La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Bryan suspiró.
Según la imagen que había quedado grabada en su memoria cuando saltaron al tren, debían de encontrarse en el quinto o el sexto vagón. A sus espaldas había vagones hasta donde alcanzaban sus ojos. Si las circunstancias exigían que saltaran del tren a plena luz del día, serían adelantados por, tal vez, cuarenta vagones. Era poco probable que lograran huir sin ser descubiertos. ¿Y dónde se refugiarían? ¿A miles de millas de distancia de las líneas enemigas?
Y lo que era aún peor, ya no podrían darse a conocer. Tenían tres muertes sobre su conciencia, alegarían. ¿De qué serviría entonces que uno ya estuviera muerto y otro moribundo cuando los arrojaron del tren? Sin sus uniformes recibirían el tratamiento de espías, y antes de ser ejecutados, los torturarían hasta sonsacarles todo lo que sabían.
A pesar de los sufrimientos de los que Bryan había sido testigo durante la guerra, sentía que la injusticia los había alcanzado con una fuerza excesiva. No estaba preparado para morir. Seguía habiendo muchas cosas por las que vivir. La evocación de imágenes de familiares estrechamente unidos no sólo despertó en él la nostalgia, la desesperación, sino también el calor.
En aquel mismo instante, el cuerpo de Bryan logró relajarse dando rienda suelta a la evacuación lenitiva de la vejiga.
Poco a poco, el tren había recuperado su ritmo tranquilo. La luz pálida del sol invernal se abrió paso en el vagón, atenuada por los cristales esmerilados. Unas voces presagiaron nuevos exámenes.
Varias personas se desplazaban silenciosamente alrededor de alguien vestido con una bata blanca que despuntaba por encima de los demás y se dirigía con paso firme hacia la primera cama. Cuando llegó hasta ella abrió el cuadro médico con tal violencia que la estructura metálica empezó a vibrar. Anotó unas cuantas palabras, arrancó la hoja de papel del marco y se la pasó a la enfermera que había examinado anteriormente a los pacientes.
No examinaron a nadie. El largo oficial médico se limitó a inclinarse sobre la cama, intercambió algunas palabras con el personal, dio algunas instrucciones y prosiguió la ronda. Al llegar a la cuarta cama, la que ocupaba Bryan, el médico repasó la ficha con respeto, le susurró algo al oído a la enfermera en jefe y sacudió la cabeza.
Luego hizo un gesto dirigido a la cabecera de la cama de James con el dedo y, acto seguido, una joven dio un salto hacia adelante y la elevó. Bryan hizo todo lo posible porque su respiración apenas fuera perceptible y por pasar desapercibido. Si decidían auscultarlo, notarían que su pecho era un caos de explosiones.
La charla se prolongaba a los pies de su cama. Bryan reconoció la voz aguda de la enfermera en jefe y presintió que ni sus reacciones, ni su estado general la habían satisfecho. Alguien sacudió la cama levemente mientras otra persona se colocaba pegada a sus espaldas. Entonces unas manos enormes lo agarraron por los brazos y le dieron la vuelta. Un suave golpe con las yemas de los dedos sobre las cejas precedió a otro. Bryan estaba seguro de que había parpadeado involuntariamente y casi dejó de respirar.
Las voces se mezclaron entre sí y, de pronto, por sorpresa, alguien le apoyó el pulgar en el párpado y le abrió el ojo. Los destellos de la luz concentrada de una linterna sondearon su ojo y lo deslumbraron por completo. Luego le dieron un cachete y volvieron a iluminarlo con la linterna.
Un aire frío le rozó el pie y las manos, asentándose en los dedos de los pies mientras el médico volvía a abrirle el párpado. Aparentemente, los repetidos pinchazos que infligieron a sus pies no los sacaron de dudas. Bryan, aterrorizado, permaneció totalmente inmóvil.
El trapo empapado en amoníaco que apretaron contra su rostro lo pilló desprevenido. El shock que se abrió camino como un taladro a través del cerebro y las vías respiratorias surtió efecto. Bryan abrió los ojos, sumergió la cabeza en la almohada alejándola del trapo y jadeó.
