Muerte Por Fusilamiento
- Автор: Mendiola Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:
"-Cuando yo te tuve a ti -le explicaba su madre, hacía muchos años-, me dolía aquí, en la tripita.
"-Y ¿quién ha puesto la bomba?
"-No lo sabemos, señor Ministro de Finanzas.
"-Pues pesquisen, pesquisen…
"-Pero este Ministro de Finanzas no habla nada bien, pero que nada bien. "Pesquisen" es incorrecto. Ha de decirse…
"-¿Tú crees que yo no fracasaré? -preguntó Angulo, dentro de su cabeza.
"-Tú no puedes fracasar.
"-¿Y por qué no?
"-Porque tú eres de los que no fracasan. Tú das clases en el Liceo, sabes lo que haces. Un profesor de Latín sabe perfectamente lo que hace.
"-¿Estás completamente seguro?
"-Oh, sí. Y yo tampoco hubiera fracasado, si la cosa hubiera estado organizada. Pero nadie se preocupó de organizar nada.
"-Ha de decirse: "Hagan ustedes pesquisas". No soporto estas incorrecciones gramaticales en un Ministro.
"-¿En la tripita? -preguntaba él.
"-En la tripita. Y luego naciste tú.
"-¿Nací yo?
"-Y fíjese lo que le digo, fíjese. A la mañana siguiente me llama y me dice: "¿Pesquisaron ustedes?"
"-Tú. Luego, naciste tú. Y la tripita me dejó de doler.
"-¡Será animal! Pesquisaron… Y tuve que decirle, aguantándome la rabia: "Estamos pesquisando, señor Ministro de Finanzas. Aún no hemos terminado de pesquisar". Pero se quedó absolutamente blanco, eso sí."
El viejo indio le volvió a tocar en el brazo.
– No comprendo -dijo-, cómo se ha podido dar cuenta de que no tenemos parentesco. No lo entiendo.
– Es intuición -confesó Antoine, abriendo los ojos. La mirada de la niña estaba clavada en él, y era muy intensa-. No se esfuerce.
– No vaya usted a pensar -dijo el viejo-, que quiero que me invite a nada.
– No, no. No lo he pensado.
Cerró los ojos. Una vez, en una calle de Bruselas muy estrecha y con una luz que colgaba de un cable, mientras llovía y las luces rojas y verdes de los escaparates parecían ensuciar de colores el suelo húmedo, un peatón le detuvo, le pidió fuego, y le dijo:
"-¡Pero si tú eres Óscar!
"-¿Óscar? Perdone, creo que se…
"-¿No eres Óscar?
"-No, no.
"-Lo hubiera jurado. En mi vida he visto un parecido más… ¿De verdad que no eres Óscar?
"-A mí nunca me ha dolido la tripita -había dicho él.
"-Bueno, puede ser que alguna vez te duela.
"-¿Y nacerá un niño?
"-No puede hacerse un verbo de pesquisar, señor Ministro de Finanzas. Perdone que tenga el atrevimiento de decírselo, pero tal licencia es imposible". Claro que no se lo dije.
"-¡No, tonto! ¿Cómo iba a nacer un niño? Tú eres un hombrecito.
"-¿Un hombrecito?
"-Bueno, un niño."
– Oiga -dijo el indio-. ¿Le pasa a usted algo?
– No -dijo Antoine, levantando la frente.
– Se ha quedado muy blanco…
El dueño se acercó.
– ¿No se encuentra bien?
Y miró la botella medio vacía.
– Muy bien.
"-¿Cómo le puedo asegurar que no soy Óscar? ¡No soy Óscar! ¿Me entiende? No lo soy. Por favor, crea en mi palabra. No podemos prolongar esta conversación durante toda la noche.
"-¡Ah, claro que podemos! Y, de hecho, la prolongaremos, si mis sospechas son fundadas…"
– ¿Por qué no abre los ojos? -preguntó el dueño.
– Estoy bien así.
"-Señor Ministro de Finanzas: tras pesquisar concienzudamente, nuestras sospechas nos conducen a un belga.
"-¿A qué belga se refiere usted?
"-A uno llamado Antoine Ferrens."
– Ése soy yo -dijo Antoine, levantando la voz-. Ese belga soy yo.
"-Procedan a su detención, entonces."
– ¿Qué ha dicho? -preguntó el indio.
