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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– ¿Los has visto?

– Van y vienen a intervalos. ¡Hace un par de horas estuvieron buscando al enfermero que arrojamos del tren! También saben que ha habido jaleo con unos pilotos ingleses que han sido vistos saltando al tren. ¡La patrulla de perros debe de habernos delatado!

– ¿Cómo?

Bryan sentía cómo la realidad iba adueñándose de su cuerpo sin que fuera capaz de controlarla.

– No lo sé, pero ellos sí lo saben, y andan buscándonos. Aunque no nos han encontrado, ni lo harán.

– ¿Y el enfermero?

– No lo sé.

Sin mediar ni una palabra, James se puso en pie y agarró la cánula que tenía clavada en el brazo izquierdo. Cerró los ojos, se la sacó y dejó que las gotas nutrientes mezcladas con su sangre cayeran sobre la sábana. Bryan se incorporó apoyándose sobre el codo en un intento de seguir lo que se disponía a hacer su amigo. Un pequeño nudo en el tubo detuvo la fuga de líquido. James se arremangó la camisa por encima del hombro, se limpió unas cuantas uñas con la punta de la cánula y se dispuso a introducir la mugre bajo la delgada piel del sobaco mediante unos pequeños pinchazos.

James volvía a tener mala cara. El color había abandonado sus mejillas, y los labios habían adquirido un tono azulado. La aguja se introducía en la piel una y otra vez. pinchazo a pinchazo. Las gotas de sangre iban tiñendo poco a poco el vello rubio de la axila de rojo. Se necesitaban muchos pinchazos para escribir A+.

– Espero que no se infecte -murmuró Bryan a la vez que se arrancaba la cánula del brazo-, Pero si lo hace, prefiero asegurarme. ¡Pienso tatuarme mi propio grupo sanguíneo. James!

– Estás loco -protestó James que, sin embargo, no intentó convencer a su amigo. Tenía más que suficiente con su propio tatuaje.

Bryan pensó que ya había considerado los pros y los contras en profundidad. Estaba claro que representaba un cierto riesgo escribir B+ en lugar de A+, pero, por otro lado, los signos de los grupos sanguíneos eran tan parecidos entre sí que todo el mundo creería que la persona encargada de su expediente se había equivocado. En el caso de que a alguien se le ocurriese sacar el expediente para compararlo con el tatuaje, lo más probable era que se sorprendiera y enmendara el error sin más. Estaba seguro de ello.

De este modo podían meterle toda la sangre y demás porquerías que quisieran sin que corriera el riesgo de enfermar. Eso era, al fin y al cabo, lo más importante. El hecho de que cabía la posibilidad de que, llegado el caso, ni siquiera se molestaran en mirar en su axila y optaran por atenerse a lo indicado en el expediente era algo que Bryan prefirió pasar por alto. Empezó a limpiarse las uñas con la aguja.

El trabajo de tatuarse avanzaba muy lentamente. Fueron interrumpidos por unos crujidos provenientes del vagón de delante en dos ocasiones. La segunda vez, Bryan metió instintivamente la cánula debajo de la sábana. Una sombra vacilante registrada por el rabillo del ojo hizo que cerrara los ojos. Un rumor que provenía de la cama de James reveló que había entrado alguien más en la estancia. A los primeros cabeceos del tren, Bryan dejó caer la cabeza hacia el lado de la cama de James. Desde esa posición vislumbró al oficial vestido de negro.

Bryan notó cómo el asco que sentía se traducía en unos escalofríos que le hicieron olvidar el dolor en la axila. Estrujó la cánula en la mano haciéndola desaparecer totalmente, esperando que James hubiera sido tan precavido como él.

El oficial de seguridad de las SS se llevó las manos a la espalda y estuvo un largo rato contemplando el rostro del «inconsciente». Fuera se oían ruidos metálicos y voces. El oficial ni siquiera se tambaleó cuando una sacudida repentina recorrió el vagón.

Unas sacudidas posteriores fueron seguidas por un fuerte golpe y unos suaves cabeceos del vagón. Estaban maniobrando. Cuando los guardagujas terminaron su tarea, el oficial vestido de negro giró finalmente sobre sus talones y desapareció.

Más tarde, aquella misma noche, apareció otro oficial que también se dirigió a la cama del vecino de James. Una vez allí, le iluminó la cara con una linterna. Al cabo de un rato, se puso tieso, profirió un grito ahogado y se precipitó hacia el vagón trasero.

