Una Familia Prestada
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Familia Prestada». Краткое содержание книги:
A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?
– Sí, vete, no sea que a tu inquilina le dé por cambiar los cerrojos.
– No sería capaz -dijo Patrick, pero enseguida pensó que sí que lo era.
Jessie hizo la cama, limpió el baño, y separó su ropa sucia de la de Patrick, tras sacarla del cesto. No estaba dispuesta a lavar para ningún huésped, por muy atractivo que fuera, y Patrick lo era. Casi tan atractivo como Graeme, para su desgracia.
Entre las toallas había una camisa, manchada de huevo seco y leche, comprada en una de las mejores tiendas de Londres, que sin duda pertenecía a él, aunque no recordaba habérsela visto puesta. De repente, se dio cuenta de que, de hecho, cuando lo había visto en la habitación iba con el torso descubierto. Hubiera sido difícil olvidar aquel cuerpo musculoso, ligeramente bronceado. Estaba claro que no se había pasado todo el tiempo en el juzgado durante su estancia en el Lejano Oriente.
– ¡Qué extraño! -murmuró-. Estaba vestido al volver del hospital. ¿Por qué he encontrado su camisa, entonces, debajo de mi toalla? -se preguntó con el ceño fruncido, y la casi total certeza de que se le estaba escapando algo importante.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por la alarma. El señor Dalton debía de haber regresado.
Bertie se despertó también en ese momento, y se echó a llorar. Jessie lo tomó en brazos, y bajó las escaleras pensando que aquella semana no haría falta que fuera tantos días al gimnasio, porque bastante deporte estaba ya haciendo subiendo y bajando escaleras. Y además, como no tenía tiempo de comer…
La puerta principal estaba abierta solo lo que permitía la cadena. Miró fuera, dispuesta a ser amable con él, siempre que no siguiera insistiendo en no compartir la casa, pero no había nadie. Le extrañó que se hubiera dado por vencido tan pronto, y se empezó a poner nerviosa. Cerró la puerta, y después buscó el cuaderno en que Carenza le había apuntado el código de la alarma, pero había desaparecido. Cerró los ojos tratando de visualizar los números, pero el ruido cesó de repente, y cuando los volvió a abrir, Patrick Dalton estaba a su lado. Cuando se volvió hacia ella desde el cuadro del sistema de alarma, Jessie se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. No entendía por qué aquel hombre le producía ese efecto. Lo que tenía que hacer era enfadarse. Había entrado en su casa por la fuerza…
– Buen truco, señorita Hayes -le dijo Patrick, antes de que tuviera tiempo de representar su papel de señora de la casa ultrajada-. Pero no le sirve de nada echar la cadena en la puerta principal, si luego no cierra bien la de atrás.
Patrick no esperó a que le respondiera, y se dirigió a la cocina. Jessie se quedó un momento sin saber qué hacer, y después lo siguió, dispuesta a echarle la bronca. Lo encontró llenando un tazón de agua.
– Ha entrado por el garaje -le dijo.
– Sí, he entrado por «mi» garaje, y me gustaría que sacara sus trastos de allí.
– No es su garaje, sino el mío -le dijo con firmeza, pero sin enfadarse. Había decidido que obtendría mejores resultados siendo amable-. Tengo un contrato. Por cierto, mis cosas no son trastos -afirmó, aunque sabía que debía de ser lo que parecían, porque había metido sus pertenencias a toda prisa en cajas de cualquier manera, y las había amontonado en el garaje, hasta que tuviera tiempo de ponerse a colocarlas en la casa. No había ni imaginado que un airado abogado fuese a querer guardar su coche allí. Sin embargo, no quiso discutir con él. Ya tenían bastante como para encima pelearse por unas cuantas cajas.
También él parecía estar dispuesto a comportarse de manera civilizada, porque tras el estallido inicial, se dio la vuelta desde el fregadero, y le dijo:
– Por favor… No sea testaruda.
Jessie se indignó al oír que la llamaba testaruda.
– Dadas las circunstancias creo que estoy siendo bastante razonable -le contestó, sin alterarse.
