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Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:

Premio Eugenio Nadal 1962
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– ¿Qué dice la Prensa de todo esto? -preguntó el Presidente.

Por supuesto, no era preciso que fuera más explícito. Marta dijo:

– Todos los periódicos del país…

– La extranjera – interrumpió, con cansancio-. La del país está controlada. Eso lo sabe usted, me parece, tan bien como yo.

Marta le miró con cierto rencor. Le gustaban lo suficientemente las formas como para que no le resultara agradable oír que la Prensa estuviera controlada, aun cuando fuera cierto.

– La de Estados Unidos -apremió el Presidente.

– Aún no la he leído del todo. Parece…

– ¿Qué parece?

– Que justifican la posición de los estudiantes.

– Termine de leerla. No me dé juicios a medias.

El Subsecretario llegó a las nueve y cuarto.

– Malas noticias – dijo -. Le supongo enterado de…

– Sí. ¿Sabe algo?

– Poca cosa, un choque con el B.A.S., cuando trataron de disolver la manifestación. Los estudiantes…

– ¿Ha habido manifestación, también?

– Sí. ¿No ha leído el informe?

– ¡Naturalmente que no! Si lo hubiera leído, no…

¿Por qué "naturalmente"? El Subsecretario explicó, con voz uniforme:

– Los estudiantes trataban de concentrarse aquí, en los Ministerios. La policía los disolvió. El Ministro de Seguridad está en la antesala… ¿Quiere que…?

– Más tarde. Continúa.

– Lo grave -siguió el Subsecretario-, es que se produjo una explosión.

– ¿Una explosión?

– Sí. Un nuevo artefacto de plástico. Uno de nuestros hombres resultó herido.

"Nuestros hombres", se dijo el Presidente, no era una forma de hablar adecuada. Leonardo parecía estar narrando una guerra civil.

– ¿Quién?

– Un policía. La herida es grave. El plástico le estalló casi entre las manos. En el mejor de los casos, quedará ciego.

– ¿En el mejor, dices?

– Seguramente morirá. Pero lograron atrapar al muchacho que arrojó la bomba. Un tal Carvajo. Es uno de los cabecillas, eso ya lo sabíamos.

– ¿Por qué arrojó el plástico?

– Tuvo miedo…

– ¿Miedo?

– Bien, la policía les estaba acosando.

– Con "gomas", ¿verdad?

Le divirtió utilizar un término popular. La "goma" era una porra corta y dura, enormemente flexible. Había oído decir que un golpe asestado con ella era muy doloroso. Recordaba casos en que un hombre había fallecido, tras someterlo a un interrogatorio con "gomas".

– Sí -asintió Leonardo-. Por suerte, el causante está detenido.

Aquello parecía satisfacerle enormemente. Pero al Presidente no le gustaba nada aquel asunto. La detención no le compensaba. Era cierto que una acción impune puede atentar contra la seguridad del régimen, pero también lo era que el castigo a esa acción -la muerte, casi siempre-, atentaba contra su popularidad.

– Todo esto es lamentable -dijo.

– Lamentable -asintió el Subsecretario-. Y ahora nos ha llegado la noticia de que la última Universidad del país se ha solidarizado con los huelguistas. Acaban de cerrar.

– ¿Qué dicen de todo esto los observadores?

– Lo de siempre: no se trata de que a la Universidad se le haya retirado una subvención, sino de agitaciones comunistas. Tuvieron una buena disculpa con…

– ¿Disculpa? ¿Crees que el gobierno les ha dado motivo…?

El Subsecretario fue más cauteloso.

– Bien, no he querido decir exactamente lo que usted ha entendido, Excelencia. Quiero decir que han sacado un buen partido de la subvención suprimida, sencillamente.

– ¿Han pedido alguna entrevista?

– Aún no. Eso es lo malo.

– ¿Por qué "lo malo"?

– No sé… Se sienten fuertes. Nuestros agentes en la Universidad dicen que la cosa es muy seria. Hemos buscado a los cabecillas, como de costumbre. Pero las detenciones no han dado resultado.

El Presidente levantó súbitamente la cabeza.

– No te entiendo -dijo-. ¿Por qué dices que "no han dado"?

– Hemos tenido que soltarles, a las pocas horas. No existían pruebas…

– ¡Pruebas! ¿Cuándo las hemos necesitado, en un caso como éste?

Leonardo no dijo nada. Pero resultaba bien notorio que no perdía su tranquilidad ante las breves explosiones del Presidente.

– Volved a detenerlos -ordenó. Estaba malhumorado. Algo había en el ambiente del país que hacía menos efectivas las medidas radicales-. Cuanto antes.

