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Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Félix, te suplico que no comuniques a nadie el contenido de esta nota ni el de la siguiente Si se enteraran las autoridades, ello se sabría aquí y significaría mi ejecución inmediata. Mi vida está enteramente en tus manos. No me falles.

Siempre tuya, Sharon L. Fields.

Félix Zigman notó que se le ponía piel de gallina en los brazos y que un estremecimiento helado le recorría la columna vertebral.

Se quedó aturdido y petrificado a causa del contenido de la nota de rescate y del amenazador tono de la misma. Volvió a leer la carta y buscó las frases peligrosas: “si no te avienes a la suma, la forma de pago… seré asesinada… un sólo billete marcado, ello significará para mí la muerte segura… Si se enteran las autoridades… significaría mi ejecución inmediata”.

Y con frases que no dejaban lugar a ninguna duda, Sharon le cargaba con toda la responsabilidad de su supervivencia.

“Si no accedes a avenirte a las condiciones o las alteras, ello significará mi muerte.

Mi vida está enteramente en tus manos. No me falles”.

Zigman se reclinó abrumado contra el respaldo del sillón giratorio y se cubrió los ojos con las manos.

– Dios mío -murmuró en voz alta. Había perdido el aplomo y la seguridad, cosa que jamás le había ocurrido.

Su “raison d’tre”, su valor ante los simples mortales que solían ser víctimas de las emociones, su mismo éxito se basaba en su imperturbabilidad y en su capacidad de pensar con claridad por grave que fuera una situación.

Pero jamás en su vida se había visto en el centro de una situación parecida, una situación en la que tenía que cargar él solo con la responsabilidad de la supervivencia o aniquilamiento de otro ser humano, especialmente de un ser humano más querido para él que ningún otro que conociera.

El delito que acababa de revelársele era tan inesperado y sobrecogedor, la situación en que se encontraba la víctima era tan aterradora que tardó mucho rato en reaccionar.

Su primer pensamiento racional le indujo a no creerlo. La incredulidad era la reacción que mejor sabía manejar.

Considerar que la nota del rescate no era más que una broma, una burla e incluso un timo resultaba muy fácil y consolador y le quitaba de encima todo el peso de la responsabilidad.

Claro, ésa debía ser la explicación, intentó decirse a sí mismo, ésa debía ser. Alguien se había enterado de la desaparición de Sharon. Tal vez los criados de la casa, los O’Donnell, lo hubieran comentado con algún conocido poco discreto y este sinvergüenza se había apresurado a urdir un cruel timo en la esperanza de hacerse con la fortuna que en la nota se exigía.

Claro, ése debía ser el motivo de la carta. La gente normal jamás se atrevería a secuestrar a alguien tan famoso como Sharon Fields, de la misma manera que a nadie se le ocurriría secuestrar a la reina de Inglaterra o al presidente de los Estados Unidos.

Zigman llevaba viviendo tanto tiempo en el ambiente cinematográfico y entre personas de este ambiente, llevaba tanto tiempo desenvolviéndose en un mundo falso e imaginario que un horror como aquél lo archivaba automáticamente en los sótanos de los estudios junto con las cintas de episodios de mentirijillas. Aquello era una fantasía más.

Examinando con más detenimiento la nota de rescate, observó que la caligrafía del autor de la misma, siendo a primera vista muy parecida a la de Sharon Fields, no era en realidad más que una miserable imitación de la auténtica. Cesó el aturdimiento de su cerebro.

Estaba empezando a pensar de nuevo con claridad.

Si la carta era una patraña, no había que hacerle caso. No tenía por qué prestarle atención. Recuperaría la cordura, la responsabilidad en relación con la vida de otra persona ya no sería suya y el día computado podría seguir su curso.

Zigman se irguió en su asiento. Seguía correspondiéndole cierta parte de responsabilidad. Era necesario que aquella nota falsa de rescate se estudiara exactamente igual que si se tratara de un asunto de negocios cualquiera.