Un par de ojos se perfilaron cerca de su cabeza y a través de sus lágrimas. El médico le dirigió algunas palabras y le golpeó la mejilla suavemente. Entonces volvieron a incorporarlo y elevaron la cabecera de la cama un par de dientes más, enfrentándolo así a sus enemigos.
Bryan optó por fijar la mirada en la pared que tenían a sus espaldas y recibió los siguientes golpes con los ojos dilatados. «Contén la respiración… No parpadees.» James y él habían matado el tiempo con ese tipo de concursos en la habitación de detrás de la cocina, en la casa de campo de Dover.
Los siguientes golpes fueron más fuertes. Bryan no se resistió y dejó que su cabeza cayera ligeramente hacia atrás, como si no tuviera por dónde sujetarse. Después de un breve intercambio de pareceres, el grupo se disolvió y tan sólo una persona se quedó a los pies de la cama, anotando algo en el expediente. El roce del lápiz contra el papel fue sustituido por el chasquido de las tapas del portafolios al cerrarse.
Bryan permaneció con los ojos bien abiertos. Durante el tiempo que duró la visita médica se dio cuenta de que no le quitaban el ojo de encima. Sus ojos se fueron cerrando lentamente. En medio del sopor que había hecho presa en su cuerpo, apenas notó la inyección que le administraron.
CAPÍTULO 4
– ¡Venga! -se oyó decir a lo lejos a una voz que se mezclaba con sonidos estivales e imágenes nebulosas-. ¡Venga ya, Bryan!
Una sensación de mareo se apoderó de él y la voz se tornó más sombría y potente. Entonces notó que le tiraban del brazo. Bryan tardó un tiempo en darse cuenta de dónde estaba.
El tren estaba en penumbra y reinaba el silencio. Una sonrisa cauta de James fue sustituida por un último tirón y Bryan le devolvió la sonrisa.
– Vamos a tener que hablar en voz muy baja.
Bryan asintió con la cabeza; había entendido la situación.
– Estabas inconsciente cuando me desperté -prosiguió James-. ¿Qué pasó, Bryan?
– ¡Te dejé fuera de combate, te golpeé! -dijo Bryan mientras intentaba concentrarse-. ¡Y entonces nos examinaron! Exploraron mis pupilas. Y yo abrí los ojos involuntariamente. Saben que hay algo raro en mí.
– ¡Lo sé! Han pasado a verte unas cuantas veces.
– ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
– ¡Haz el favor de escucharme, Bryan! -exclamó James-. El vagón de delante está lleno de soldados. Vuelven a casa de permiso, pero creo que también les han encargado la vigilancia de los pacientes.
– ¿A casa?
– Sí, nos estamos adentrando en Alemania. No nos hemos detenido ni una sola vez en lo que va de día. En este último tramo han aminorado la velocidad. No sé a dónde nos dirigimos, pero ahora mismo estamos parados en Kulmbach.
– ¿Kulmbach? -A Bryan le costaba seguir la conversación-. ¿Kulmbach? ¿Kulmbach? ¿El tren estuvo parado?
– Al norte de Bayreuth -susurró James-. Bamberg, Kulmbach, Bayreuth, supongo que lo recordarás, ¿verdad?
– Me pregunto qué me inyectaron. ¡Tengo la boca sequísima!
– ¡Intenta sobreponerte, Bryan! -Unas cuantas sacudidas hicieron que Bryan volviera a abrir los ojos-. ¿Qué pasó cuando nos lavaron?
– ¿A qué te refieres?
– ¡El tatuaje, tío! ¿Qué pasó?
– No lo buscaron.
James dejó caer la cabeza sobre la almohada y volvió la mirada hacia el techo.
– ¡Debemos hacerlo ahora, mientras todavía haya luz!
– ¡Tengo frío, James!
– Es que hace mucho frío. Han estado ventilando el vagón. Hace tan sólo un momento, el suelo estaba cubierto de nieve.
James señaló el suelo sin por ello apartar los ojos del techo.
– ¿Lo ves? Todavía queda nieve. ¡Los soldados del vagón de al lado llevan abrigos, como podrás entender!