Muerte Por Fusilamiento
- Автор: Mendiola Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:
– "…de nuestra buena voluntad, de nuestra comunidad de ideas, de ese esfuerzo que advertimos y en el que todos deseamos colaborar."
El Presidente se aburría. Uno de los miembros cuchicheó, en la nuca del Consejero: "¡Más alto!". El hombrecillo inició un movimiento airado, se contuvo y siguió leyendo. "¡Idiota!", pensó. Pero trató de leer más fuerte. Mediaba la tercera cuartilla, cuando el Presidente levantó una mano. Los comisionistas se pusieron alerta.
– Señores -dijo el Presidente.
Le tuvieron que tocar el brazo al Consejero, para frenarle. No se había enterado de la interrupción. El Presidente aguardó, con una sonrisa, a recobrar la atención del hombrecillo. Dijo:
– Tal vez sea mejor que, sin protocolos, sin formalidades, me expliquen el motivo de su visita.
El Consejero se vio perdido. Se le estaba pidiendo que prescindiera de un escrito en el que había invertido varias semanas. El Presidente le ayudó.
– Ustedes me comunican que los Comités Agrícolas de la costa precisan créditos -dijo-, para la adquisición de utillaje.
Era magnífico. Todos asintieron, excepto el Consejero, que seguía pensando que hubiera sido preferible terminar su lectura.
– Pero yo les pregunto -continuó el Presidente-. ¿Han sido amortizados por completo los del ejercicio pasado?
Hubo cierta inquietud en el comité. El Consejero hizo algunos gorgoteos con la voz, algo ininteligible. Luego susurró, débilmente:
– Nuestro Tesorero General…
El Tesorero General del comité tenía una voz meliflua. Aguardaba una oportunidad así con ansiedad. Pletórico de seguridad, expuso:
– Prácticamente, un ochenta y cinco por ciento de…
En la antesala, Angulo levantó la cabeza y se encontró ante un hombre macizo, vestido de un gris indefinido. El ordenanza que le había acompañado susurró:
– Dice que el señor Subsecretario le ha citado…
– ¿Quién es?
– El comandante Torres.
Angulo tuvo un sobresalto. Miró de nuevo al hombre y se puso de pie. ¿Sería él…? Jamás le había visto, ni una sola vez. Pero era bien claro que se trataba de la misma persona. Sintió que el corazón golpeaba aceleradamente dentro de su pecho. Despidió al ordenanza y se acercó al visitante,
– Soy Avelino Angulo -se presentó. Y vio que aquel nombre no producía reacción alguna en el rostro del otro-. Oficial de la Subsecretaría.
– Oh, sí. -El comandante le dio la mano, mirándole de una manera perfectamente impersonal-. Mi nombre es Leónidas Torres, comandante retirado.
No rehuía la mirada de Angulo. Parecía tener un pleno dominio sobre sus nervios. Sus ojos no expresaban nada.
¿Y si tal vez no se tratara de…? Angulo hizo un gesto con la mano.
– Siéntese, por favor -dijo-. El Subsecretario está ocupado en este momento. Confío en que pronto…
– No se preocupe -y Torres levantó la mano, liberándole de todo posible embarazo. Tenía la cara cruzada por infinitas venillas rojas. Era un hombre eminentemente sanguíneo-. Tengo mucho tiempo. Pero siga con su trabajo, por favor.
Y parecía desear, efectivamente, que Angulo no se ocupara de él.
En su despacho, el Presidente levantó la mano.
– Resumiendo -dijo, y el Tesorero General, bien a su pesar, tuvo que callarse-. Existen amortizaciones pendientes.
La comisión permaneció en silencio.
– No es que el Gobierno -continuó el Presidente-, trate de restringir su sistema de financiaciones. No es eso, exactamente. Nos ocuparemos del campo, y ustedes lo saben, porque ello entra en nuestros planes de recuperación, porque debemos de hacerlo… Pero, sin ser restrictivos, es preciso obrar con cautela, con cuidado. Una importación masiva de utillaje traería consigo…
Angulo dejó de escribir y alzó los ojos. El comandante Torres ojeaba una revista. Ni una sola vez había levantado la cabeza. Y, sin embargo, estaban solos. Completamente solos.
Después de carraspear, Angulo se incorporó. No tenía ningún propósito definido, pero sus pies le llevaron hacia el visitante. Aun cuando debió oírle llegar, Torres no se movió. Angulo, a un metro del otro, simuló buscar un libro en una estantería. Tocó los lomos de los volúmenes, medio sacó uno, lo volvió a empujar hacia el fondo. Torres, indiferente, pasó una hoja de la revista, bostezó, se arrellanó aún más en el sillón. Angulo se encontró mirando las finas puntas de unos zapatos de charol, rabiosamente brillantes. Sacó un libro y fingió interesarse en su contenido. Estaban demasiado cerca el uno del otro. ¿Acaso estaría equivocado? Pero no era posible. Sin duda, se trataba del miembro ejecutivo del partido.
Ocurrió algo increíble. Torres rechazó la revista, la dejó caer sobre la mesita vecina, y quedó, sosteniendo el mentón entre sus manos, como el hombre que no sabe exactamente qué hacer para distraerse unos minutos. Es más: hasta contempló brevemente, con una curiosidad desvaída, las actuaciones de Angulo. Era inconcebible. Si se trataba del hombre que Angulo suponía, alardeaba de un control sobre sí mismo inexplicable. Ni tan siquiera había necesitado el fácil refugio de una revista para…
Angulo volvió a su sitio. Pensó que también podía ocurrir que Torres no recordara su nombre. Pero aquello era absurdo. ¿No se había ocupado personalmente de que le dieran a él aquel cargo?
El Presidente despedía a la comisión con palabras huecas. Prometía vagas ayudas, futuros y detenidos estudios del problema. Los hombres vestidos de oscuro salieron con menos apelotonamiento que al entrar.
Cuando Angulo penetró en el despacho, vio que el Presidente tenía un gesto indefinido, entre cansado y aburrido. Sin desearlo, descubrió en aquellos ojos azules, entonces sin máscara, una vaga expresión de inocencia. Eran unos ojos sumamente azules.
– ¿Noticias?-preguntó el Presidente.
– Dos nuevos informes -explicó Angulo, escuetamente. Había descubierto que el Presidente odiaba las palabras-. La situación permanece igual. Los delegados no desean parlamentar.
– ¿No quieren hacerlo?
– Creo que no me he expresado bien -y, a su pesar, Angulo se sonrojó-. Lo que quise decir es que no han iniciado ninguna negociación. Comprendo que es muy distinto, Excelencia.