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Электронная книга - «Una Familia Prestada». Краткое содержание книги:

Cuando Patrick Dalton regresó del extranjero, se encontró su casa ocupada por dos inesperados e inoportunos inquilinos: una hermosa mujer y un bebé adorable, los cuales despertaron en su memoria recuerdos agridulces.
A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?
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– La policía -le respondió, mientras se servía el café-. Supongo que lo primero que hizo cuando bajó fue llamarlos.

– En realidad, estaba a punto de hacerlo, cuando vi el periódico de ayer, donde aparecía usted en la primera página, pero no por robar en ninguna casa -le dijo esta vez con una sonrisa menos forzada-. Claro, que ya me imagino que el prestigioso abogado Patrick Dalton no pierde a menudo.

Jessie lo vio fruncir el ceño.

– No perdí. Mi cliente decidió en el último momento que le interesaba más declararse culpable.

– No parece muy contento con su decisión. ¿Está enfadado con él por hacer lo que debía?

– Claro que estoy enfadado, porque era inocente de ese cargo en particular. Parece ser que le pagaron bien por su silencio. Si hubiera declarado, habría puesto en una situación muy complicada a mucha gente importante -cortó unas rebanadas del pan que había comprado Jessie, y las puso en el tostador-. Supongo que Carenza le pidió que cuidara de la casa, mientras ella se iba de viaje.

– No, exactamente. Tengo un contrato de arrendamiento en toda regla, y le pagué tres meses por adelantado.

– ¡Vaya, gracias por financiarle las vacaciones! -le dijo con sarcasmo-. Tal vez sea tan amable de decirme qué le hizo a mi hermana.

– ¿A su hermana?

– Sí, a la madre de Carenza. Se suponía que mi sobrina se iba a pasar el verano estudiando para la selectividad.

– Sí tan preocupada está su hermana, no entiendo cómo no está más pendiente de ella -dijo Jessie.

– Me alegra ver que por lo menos hay un tema en el que estamos de acuerdo. En fin, todavía puede dar orden de que no se pague el cheque, y podremos romper el contrato.

Jessie pensó que era un hombre muy arrogante y egoísta, que no se daba cuenta nada más que de sus problemas, y no le importaban nada ni ella, ni Carenza.

– El problema es que le pagué en efectivo -se dio el gusto de decirle.

– ¿En efectivo? ¿Le pagó tres meses de alquiler en efectivo? ¿Y no le pareció un poco extraño? -le preguntó.

Jessie pensó que, aunque no le había gustado mucho esa forma de hacer las cosas, no había estado en unas circunstancias muy propicias como para discutir.

– Dijo que tenía prisa, y no le daba tiempo a cobrar el cheque.

– Apuesto a que sí la tenía. Supongo que ya debe de estar en Francia. Imagino que pensó que no me iba a enterar nunca -añadió.

– Si su cliente hubiera seguido su consejo, seguramente habría sido así.

La tostada saltó, y la sacó del tostador. Después abrió la nevera, y tras examinar el daño que había sufrido la noche anterior, tomó la mantequilla.

– No importa. Le devolveré el dinero.

– No quiero su dinero.

– Es muy generoso de su parte, pero no puedo pretender que usted lo pase mal, porque mi sobrina…

– No me comprende, señor Dalton. No estoy siendo generosa, ni pienso sufrir en absoluto. No voy a aceptar su dinero porque no tengo la más mínima intención de marcharme de esta casa. Tengo un contrato en toda regla que el policía que vino ayer comprobó -Patrick se quedó mirándola de una manera que estaba segura habría intimidado a más de un testigo. Pero en aquel momento no se encontraban en una sala de juicios, y no pensaba dejarse asustar. Por lo menos mucho-. Así que esta será mi casa hasta que termine el contrato -insistió-. Supongo que tendrá a alguien con quién quedarse -de hecho estaba segura de que debía de haber un montón de mujeres haciendo cola por estar con él-, familiares o amigos con quién quedarse los próximos tres meses.

– ¡Tres meses! -exclamó Patrick.

A Jessie la sorprendió que dejara que viera que estaba enfadado. Estaba segura de que durante su trabajo no habría levantado la voz de aquel modo, habría mantenido un tono amistoso, para así confundir al testigo y que confiara en él.

– ¿Y usted qué? ¿No tiene amigos o familia con quién quedarse?

