les pidió que regresaran a sus casas, pues si continuaban con él, podían ir a la cárcel o morir como esos cinco hermanos que ahora estaban en presencia

del Padre. Ninguno se movió. Pasó sus ojos sobre los cien, ciento cincuenta, doscientos desarrapados, que lo escuchaban inmersos todavía en las emociones de la víspera, y además de mirarlos pareció verlos. «Agradézcanle al Buen Jesús, les dijo con suavidad, pues parece que los ha elegido a ustedes para dar el ejemplo.»

Lo siguieron con las almas sobrecogidas de emoción, no tanto por lo que les había dicho, sino por la blandura de su voz, que era siempre severa e impersonal. A algunos les costaba trabajo no quedar rezagados por sus trancos de ave zancuda, en la inverosímil ruta por la que los llevaba esta vez, una ruta que no era trocha de acémilas ni sendero de cangaceiros, sino desierto salvaje, de cactos, favela y pedruscos. Pero él no vacilaba en cuanto al rumbo. En el reposo de la primera noche, después de la acción de gracias y el rosario, les habló de la guerra, de los países que se entremataban por un botín como hienas por la carroña, y acongojado comentó que el Brasil, siendo ahora República, actuaría también como las naciones herejes. Le oyeron decir que el Can debía estar de fiesta, le oyeron decir que había llegado el momento de echar raíces y de construir un Templo que fuera, en el fin del mundo, lo que había sido en el principio el Arca de Noé. ¿Y dónde echarían raíces y construirían ese Templo? Lo supieron después de atravesar quebradas, tablazos, sierras, caatingas —caminatas que nacían y morían con el sol—, escalar una ronda de montañas y cruzar un río que tenía poca agua y se llamaba Vassa Barris. Señalando, a lo lejos, el conjunto de cabañas que habían sido ranchos de peones y la mansión desvencijada que fue casa grande cuando aquello era una hacienda, el Consejero dijo: «Nos quedaremos allí». Algunos recordaron que, desde hacía años, en las pláticas nocturnas, solían profetizar que, antes del final, los elegidos del Buen Jesús encontrarían refugio en una tierra alta y privilegiada, donde no entraría un impuro. Quienes subieran hasta allí tendrían la seguridad del eterno descanso. ¿Habían, pues, llegado a la tierra de salvación?

Felices, fatigados, avanzaron detrás de su guía, hacia Canudos, donde habían salido a verlos venir las familias de los hermanos Vilanova, dos comerciantes que tenían allí un almacén, y todos los otros vecinos del lugar.

El sol calcina el sertón, brilla en las aguas negro verdosas del Itapicurú, se refleja en las casas de Queimadas, que se despliegan a la margen derecha del río, al pie de unas barrancas de greda rojiza. Ralos árboles sombrean la superficie pedregosa que se aleja ondulando hacia el suroeste, en la dirección de Riacho de Onca. El jinete —botas, sombrero de alas anchas, levita oscura — avanza sin prisa, escoltado por su sombra y la de su mula, hacia un bosquecillo de arbustos plomizos. Detrás de él, ya lejos, fulguran todavía los techos de Queimadas. A su izquierda, a unos centenares de metros, en lo alto de un promontorio se yergue una cabaña. La cabellera que desborda el sombrero, su barbita rojiza y sus ropas están llenas de polvo, transpira copiosamente y, de tanto en tanto, se seca la frente con la mano y se pasa la lengua por los labios resecos. En los primeros matorrales del bosquecillo, frena a la mula y sus ojos claros, ávidos, buscan en una y otra dirección. Por fin, distingue a unos pasos, acuclillado, explorando una trampa, a un hombre con sandalias y sombrero de cuero, machete a la cintura y pantalón y blusa de brin. Galileo Gall desmonta y va hacia él tirando a la mula de la rienda. —¿Rufino? —pregunta—. ¿El guía Rufino, de Queimadas?

El hombre se vuelve a medias, despacio, como si hubiera advertido hace rato su presencia y con un dedo en los labios le pide silencio: shhht, shhht. Al mismo tiempo, le echa una ojeada y, un segundo, hay sorpresa en sus ojos oscuros, tal vez por el acento con que el recién llegado habla el portugués, tal vez por su atuendo funeral. Rufino — hombre joven, de cuerpo enteco y flexible, cara angulosa, lampiña, curtida por la intemperie — retira el machete de su cintura, vuelve a inclinarse sobre la trampa disimulada con hojas y jala de una red: del boquete sale una confusión de plumas negras, graznando. Es un pequeño buitre que no puede elevarse, pues una de sus patas se halla atrapada en la red. Hay decepción en la cara del guía, que, con la punta del machete, desprende al pajarraco y lo mira perderse en el aire azul, aleteando con desesperación.

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