– ¿Ah, sí? Entonces, dadas las circunstancias, yo considero razonable que si me lleva el coche la grúa, porque lo tengo mal aparcado, usted pague la multa -miró su reloj-. Tiene veinte minutos a partir de ahora para hacer algo al respecto.
Jessie tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no decirle dónde se podía meter sus veinte minutos, pero había decidido mantener la calma, así que contó hasta diez antes de hablar.
– ¿Y dónde sugiere que meta mis cosas?
– Ese, señorita Hayes, es su problema.
– Ya. ¿Y quiere que saque las cajas ahora? -le preguntó, tratando de mantener la calma,
– Ya ha desperdiciado veinte minutos.
– Muy bien -dejó a Bertie en su sillita, y aunque en un primer momento pensó darle una galleta, cambió de opinión. No quería que estuviera contento, precisamente.
– Procuraré ser lo más rápida que pueda -le dijo, y, bolso en mano, se dirigió a la puerta principal, escaleras arriba-, pero es probable que me lleve un buen rato.
– ¡Señorita Hayes! -la llamó, cuando aún no había subido ni tres peldaños.
– ¿Sí?
– ¿No ha olvidado algo?
Jessie se detuvo, y comprobó el contenido de su bolso.
– Vamos a ver, llaves, tarjetas de crédito, teléfono móvil. Creo que lo llevo todo.
– ¿Y el bebé? -le preguntó tenso.
– ¿Bertie? -Jessie se volvió, y la sorprendió ver lo nervioso y pálido que estaba. Le dio tanta pena que le hubiera gustado abrazarlo para que se tranquilizara, y decirle que se acostara y descansara, que no se preocupara de nada, porque estaba dispuesta a marcharse.
– No puedo sacar las cajas, y tener en brazos al bebé al mismo tiempo, señor Dalton -le dijo, sin embargo-, pero no se preocupe, usted le gusta, y no le dará ningún problema. Tal vez más tarde podría sacarlo a dar un paseo…
– ¿Más tarde? ¡Pero, no puede dejarlo aquí!
– Sí, más tarde. Después de que le dé de comer.
– Tengo que llevar mis cosas a un guardamuebles, señor Dalton, así que a lo mejor tardo una o dos horas. Mientras tanto, si pudiera prepararle un biberón… Las instrucciones vienen en el envase. Los pañales están en el armario que hay al lado del fregadero. ¿Sabe cómo cambiar un pañal?
– ¿Está hablando en serio?
– Completamente en serio -le dijo, manteniéndole la mirada, a pesar del efecto que aquellos ojos tenían en lo más íntimo de su ser-. ¿Y usted?
Patrick levantó las manos, en señal de rendición.
– De acuerdo. Yo moveré las cajas. Creo que si las apilo bien, habrá sitio para ellas al fondo del garaje.
– Oh, pero…
– ¿Qué?
– Nada -respondió Jessie, pero Patrick no se creyó que fuera a quedarse sin decir lo que pensaba-. Tenga mucho cuidado con las cajas donde tengo la vajilla de porcelana.
– ¿Están marcadas con la palabra «frágil»? -le preguntó con impaciencia.
– Me temo que no, y tampoco embalé demasiado bien las cosas. Me marché muy deprisa de mi anterior casa.
– No me sorprende, teniendo en cuenta lo extraña que es como compañera de casa.
Jessie no se molestó siquiera en contestarle.
– Estoy segura de que si echa un vistazo en cada caja, antes de moverla, para ver si en ella va mi preciada vajilla, no habrá ningún problema.
– ¡De acuerdo! -Jessie se dio cuenta de que Patrick empezaba a perder aquella arrogancia machista de la que había hecho gala-, tendré cuidado con su vajilla, pero no quiero más juegos con la cadena de la puerta, ni con la alarma.
– Se lo prometo -le dijo.
– Espero que se dé cuenta de que Carenza no tiene autoridad legal para firmar ningún contrato de arrendamiento para esta casa, señorita Hayes -le dijo, como si no se fiara de su palabra-. Estoy seguro de que un abogado competente no tardaría en anularlo, si se lo propusiera.