Sí, algo había en el ambiente. Pero ¿qué era? Tal vez no habían sido lo suficientemente firmes durante la última huelga. Hubo concesiones. El Presidente sabía que los estudiantes, un instante después de aceptar una concesión, tratan de ver tras ella un fondo de debilidad. Se había dado al último arreglo con ellos un carácter de imposición gubernativa. Pero aquello no debió engañar a nadie. Los estudiantes aceptaron la publicación de aquellas notas en la prensa con la misma indiferencia que si no se refirieran a ellos. Habían aceptado aquello como quienes no se sienten lesionados por una estimación de su fuerza precisamente por estar muy seguros de ella.

– El Ministro de Seguridad está ahí fuera -repitió Leonardo-. ¿Le parece bien que…?

– Sí -dijo el Presidente, sumamente cansado-. Di que le hagan pasar.

NUEVE

Dos horas después, el Ministro de Seguridad y el Subsecretario abandonaban el despacho presidencial. El Ministro encendió un cigarrillo, en la antesala, y observó distraídamente el nutrido grupo de hombres vestidos de oscuro que aguardaban la audiencia con visibles muestras de inquietud.

– ¿Qué le pasa?-preguntó.

Leonardo se encogió de hombros.

– Está nervioso -dijo-. Las cosas van demasiado aprisa…

– Me ha gritado -murmuró el Ministro, con rencor-. Es idiota que me grite a mí. ¿Qué demonios tengo yo que ver con…?

– No lo tome en consideración. Está muy nervioso. Los estudiantes parecen más osados que nunca.

– ¿Siempre está de ese humor?

– Oh, no. Son las circunstancias…

– En las sesiones del Gabinete guarda otra compostura, otras formas… ¿Qué espera esa gente?

– Pertenecen a la comisión de Industrias Agrícolas. El Presidente les va a recibir.

Avelino Angulo pasó junto a ellos y entró en el despacho presidencial. El Subsecretario le observó de reojo. Un minuto después de haberse cerrado, la puerta volvía a abrirse. Angulo se dirigió al inquieto grupo agrícola e hizo una seña. "Por favor, ¿quieren pasar?" En el grupo se produjo una especie de conmoción. Los hombres se pusieron de pie casi con brusquedad, hubo carraspeos, algunos se ajustaron la corbata… Era evidente que casi todas las camisas eran nuevas y estaban concienzudamente almidonadas. Entraron en el despacho sin orden, atropelladamente, con torpeza.

El Presidente estaba de pie. Parapetado tras su mesa, los miró con frialdad. Los miembros de la comisión -eran ocho, en total-, anduvieron aún peor para situarse ante él. Se formó un desmañado semicírculo, en una maniobra sin gracia, como un burdo paso de baile que no se ha ensayado suficientemente. Todos pretendían huir de los extremos, tan próximos al Presidente.

– Bien -dijo el Presidente. Angulo desapareció con sigilo, cerrando suavemente la puerta, sin ruido alguno. La comisión tuvo una vaga conciencia de desamparo-. Bien, señores.

Todos miraron de reojo a un hombrecillo, situado rigurosamente en el centro, que sacaba apresuradamente unas cuartillas del bolsillo. Era el Consejero. Tosió, se aclaró la voz, adelantó un pie y lo volvió precipitadamente a su sitio. Al hombrecillo le sudaban las palmas de las manos. El Presidente observó sin simpatía el sospechoso montón de cuartillas: eran demasiadas. Aquel día, todo le fastidiaba. ¿Qué diablos querrían aquellos…? El Consejero rompió a hablar. "Señor Presidente -dijo. Su voz era inaudible. Denotaba una espantosa falta de seguridad-. Señor Presidente." Repentinamente, el hombrecillo se percató de que las cuartillas no guardaban su orden lógico. La comisión vio, espantada, que el Consejero procedía a ordenarlas, bajo la mirada fría de los ojos azules del Presidente. Pasaron varios segundos. Las cuartillas tardaban en encontrar su orden, y el Consejero se puso nervioso. Después, dio por terminado su arreglo, tosió, se aclaró quejumbrosamente la garganta y atacó de nuevo su discurso. "Excelentísimo señor Presidente", repitió. Su voz era fina como la punta de un alfiler. La comisión estaba desazonada. Habían estado seis meses aguardando aquella ocasión, desplazando constantemente un delegado, desde las ciudades de la costa, para lograr la entrevista. Y el delegado volvía sin ningún fruto, después de haber gastado una fortuna en dietas. "Imposible este mes -explicaba-. Me han dicho que, tal vez, el próximo." El Consejero dio cima a la primera cuartilla, vaciló sin saber qué hacer con ella, y optó por metérsela en el bolsillo de la chaqueta. El pequeño crujido del papel que se arrugaba subrayó el penoso silencio. Las cejas del Presidente se habían fruncido, tal vez, un poco. Sus ojos seguían siendo fríamente azules. El hombrecillo atacó la segunda cuartilla. Su voz permanecía inestable y llena de baches. A veces, se ahogaba en un lamentable quiebro, y entonces repetía la frase desde sus comienzos, lo que era infinitamente peor. En la comisión cundió el pánico. Todo quedaba deslucido y feo.

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