– No se encuentra bien -respondió el dueño.
– Es que ha dicho: "Ése soy yo".
– Bien, ya ve que no se encuentra bien.
El ciego levantó la cabeza y preguntó:
– ¿Qué pasa por ahí?
Y su voz era grave y, al mismo tiempo, alegre. No era una voz de ciego.
– Nada -le contestaron.
– Es inútil que me digan eso. Algo está pasando.
– Un hombre ha bebido demasiado -explicó el dueño-. Está mareado.
– ¿Está usted mareado? -preguntó el viejo indio, tocándole el brazo por centésima vez.
– ¿Yo? -dijo Antoine-. Ah, no, claro.
– Pero está muy pálido.
Antoine abrió los ojos y se pasó una mano por la frente. Estaba sudando. Hacía tiempo que la bebida le hacía sudar con exceso.
– No se preocupen por mí -dijo-. Me encuentro perfectamente.
Y se levantó. La luz roja del local le bailaba en los ojos. No tenía oídos. Todos los ruidos eran lejanos, y las voces de su cabeza se habían apagado. Mucho después creyó recordar que alguien le había asido del brazo, para impedir que se cayera, y que ese alguien era el viejo indio. Pero no estaba muy seguro.
Salió a la calle.
ONCE
El Presidente refunfuñó, primero, y luego levantó el auricular del teléfono. El zumbido del aparato le había despertado con sobresalto. ¿Qué hora de la noche podría ser? Le llegó, muy lejana, la voz de la señora Flórez.
– Perdóneme que, a estas horas…
– Sí -interrumpió nerviosamente. No era momento para perder el tiempo en preámbulos-. Dígame lo que ocurre.
– Una comunicación telefónica con el exterior -murmuró el ama de llaves. Daba a su voz, ahora, vagos tonos de conspiración-. Muy urgente. Ha sido por eso por lo que…
– Conecte, por favor.
Hubo un chasquido, y la voz de Leonardo se oyó de una manera clara y limpia. Era prodigioso el poco sueño que debía requerir aquel hombre. Por supuesto, la señora Flórez estaría escuchando.
– Acaban de llamarme del Hospital -dijo el Subsecretario, sin emoción alguna-. Se trata del policía de la explosión.
– ¿Ha muerto?
– Sí. Han tratado de hacerle una transfusión, hace una hora, y no lo ha resistido.
El Presidente meditó rápidamente. Le hubiera gustado hacer algún comentario, pero no se le ocurrió nada. Realmente, no había más que decir,
– ¿Eso es todo? -preguntó luego, tratando de no ser brusco, tratando de no dejarse vencer por el sueño.
– Sí, todo.
No conducía a nada continuar así, con el teléfono pegado al rostro. Trató de pensar en el policía, pero se encontró pensando en la gravedad de la situación que su muerte planteaba. Tampoco pudo pensar en el estudiante Carvajo, ni en nada. Tenía demasiado sueño. Estaba bien claro que ninguno de los dos tenía nada que añadir. El policía había muerto y eso era todo.
– Gracias, Leonardo -dijo el Presidente-. Buenas noches.
Y colgó el aparato.
DOCE
El hombre se había extraviado. Primero le dijeron que lo que buscaba se hallaba en la planta segunda de los Ministerios. Allí, un ordenanza movió la cabeza en sentido negativo y lo envió de nuevo al piso de abajo. Era allí, le dijo, al fondo del corredor, tras una puerta de cristales. Pero estaba ya al fondo del corredor, y allí no había ninguna puerta de cristales. Se detuvo, indeciso, y examinó con aprensión a las personas que pasaban por su lado. Todas caminaban afanosamente. Se encogió de hombros. Él había estado pocas veces en los Ministerios, y aquel ambiente le resultaba desconocido. Pensó en detener a alguien, pero era tímido, y le fastidiaba tener que molestar a los demás. Allí todo el mundo andaba demasiado aprisa. Sin duda, se hubieran vuelto hacia él con cierta irritación para decirle: "No sé, no sé; pregunte a un ordenanza". Pero allí no había ordenanzas.
Es decir, sí que había uno. Le vio pasar con un expediente bajo el brazo y con aire de realizar importantes funciones. Se acercó a él. El ordenanza miró con cierta insolencia su abultado vientre y sus temblorosos carrillos.