La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—Una vez me saltó un jaguar de este tamaño —murmura, señalando la trampa—. Estaba medio ciego, de tantas horas en el hueco.
Galileo Gall asiente. Rufino se endereza y da dos pasos hacia él. Ahora, llegado el momento de hablar, el forastero parece indeciso.
—Fui a buscarte a tu casa —dice, ganando tiempo—. Tu mujer me mandó aquí. La mula está escarbando la tierra con los cascos traseros y Rufino le coge la cabeza y le abre la boca. Mientras, con mirada de conocedor, le examina los dientes, parece reflexionar en alta voz:
—El jefe de la estación de Jacobina sabe mis condiciones. Soy hombre de una sola palabra, cualquiera se lo dirá en Queimadas. Ese trabajo es bravo. Como Galileo Gall no le responde, se vuelve a mirarlo.
—¿No es usted del Ferrocarril? —pregunta, hablando con lentitud, pues ha comprendido que el extraño tiene dificultad en entenderle.
Galileo Gall se echa para atrás el sombrero y con un movimiento del mentón hacia la tierra de colinas desiertas que los rodea, susurra:
—Quiero ir a Canudos. —Hace una pausa, pestañea como para esconder la excitación de sus pupilas, y añade —: Sé que has ido allí muchas veces.
Rufino está muy serio. Sus ojos lo escudriñan ahora con una desconfianza que no se molesta en ocultar.
—Iba a Canudos cuando era hacienda de ganado —dice, lleno de cautela—. Desde que el Barón de Cañabrava la abandonó, no he vuelto. —El camino sigue siendo el mismo —replica Galileo Gall.
Están muy cerca uno del otro, observándose, y la silenciosa tensión que ha surgido parece contagiarse a la mula que, de pronto, cabecea y empieza a retroceder. —¿Lo manda el Barón de Cañabrava? — pregunta Rufino, a la vez que calma al animal palmeándole el pescuezo.
Galileo Gall niega con la cabeza y el guía no insiste. Pasa la mano por uno de los remos traseros de la mula, obligándola a alzarlo y se agacha para examinar el casco: —En Canudos están pasando cosas —murmura—. Los que ocuparon la hacienda del Barón han atacado a unos soldados de la Guardia Nacional, en Uauá. Mataron a varios, dicen.
—¿Tienes miedo de que te maten también a ti? —gruñe Galileo Gall, sonriendo—. ¿Eres soldado, tú?
Rufino ha encontrado, por fin, lo que buscaba en el casco: una espina, tal vez, o un guijarro que se pierde en sus manos grandes y toscas. Lo arroja y suelta el animal. —Miedo, ninguno —contesta, suavemente, con un amago de sonrisa—. Canudos está lejos.
—Te pagaré lo justo —Galileo Gall respira hondo, acalorado; se quita el sombrero y sacude la enrulada cabellera rojiza—. Partiremos dentro de una semana o, a lo más, diez días. Eso sí, hay que guardar la mayor reserva. El guía Rufino lo mira sin inmutarse, sin preguntar nada.
—Por lo ocurrido en Uauá —añade Galileo Gall, pasándose la lengua por la boca—. Nadie debe saber que vamos a Canudos.
Rufino señala la cabaña solitaria, de barro y estacas, medio disuelta por la luz en lo alto del promontorio:
—Venga a mi casa y conversaremos sobre ese negocio —dice.
Echan a andar, seguidos por la mula que Galileo lleva de la rienda. Los dos son casi de la misma altura, pero el forastero es más corpulento y su andar es quebradizo y enérgico, en tanto que el guía parece ir flotando sobre la tierra. Es el mediodía y unas pocas nubes blanquecinas han aparecido en el cielo. La voz del pistero se pierde en el aire mientras se alejan:
—¿Quién le habló de mí? Y, si no es indiscreción, ¿para qué quiere ir tan lejos? ¿Qué se le ha perdido allá en Canudos?
Apareció una madrugada sin lluvia, en lo alto de una loma del camino de Quijingue,
arrastrando una cruz de madera. Tenía veinte años pero había padecido tanto que parecía viejísima. Era una mujer de cara ancha, pies magullados y cuerpo sin formas, de piel de color ratón.
