La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
Galileo Gall sigue lavándose, indiferente al bullicio exterior. Una vez que ha terminado, se seca la cara con su propia camisa y se deja caer sobre el camastro, boca arriba, con un brazo bajo la cabeza como almohada. Mira las cucarachas, la lagartija. Piensa: «La ciencia contra la impaciencia». Lleva ocho días en Queimadas y, aunque es un hombre que sabe esperar, ha comenzado a sentir cierta angustia: eso lo ha inducido a pedirle a Rufino que se dejara palpar. No ha sido fácil convencerlo, pues el guía es desconfiado y Gall recuerda cómo, mientras lo palpaba, lo sentía tenso, listo a saltarle encima. Se han visto a diario, se entienden sin dificultad y, para matar el tiempo de espera, Galileo ha
estudiado su comportamiento, tomado notas sobre éclass="underline" «Lee en el cielo, en los árboles y en la tierra como en un libro; es hombre de ideas simples, inflexibles, con un código del honor estricto y una moral que ha brotado de su comercio con la naturaleza y con los hombres, no del estudio pues no sabe leer, ni de la religión, ya que no parece muy creyente». Todo esto coincide con lo que han sentido sus dedos, salvo la Maravillosidad. ¿En qué se manifiesta, cómo no ha advertido en Rufino ninguno de sus síntomas, en estos ocho días, mientras negociaba con él el viaje a Canudos, en su cabaña de las afueras, tomando un refresco en la estación del ferrocarril o caminando entre las curtiembres, a orillas del Itapicurú? En Jurema, en cambio, la mujer del guía, esa vocación perniciosa, anticientífica —salir del campo de la experiencia, sumirse en la fantasmagoría y la ensoñación —es evidente. Pues, pese a lo reservada que es en su presencia, Galileo ha oído a Jurema contar la historia del San Antonio de madera que está en el altar mayor de la Iglesia de Queimadas. «La encontraron en una gruta, hace años, y la llevaron a la Iglesia y al día siguiente desapareció y apareció de nuevo en la gruta. La amarraron en el altar para que no se escapara y, a pesar de ello, volvió a irse a la gruta. Y así estuvo, yendo y viniendo, hasta que llegó a Queimadas una Santa Misión, con cuatro padres capuchinos y el Obispo, que consagraron la Iglesia a San Antonio y rebautizaron al pueblo San Antonio das Queimadas en honor del santo. Sólo así se quedó quieta la imagen en el altar donde ahora se le prenden velas.» Galileo Gall recuerda que, cuando preguntó a Rufino si él creía en la historia que contaba su mujer, el rastreador encogió los hombros y sonrió con escepticismo. Jurema, en cambio, creía. A Galileo le hubiera gustado palparla a ella también, pero no lo ha intentado; está seguro que la sola idea de que un extranjero toque la cabeza de su mujer debe ser inconcebible para Rufino. Sí, se trata de un hombre suspicaz. Le ha costado trabajo que acepte llevarlo a Canudos. Ha regateado el precio, puesto objeciones, dudado, y aunque ha accedido, Galileo lo nota incómodo cuando le habla del Consejero y los yagunzos. Sin darse cuenta, su atención se ha ido desviando de Rufino a la voz que viene de fuera: «La autonomía regional y la descentralización son pretextos que utilizan el Gobernador Viana, el Barón de Cañabrava y sus esbirros para conservar sus privilegios e impedir que Bahía se modernice igual que los otros Estados del Brasil. ¿Quiénes son los Autonomistas? ¡Monárquicos emboscados que, si no fuera por nosotros, resucitarían el Imperio corrupto y asesinarían a la República! Pero el Partido Republicano Progresista de Epaminondas Goncalves se lo impedirá…». Es alguien distinto del que hablaba antes, más claro, Galileo comprende todo lo que dice, y hasta parece tener alguna idea, en tanto que su predecesor sólo tenía aullidos. ¿Irá a la ventana a espiar? No, no se mueve del camastro, está seguro que el espectáculo sigue siendo el mismo: grupos de curiosos que recorren los puestos de bebidas y comidas, escuchan a los troveros o rodean al hombre con zancos que dice la suerte, y, a veces, se dignan detenerse un momento a mirar, no a escuchar, ante el tabladillo desde el que hace su