Unos instantes después volvió con varias personas. Un hombre de bata blanca que no habían visto antes le rasgó el camisón por el escote, dejando su pecho al descubierto.

Tras unos segundos de auscultación retiró el estetoscopio y explotó en un ataque de rabia que desencadenó una confusión de eventos. Las enfermeras gesticulaban y retrocedían. El golpe de la puerta al cerrarse fue seguido por la aparición del oficial de seguridad que con unas órdenes inmediatas intervino en el incidente y golpeó sin vacilar a la primera enfermera en la cara. Tras unos intercambios a gritos, el soldado que lo había puesto todo en marcha se precipitó a través del vagón para, poco después, volver seguido por un grupo de soldados. Mientras tanto, el paciente había sido trasladado acompañado por enfermeros y vigilantes.

El ronroneo de un motor y unos largos y chirriantes frenazos se propagaron por debajo de la superestructura de la estación de tren fundiéndose con unas órdenes febriles que provenían del exterior. En el interior del vagón, los enfermos habían sido abandonados a su suerte.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Bryan.

James se llevó el índice a los labios.

– Se está muriendo. Es Gruppenführer, y el oficial de seguridad estaba furioso -contestó con una voz apenas perceptible.

– ¿ Gruppenführer?

– ¡Teniente general! -James sonrió y luego añadió-: ¡Sí, resulta extraño! Pensar que he tenido a un condenado general de las Waffen-SS a mi lado. Así no es de extrañar que el personal se haya quedado aturdido. ¡Los errores se pagan en un lugar como éste!

– ¿Adónde se lo llevan ahora?

– Los agentes de seguridad lo conducen a Bayreuth. Hay un hospital allí.

Bryan volvió a humedecerse los dedos, frotó cuidadosamente la sangre coagulada de la axila y se lamió los dedos. Era importante no dejar rastro de lo que habían hecho.

– ¿Sabes lo que más miedo me da, James?

Un hedor se extendió por el vagón desde la cama de James cuando éste se dio la vuelta y se subió la manta hasta la nariz.

– ¡No!

– ¿Y si en realidad llevan a los enfermos a sus casas?

– Creo que así es.

Bryan cerró los ojos ante la confirmación de sus temores.

– ¿Y por qué lo crees? -preguntó, logrando contenerse.

– Cuando se llevaron al general oí la palabra «Heimatschutz». No sé a que se refieren concretamente, pero si la traduces literalmente significa «protección de la tierra natal o patria» o algo parecido. Es a lo que vamos, por lo que pude entender. ¡A la protección de la tierra natal!

– Pero ¡entonces nos descubrirán. James! -susurró Bryan.

– Tal vez. ¡Supongo que sí!

– ¡Tenemos que salir de aquí! Además, esto es una locura. No sabemos qué enfermedad tenemos, ni tampoco adonde nos dirigimos!

– ¡Déjame tranquilo un ratito, Bryan! El rostro de James era casi inexpresivo.

– Antes dime una cosa, ¿estás de acuerdo conmigo en que tenemos que irnos de aquí? ¿Incluso esta misma noche, si el tren vuelve a ponerse en marcha?

El largo silencio que se produjo dio paso al ruido de los camiones, que lentamente se fue extinguiendo. Las voces llegaban desde las vías del tren. El paciente al otro lado de Bryan profirió un corto lamento y luego un profundo suspiro.

– Nos moriremos de frío -dijo James quedamente-, pero tienes razón.

Sin embargo, antes de que amaneciese, sus planes de fuga se desbarataron. Tres mujeres de civil subieron por la parte delantera del vagón y abrieron la puerta del andén delantero sin apenas hacer ruido, dejando entrar el aire helado. Fueron recibidas en medio del vagón hospital por los médicos que, resignados, les devolvieron su «Heil Hitler» para pasar rápidamente al asunto que les ocupaba. Las mujeres apenas decían nada y dejaban que los médicos se desahogaran. Luego, todo el equipo pasó revista a las camas, amenizada ésta por los comentarios dispersos de los médicos. Al llegar a la cama de Bryan se detuvieron y se susurraron algo ininteligible y, acto seguido, desaparecieron adentrándose en el siguiente vagón.

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