Se llamaba María Quadrado y venía desde Salvador a Monte Santo, andando. Arrastraba ya la cruz tres meses y un día. En el camino de gargantas de piedra y caatingas erizadas de cactos, desiertos donde ululaba el viento en remolinos, caseríos que eran una sola calle lodosa y tres palmeras y pantanos pestilentes donde se sumergían las reses para librarse de los murciélagos, María Quadrado había dormido a la intemperie, salvo las raras veces en que algún tabaréu o pastor que la miraban como santa le ofrecían sus refugios. Se había alimentado de pedazos de rapadura que le daban almas caritativas y de frutos silvestres que arrancaba cuando, de tanto ayunar, le crujía el estómago. Al salir de Bahía, decidida a peregrinar hasta el milagroso Calvario de la Sierra de Piquaracá, donde dos kilómetros excavados en los flancos de la montaña y rociados de capillas, en recuerdo de las Estaciones del Señor, conducían hacia la Iglesia de la Santa Cruz de Monte Santo, adonde había prometido llegar a pie en expiación de sus pecados, María Quadrado vestía dos polleras y tenía unas trenzas anudadas con una cinta, una blusa azul y zapatos de cordón. Pero en el camino había regalado sus ropas a los mendigos y los zapatos se los robaron en Palmeira dos Indios. De modo que al divisar Monte Santo, esa madrugada, iba descalza y su vestimenta era un costal de esparto con agujeros para los brazos. Su cabeza, de mechones mal tijereteados y cráneo pelado, recordaba las de los locos del hospital de Salvador. Se había rapado ella misma después de ser violada por cuarta vez.
Porque había sido violada cuatro veces desde que comenzó su recorrido: por un alguacil, por un vaquero, por dos cazadores de venados y por un pastor de cabras que la cobijó en su cueva. Las tres primeras veces, mientras la mancillaban, sólo había sentido repugnancia por esas bestias que temblaban encima suyo como atacados del mal de San Vito y había soportado la prueba rogándole a Dios que no la dejaran encinta. Pero la cuarta había sentido un arrebato de piedad por el muchacho encaramado sobre ella, que, después de haberla golpeado para someterla, le balbuceaba palabras tiernas. Para castigarse por esa compasión se había rapado y transformado en algo tan grotesco como los monstruos que exhibía el Circo del Gitano por los pueblos del sertón. Al llegar a la cuesta desde la que vio, al fin, el premio de tanto esfuerzo —el graderío de piedras grises y blancas de la Vía Sacra, serpeando entre los techos cónicos de las capillas, que remataba allá arriba en el Calvario hacia el que cada Semana Santa confluían muchedumbres desde todos los confines de Bahía y, abajo, al pie de la montaña, las casitas de Monte Santo apiñadas en torno a una plaza con dos coposos tamarindos en la que había sombras que se movían — María Quadrado cayó de bruces al suelo y besó la tierra. Allí estaba, rodeado de una llanura de vegetación incipiente, donde pacían rebaños de cabras, el añorado lugar cuyo nombre le había servido de acicate para emprender la travesía y la había ayudado a soportar la fatiga, el hambre, el frío, el calor y los estupros. Besando los maderos que ella misma había clavado, la mujer agradeció a Dios con confusas palabras haberle permitido cumplir la promesa. Y, echándose una vez más la cruz al hombro, trotó hacia Monte Santo como un animal que olfatea, inminente, la presa o la querencia.
Entró al pueblo a la hora en que la gente despertaba y a su paso, de puerta a puerta, de ventana a ventana, se fue propagando la curiosidad. Caras divertidas y compadecidas se adelantaban a mirarla —sucia, fea, sufrida, cuadrada — y cuando cruzó la rua dos Santos Passos, erigida sobre el barranco donde se quemaban las basuras y donde hozaban los cerdos del lugar, que era el comienzo de la Vía Sacra, la seguía una multitud de procesión. Comenzó a escalar la montaña de rodillas, rodeada de arrieros que habían descuidado las faenas, de remendones y panaderos, de un enjambre de chiquillos y de beatas arrancadas de la novena del amanecer. Los lugareños, que, al comenzar la ascensión, la consideraban un simple bicho raro, la vieron avanzar penosamente y siempre de rodillas, arrastrando la cruz que debía pesar tanto como ella, negándose a que nadie la ayudara, y la vieron detenerse a rezar en cada una de las veinticuatro capillas y besar con ojos llenos de amor los pies de las imágenes de todas las hornacinas del roquerío, y la vieron resistir horas de horas sin probar bocado ni beber una gota, y, al