propaganda el Partido Republicano Progresista, y al que protegen capangas con escopetas. «Su indiferencia es sabia», piensa Galileo Gall. ¿De qué les sirve a las gentes de Queimadas saber que el Partido Autonomista del Barón de Cañabrava está en contra del sistema centralista del Partido Republicano y que éste combate el descentralismo y el federalismo que propone su adversario? ¿Tienen algo que ver con los intereses de los humildes las querellas retóricas de los partidos burgueses? Hacen bien en aprovechar la feria y desinteresarse de lo que dicen los del tabladillo. La víspera, Galileo ha detectado cierta excitación en Queimadas, pero no por la fiesta del Partido Republicano Progresista sino porque las gentes se preguntaban si el Partido Autonomista del Barón de Cañabrava mandaría capangas a desbaratarles el espectáculo a sus enemigos y habría tiros, como otras veces. Es media mañana, no ha ocurrido y, sin duda, no ocurrirá. ¿Para qué se molestarían en atacar un mitin tan huérfano de apoyo? Gall piensa que las ferias de los Autonomistas deben ser idénticas a la que tiene lugar allá afuera. No, aquí no está la política de Bahía, del Brasil. Piensa: «Está allá, entre esos que ni siquiera saben que son los genuinos políticos de ese país». ¿Tardará mucho la espera? Galileo Gall se sienta en la cama. Murmura: «La ciencia contra la impaciencia». Abre el maletín que está en el suelo y aparta ropas, un revólver, coge la libreta donde ha tomado apuntes sobre las curtiembres de Queimadas, en las que ha matado algunas horas estos días, y hojea lo
que ha escrito: «Construcciones de ladrillos, techo de tejas, columnas rústicas. Por doquier, atados de corteza de angico, cortada y picada con martillo y cuchillo. Echan el angico a unas pozas llenas con agua del río. Sumergen los cueros luego de sacarles el pelo y los dejan remojando unos ocho días, tiempo que demoran en curtirse. De la corteza del árbol llamado angico sale el tanino, la sustancia que los curte. Cuelgan los cueros a la sombra hasta que se secan y los raspan con cuchillos para quitarles los residuos. Someten a este proceso a reses, carneros, cabras, conejos, venados, zorros y onzas. El angico es color sangre, de fuerte olor. Las curtiembres son empresas familiares, primitivas, en las que trabajan el padre, la madre, los hijos y parientes cercanos. El cuero crudo es la principal riqueza de Queimadas». Vuelve a colocar la libreta en la bolsa. Los curtidores se han mostrado amables, le han explicado su trabajo. ¿Por qué son tan reticentes a hablar de Canudos? ¿Desconfían de alguien cuyo portugués les cuesta entender? Él sabe que Canudos y el Consejero son el centro de conversación en Queimadas. Pero él, pese a sus intentos, no ha podido charlar con nadie, ni siquiera Rufino y Jurema, sobre ese tema. En las curtiembres, en la estación, en la Pensión Nuestra Señora de las Gracias, en la plaza de Queimadas, vez que lo ha mencionado ha visto la misma suspicacia en todos los ojos, se ha hecho el mismo silencio o ha escuchado las mismas evasivas. «Son prudentes. Desconfían», piensa. Piensa: «Saben lo que hacen. Son sabios».
Vuelve a escarbar entre las ropas y el revólver y saca el único libro que hay en la bolsa. Es un ejemplar viejo, manoseado, de pergamino oscuro, en el que se lee ya apenas el nombre de Pierre Joseph Proudhon, pero en el que está todavía claro el título, Systéme des contradictions, y la ciudad donde fue impreso: Lyon. No consigue concentrarse mucho rato en la lectura, distraído por el bullicio de la feria y, sobre todo, por la traicionera impaciencia. Apretando los dientes, se esfuerza entonces en reflexionar en cosas objetivas. Un hombre al que no le interesan los problemas generales, ni las ideas, vive enclaustrado en la Particularidad, y eso se puede conocer, detrás de sus orejas, por la curvatura de dos huesecillos sobresalientes, casi punzantes. ¿Los sintió así, en Rufino? ¿La Maravillosidad se manifiesta, tal vez, en el extraño sentido del honor que muestra, en eso que podría llamarse la imaginación ética del hombre que lo conducirá a Canudos?