Había que cerciorarse. Había que ver si la propiedad correspondía a su descripción.

Había que establecer si era susceptible de proporcionar los beneficios anunciados.

Muy bien, lo comprobaría todo de una forma rutinaria, le echaría un rápido vistazo para experimentar la satisfacción del deber cumplido antes de quitarse de la cabeza aquella estupidez.

Se inclinó hacia adelante, pulsó el botón y llamó a su secretaria.

– ¿Sí, señor Zigman? -le dijo la voz de ésta.

– Juanita, tráigame el archivo de la correspondencia de Sharon Fields del último año. Tráigamelo inmediatamente.

– Sí, señor.

Tamborileó con los dedos sobre el escritorio mientras esperaba impacientemente el archivo. ¿Qué demonios estaría haciendo esta muchacha? Le parecía que había transcurrido una hora.

Miró el reloj del escritorio.

Sólo había transcurrido un minuto.

Con una carpeta de papel manila, Juanita estaba acercándose a él pisando la mullida alfombra. El extendió la mano y casi le arrebató la carpeta de un tirón. Pero no se disculpó.

– Gracias -murmuró en voz baja.

Depositó inmediatamente la carpeta sobre el escritorio y la abrió. En el momento en que se disponía a revisar su contenido, se percató de que Juanita todavía se encontraba de pie junto al escritorio.

Levantó los ojos y vio que le estaba mirando con aire preocupado.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó bruscamente.

– Perdone -repuso la muchacha muy turbada-.

Es que estaba preocupada. ¿Se encuentra usted bien, señor Zigman?

– ¿Qué significa eso de si me encuentro bien?

– No, no lo sé.

– Pues claro que me encuentro bien. Me encuentro perfectamente bien. Ahora déjeme solo. Estoy ocupado.

Esperó a que se cerrara la puerta tras la muchacha y volvió a dirigir su atención a la carpeta.

Examinó rápidamente varias cartas, suyas a Nellie Wright, de Nellie a él en nombre de Sharon y, al final, encontró una y después otra y una tercera que le había escrito de puño y letra la propia Sharon desde distintos lugares con su conocida caligrafía inclinada.

Apartó la carpeta a un lado y colocó las tres cartas auténticas de Sharon Fields al lado de la falsa nota de rescate.

Las estudió detenidamente, las examinó palabra por palabra e incluso letra por letra. Terminó en cinco minutos.

Ahora ya lo sabía. La vida de Sharon Fields estaba enteramente en sus manos. No le cabía la menor duda, absolutamente ninguna.

La nota de rescate era Sharon auténtica, escrita de puño y letra por la propia Sharon.

Su deseo de una broma había sido un autoengaño y un intento involuntario de evitar que sucediera un hecho nefasto. Pero no podía evitar que no sucediera. La prueba la tenía delante.

Había sucedido. Sharon Fields había sido secuestrada. Había que comprar su seguridad. No podía esquivar la propuesta. Tendría que efectuar la inversión y en seguida.

Un millón de dólares. Había intervenido en numerosas transacciones en las que la suma exigida había sido no de un millón sino de cinco o diez millones. Pero jamás con veinticuatro horas de plazo.

Jamás en dinero efectivo, en billetes de determinado valor y con estrictas limitaciones en cuanto a los números de serie y en cuanto a la cantidad de billetes nuevos y viejos.

Y lo más grave era que todo ello tenía que hacerlo con el máximo sigilo.

La computadora de arriba se estaba poniendo en marcha, zumbaba rápidamente en silencio y estaba empezando a vomitarle los procedimientos a seguir. Bajo ninguna circunstancia se lo insinuaría a nadie y tanto menos a la policía y al FBI. Tenía que ser una operación de un solo hombre.

La operación Zigman.

Se mostraría tan reservado como un sacerdote o un psicoanalista. Pero había una persona a quien tendría que notificárselo.

Tendría que acudir a entrevistarse con Nellie Wright y comunicárselo. Con ello no rompería el pacto sellado con la secuestrada y los secuestradores.

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