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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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—Si pudiera verlo, sería… una gran ayuda, Hugi.

—Verla, verla. No llevaba allí a ningún otro caballero, pues son lascivos y a ella no le gusta. Pero vos… bueno… no puedo ser mal guía con vos.

—Muchas gracias, amigo mío. Si alguna vez puedo prestaros un servicio…

—Si no es na —gruñó Hugi—. Pa mí es un honor. ¡Pero haber cómo se porta con ella, sin ser torpe ni bajo!

4

Giraron hacia el norte y cabalgaron varias horas, la mayor parte de las cuales Hugi las empleó en recordar sus hazañas entre las hembras de su especie. Holger le escuchaba con un oído, simulando un respeto que ciertamente merecería si la mitad de lo que contaba era cierto. Pero en la otra mitad de sí mismo estaba perdido en sus pensamientos. Conforme iban ascendiendo a mayor altura, el bosque se volvía más abierto, y podían ver prados llenos de flores silvestres, iluminados por la luz del sol, piedras cubiertas de líquenes grisáceos entre grupos de árboles, y de vez en cuando tenían una vista a través de las colinas que se perdían en una distancia púrpura. Había por allí muchos torrentes, que saltaban y destellaban en su prisa por llegar a los valles inferiores, formando arco iris por encima, allá donde caían sobre los riscos. Revoloteaban por allí los martín pescadores, pasando como pequeños rayos azules, los halcones y las águilas se remontaban a gran altura, una bandada de gansos silvestres se levantó ruidosamente de entre los juncos de un lago, pudo vislumbrar conejos, un ciervo y un par de osos. Las nubes blancas iban trazando su línea de sombra a través de la tierra desigual, de muchos colores, y el viento soplaba fríamente en el rostro de Holger. Pero descubrió que el viaje le gustaba. Incluso la armadura, que al principio le arrastraba hacia abajo, se estaba convirtiendo en parte de sí mismo. Y .de alguna manera oscura sentía una sensación de patria en aquellas tierras, como si las hubiera conocido hacía mucho tiempo.

Trató de perseguir ese recuerdo. ¿Había sido en los Alpes, o en el alto saetere de Noruega, o en los prados montañosos que rodeaban Rainier? No, era algo más que una similaridad. Casi conocía esas marcas de Faerie. Pero la imagen no le llegaba y la rechazó como otro caso más de deja vu.

También pensó que si su transición hasta allí le había permitido aprender una lengua nueva, también podría haberle hecho otros trucos a su cerebro. Por un momento tuvo la idea absurda de que quizá su mente había sido transferida a otro cuerpo. Miró sus grandes manos, levantó una de ellas para tocar el hoyo familiar en el puente de la nariz, recuerdo de aquel gran día en el que ayudó a la paliza que tuvo como resultado Politécnica 36 a 24. No, seguía siendo él mismo. Y dicho sea de paso, con bastante necesidad de un buen afeitado.

El sol estaba ya bajo cuando cruzaron un último prado y se detuvieron bajo los árboles que había a orillas de un lago. El agua captaba la luz y durante dos kilómetros se convertía en una hoja de fuego; una bandada de gansos se agitó entre los matorrales.

—Podemos esperar aquí —dijo Hugi, deslizándose hasta el suelo y frotándose las nalgas con las manos—. Buf —exclamó con una mueca—. ¡Mi pobre y viejo trasero!

Holger también desmontó y sintió también ciertos efectos. No había motivos para atar a Papillon, que se comportaba como un perrillo. Le quitó las bridas y el corcel empezó a corretear alegremente.

—Vendrá pronto —ronroneó Hugi—. Tiene su choza por aquí. Mientras esperamos, podríamos refrescarnos.

Holger captó la sugerencia y destapó la cerveza.

—Todavía no me has dicho quién es «ella» —comentó.

—Es Alianora, la doncella—cisne —dijo mientras trasegaba la cerveza—. Recorre da aquí palla to el bosque, a veces hasta el Mundo Medio, y los habitantes le cuentan sus rumores. Es una amiga muy querida. ¡Uau! ¡La vieja Madre Gerd será una bruja, pero como cervecera no hay otra!