– Si hubiera tenido otro sitio, no estaría aquí ahora. Estaba desesperada cuando la agencia me ofreció esto.

– ¿La agencia? ¿Qué agencia?

– Hablé con ellos por teléfono. Con Sarah, para ser más precisa. Me parecieron muy eficientes. Tal vez podrían encontrar algo para usted. Yo estoy demasiado ocupada cómo para ponerme a buscar otro sitio donde vivir.

– ¿Ocupada? ¿Le llama estar ocupada a dormir?

– ¿A dormir?

– Acaba de darse un baño, por lo menos supongo que era eso lo que estaba haciendo en el cuarto de baño, ya que lleva puesto mi albornoz -añadió rápidamente para que no se diera cuenta dé su metedura de pata.

Jessie se miró el albornoz. Muy a su pesar se dio cuenta de que estaba sonrojándose.

– Ah, ¿es suyo? -le preguntó con inocencia-. Se está muy a gusto con él.

– Lo sé.

Saber que él había sido la última persona en tener aquella prenda en contacto con su piel, no la ayudó a dejar de estar colorada, en realidad, empezaba a tener mucho calor en las mejillas.

– Ha sido un baño a deshora. La llegada de Bertie ha cambiado mi rutina diaria.

– Debería haberlo pensado antes de embarcarse en la maternidad.

– Oh, pero…

– Esta es mi casa, Jessie.

– Oh, pero si recuerda mi nombre.

– Sí, lo recuerdo -le dijo, preguntándose si alguna vez lo podría olvidar.

Jessie sintió las mejillas ardiendo.

– Preferiría que me llamara señorita Hayes.

– Carenza no tiene autoridad alguna para firmar un contrato de arrendamiento, señorita Hayes. Así que no posee ninguna validez.

– Si no le importa, me gustaría consultar a un abogado.

– Haga lo que quiera, pero le aconsejaría que se ahorrara el dinero. Le diré una cosa, si no fuera por el bebé, ya la habría puesto en la calle -Jessie que había estado a punto de explicarle que el niño no era suyo, pensó que, de momento, sería mejor no contarle la verdad-. ¿Quiere que llamemos a su preciosa agencia? -le dijo-. Si son tan eficientes, seguro que no tardan en encontrarle otro alojamiento…

– No se moleste. No me pienso marchar.

– Entonces, tenemos un gran problema, señorita Hayes -dijo Patrick, tras un pequeño silencio-, porque yo tampoco.

Por un momento casi se palpó la tensión. Jessie se negó a dejarse intimidar.

– Bueno, supongo que le podría alquilar la habitación donde tiene las cajas…

– Le devolveré toda la renta y un mes más en compensación por las molestias.

– Por supuesto no está amueblada -siguió diciendo Jessie, como si no le hubiera oído-, y el baño de invitados es un poco básico. Bueno, tal vez tenga una cama plegable en el desván -Patrick no confirmaba, ni negaba nada, parecía haber perdido el habla. Mao se frotó contra su pierna, y él lo apartó, irritado-. Estoy segura de que además podríamos llegar a un acuerdo para compartir los gastos.

Patrick pensó que si lo que buscaba era provocarlo, lo había conseguido.

– No voy a compartir nada con usted -le dijo, tras levantarse de la silla bruscamente. -Señorita Hayes, ya puede ir buscándose un sitio donde vivir. Y llévese el gato con usted.

– ¿Me va a dejar tiempo de ponerme algo encima antes de echarme a la calle?

Patrick se quedó sin habla. La frase de Jessie le había hecho recordar que no llevaba nada debajo de su albornoz.

Capítulo 4

Patrick tragó saliva, nervioso. Su albornoz, demasiado grande para ella, se abría con sensualidad, invitando a ver la nívea piel de su cuello y el inicio de sus senos. Recordó lo que había sentido al verla en la bañera, las hermosas curvas de su cuerpo, la mariquita tatuada en su muslo, y notó cómo su libido despertaba, igual que lo había hecho al verla apenas tapada por islotes de espuma.

Jessie enrojeció, porque se había dado cuenta de que, sin querer, había hecho alusión a su desnudez bajo el albornoz, y se volvió para tomar a Bertie en brazos. Se prometió a sí misma pensar bien las cosas antes de decirlas en el futuro.

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