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Электронная книга - «Una Familia Prestada». Краткое содержание книги:

Cuando Patrick Dalton regresó del extranjero, se encontró su casa ocupada por dos inesperados e inoportunos inquilinos: una hermosa mujer y un bebé adorable, los cuales despertaron en su memoria recuerdos agridulces.
A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?
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– No habrá más juegos con la cadena -le dijo, con firmeza, porque sabía que tenía razón en lo que decía-. Hasta le haré una taza de té por las molestias que le voy a causar, antes de que se vaya.

– Gracias. Me vendrá bien.

Jessie se sintió un poco culpable. Al fin y al cabo aquella era su casa, y lo único que deseaba era un poco de paz. Un lugar donde poder dormir. Igual que ella.

– Señor Dalton…

– Por favor, ya está bien de formalidades. Será mejor que nos tuteemos -no esperó a que le respondiera, sino que se limitó a poner el tazón de agua a la puerta de la cocina-. Aquí, Grady -de repente apareció un perro que se puso a beber del tazón. Era un perro grande y peludo, que le llegaba a la altura del muslo.

Jessie se estremeció. Recordó haberle oído decir, tirado en el suelo de la cocina entre los huevos rotos y la leche que no le gustaban los gatos, ni a su perro tampoco. En aquel momento no le había prestado atención porque pensaba que era un ladrón, pero no lo era, después de todo.

Estaba en su casa.

Y aquel era su perro.

De repente comprendió que no había tenido la suficiente confianza en su sobrina como para dejarla al cuidado de su perro o su coche, y los había dejado a cargo de otra persona.

Había pensado que Mao era una molestia, y confiaba en que con ayuda de los llantos de Bertie, Patrick Dalton se acabaría por marchar, pero se estaba dando cuenta, horrorizada, de que la situación se había vuelto en contra suya.

Jessie gimió, y se apretó contra la pared. Los gatos no le gustaban, aunque los podía tolerar, pero en cuanto a los perros… Los perros eran otra cosa…

Patrick se volvió al oír su grito ahogado, y se dio cuenta de que había descubierto el punto débil de su inquilina.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó, aunque se había dado cuenta de que el perro le producía pavor. Había ganado.

Y perdido.

La vio apretarse contra la pared, como si quisiera desaparecer a través de ella, gimiendo de miedo. Podía querer que se marchara, pero no era tan cruel como para prolongar la agonía a Jessie.

– No pasa nada -le dijo, en tono tranquilizador-. No te hará daño -tomó el tazón de agua y lo sacó a la calle. Grady lo miró extrañado-. Lo siento, muchacho. Es solo algo temporal -le dijo, y lo empujó hacia la calle, cerrando después la puerta.

Cuando regresó, Jessie seguía pegada a la pared y, sin pensárselo dos veces, se acercó a ella y la abrazó.

– Tranquila, Jessie, que no pasa nada -Jessie lo apretaba con fuerza contra su cuerpo, muerta aún de miedo, y Patrick podía oler el aroma a jabón que desprendía su piel-. De verdad que estás a salvo. Lo he sacado a la calle -perdida en su propio universo de terror no parecía oírlo, pero Patrick continuaba de todos modos diciéndole palabras tranquilizadoras al oído, igual que hubiera hecho con un niño. Lo que de verdad estaba valorando Jessie, por encima de las palabras, era el calor humano que le estaba dando mientras la tenía abrazada.

Mientras la abrazaba, y le rozaba los cabellos con los labios, Patrick se dio cuenta de que Jessie, con su voz, con su sonrisa, y en aquel momento con su necesidad de ser abrazada, estaba rompiendo la coraza de hielo que envolvía su corazón desde hacía muchos años. Así que cuando por fin dejó de temblar y lo miró con sus enormes ojos azules, Patrick se olvidó de por qué la estaba abrazando; se olvidó de todo…

Jessie se dio cuenta de que había hecho el ridículo, pero se sintió agradecida por la calidez de Patrick que la había ayudado a pasar el susto. Lo miró para tratar de explicarse, pero se encontró con aquellos ojos grises, que la miraban con cariño y preocupación, con aquella boca hecha para la pasión, pero también para la ternura.

Hubo un momento de quietud, en el que todo podía haber pasado.