Papillon relinchó. Al darse la vuelta, Holger vio una forma alargada de color amarillo manchado que se deslizaba hacia el lago. ¡Un leopardo! Antes de darse cuenta tenía la espada desenvainada y en alto.

—No, quieto —dijo Hugi tratando de cogerle el brazo, pero como no llegaba tan alto le sujetó de las piernas—. Viene en paz. No os atacará si no ofendéis a la doncella—cisne.

El leopardo se detuvo, se sentó y se quedó mirándoles con unos ojos fríos de color ámbar. Holger volvió a envainar la espada. Estaba cubierto de sudor. Ahora que esos lugares empezaban a volvérsele familiares, tenía que ocurrir algo así. Oyeron por encima un batir de alas.

—¡Es ella! —gritó Hugi, dando saltos y moviendo los brazos—. ¡Hola, hola, baja!

El cisne bajó aleteando hasta el suelo, deteniéndose a un metro de distancia. Era el cisne más grande que Holger había visto nunca. La luz de la tarde daba un tono dorado a su plumaje. Con dificultad, Holger dio un paso adelante, preguntándose por la manera de presentarse a un cisne. El ave aleteó y retrocedió.

—No, no, no ha miedo, Alianora —intervino Hugi—. Es un caballero que sólo quiere hablarte.

El cisne se detuvo, tocó suelo, extendió las alas y se quedó sobre las puntas de los dedos. Su cuerpo se hizo más largo, encogió el cuello, se estrecharon las alas…

—¡Por Jesucristo! —gritó Holger santiguándose. Allí había una mujer.

No, una joven. No debía tener más de 18 años: un cuerpo juvenil alto y esbelto, flexible y dorado por el sol, de cabellos color bronce que le caían sueltos sobre los hombros, enormes ojos grises, algunas pecas sobre una nariz corta e inclinada, una boca ancha y suave… ¡era muy hermosa! Casi sin pensarlo, Holger se quitó la correa de la barbilla, se desprendió del casco y la gorra y se inclinó ante ella.

Ella se aproximó tímidamente, moviendo sus largas y suaves pestañas. Iba vestida tan sólo con una breve túnica, sin mangas y ajustada, que parecía tejida con plumas blancas; sus pies descalzos no nacían ruido alguno en la hierba.

—Así que eres tú, Hugi —dijo ella con un tono de contralto suave que recordaba la entonación del enano—. Bienvenido. Y también vos, sir caballero, si sois un amigo de mi amigo.

El leopardo se agachó, movió la cola y miró a Holger con suspicacia. Alianora sonrió y se agachó para acariciarle bajo la barbilla. El leopardo se restregó contra sus piernas ronroneando como si fuera un motor Diesel.

—Este tipo alto es sir Holger —dijo Hugi, como dándose importancia—. Y como veis, compañero, ésta es la propia doncella—cisne. ¿Cenamos?

—Bueno… —empezó a decir Holger, y se detuvo para buscar las palabras adecuadas—. Es un placer conocerla, mi dama —dijo procurando utilizar el pronombre formal; ella tenía miedo de él y el leopardo seguía presente—. Espero que no la hayamos molestado.

—Qué va —contestó ella sonriendo y relajándose—. El placer es mío. Veo a tan pocos caballeros galantes.

Su tono no contenía una coquetería particular, sólo estaba tratando de ponerse a la altura de la cortesía de él.

—Bueno, comamos —gruñó Hugi—. Tengo la barriga pegada al espinazo.

Se sentaron sobre la hierba. Los dientes de Alianora desgarraron el pan duro y negro que le ofreció Holger con la misma facilidad que los del enano. No habló ninguno hasta que terminaron, cuando el sol estaba ya en el horizonte y las sombras se habían hecho tan largas como el mundo. En ese momento, Alianora miró directamente a Holger y le dijo.

—Hay un hombre que le está buscando, sir caballero. Un sarraceno. ¿Es amigo suyo?

—Ah, ¿un sarraceno? —preguntó Holger abriendo tanto la mandíbula que ésta produjo un ruidito—. No. Soy un… un extranjero. No conozco a nadie. Debéis estar equivocada.

—Puede ser —añadió Alianora cautamente—. ¿Qué os trajo entonces hasta mí?

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