Y entonces, la besó.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que besara a una mujer… Había apartado de su mente el sabor salado de una boca femenina, esas caricias que te podían hacer enloquecer.

La boca de Jessie le insufló vida, y derritió el hielo que quedaba alrededor de su corazón, reviviendo deseos, reprimidos durante mucho tiempo.

Jessie olvidó por qué se había asustado tanto; olvidó todas las promesas que se había hecho a sí misma de no rendirse pronto a una atracción. En su cabeza no había nada más que el sabor de la boca de Patrick, del aroma de su piel, y por un momento maravilloso, se limitó a dejarse llevar por el placer de lo que sentía.

– Jessie… -lo miró, y su expresión perdida, desesperada, hizo que regresara enseguida al mundo real. Era abogado, y tal vez estuviera pensando que lo podía denunciar-. Jessie… -Patrick estaba aterrorizado, no quería volver a amar, para no volver a sufrir, sin embargo, ella pensó que se estaba queriendo disculpar por haberla besado, y no quiso permitírselo.

– ¿Por qué lo hiciste? -le preguntó.

– Estabas histérica. Ibas a asustar al bebé -Bertie, al notar la brusquedad de su voz, empezó a gemir.

Jessie se puso la mano en la frente, y se preguntó si habría hecho el ridículo poniéndose histérica.

– Pues, parece que ha funcionado -le dijo, tratando de quitarle importancia al asunto, mediante el humor.

– Por lo menos resulta menos brutal que una bofetada -respondió él, en el mismo tono de broma, y cuando volvió a abrir los ojos, Jessie se dio cuenta de que los de Patrick solo la miraban preocupados, y pensó que debía de haberse imaginado la pasión y el deseo que había visto en ellos.

– Fue la impresión. Si no me pilla por sorpresa reacciono de un modo diferente -sabía que debía apoyarse en sus propios pies y no en Patrick Dalton, como si fuera una criatura patética sin huesos en las piernas. Sabía que si seguía apretada a él, pensaría que deseaba que la besara de nuevo-. Es tan grande…

Patrick suspiró aliviado, al ver que estaba más tranquila, y ambos pasaban a comportarse otra vez como dos extraños.

– Cuánto más grandes, más inofensivos -dijo Patrick.

– Sí, y más grandes tienen los dientes.

– Lo siento Jessie, debería haberte avisado. Siempre se me olvida lo que Grady puede llegar a impresionar la primera vez que se le ve, pero te prometo que es manso como un cordero.

– Bueno, los dueños siempre dicen eso de sus perros, ¿no te parece? Poco antes de que su inofensivo perro te clave los dientes en el tobillo.

Patrick pensó que parecía hablar por experiencia.

– En el caso de Grady es verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -le dijo, esperando arrancarle otra sonrisa.

– Si no te importa, me gustaría que fuera él quien prestara juramento.

– Mira, tiene once años -le dijo para tranquilizarla-, que en cuanto a perros se refiere es una edad muy avanzada -pensó que debería traerle una silla, hacerle una taza de té, pero no quería dejarla marchar. Estaba tan a gusto abrazado a ella, olía tan bien: como un paseo por el campo-. Perteneció a mi esposa… -le dijo, y recordó que hacía mucho que no la mencionaba-. Se lo regalaron por Navidad cuando era un cachorro.

– Lo dejó a tu cargo -le dijo, como si fuera una cruz con la que tuviera que cargar, y en cierto modo así había sido porque le había hecho recordarla cada vez que lo veía, desde que lo dejara con él antes de ir al médico con la niña, y tener el accidente que les había costado la vida- ¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

– ¿Cómo? -le preguntó Patrick, como si regresara de muchos kilómetros de distancia-. Oh -cerró los ojos un momento. Tuvo la sensación de que pensaba que Bella y él estaban divorciados, pero no se molestó en aclararle nada-. Diez años. Casi diez años.

Jessie no pudo reprimir el deseo que sintió de acariciarle la mejilla, para hacerlo volver a ella.

– ¿No crees que el perro fue un error? -le dijo, arrepintiéndose de inmediato de haberlo hecho-. Por favor, olvida lo que acabo de decir -le dijo y se separó de él, tratando de alejarse antes de que pudiera impedírselo, pero Patrick le tomó la mano, y la apretó, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.

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