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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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Encendió el ordenador y descubrió que estaba protegido por una contraseña.

– ¿Qué contraseña tienes? -le preguntó.

Peter Fredriksson permaneció obstinadamente quieto en el suelo negándose a hablar con ella.

Una total tranquilidad invadió a Susanne Linder. Sabía que, desde un punto de vista técnico, a lo largo de la noche había cometido un delito tras otro, incluido uno que se podría denominar coacción ilícita e, incluso, secuestro grave. Le daba igual; es más: se sentía más bien eufórica.

Al cabo de un rato, se encogió de hombros, se hurgó los bolsillos y sacó su navaja militar suiza. Quitó todos los cables del ordenador, volvió la parte trasera hacia ella y usó el destornillador estrella para abrir la tapa. Le llevó quince minutos desmontar el ordenador y extraer el disco duro.

Miró a su alrededor. Lo tenía todo, pero para jugar sobre seguro, le dio un buen repaso a los cajones del escritorio, a las pilas de papeles y a las estanterías. De repente, su mirada se depositó en un viejo anuario escolar que se hallaba sobre el alféizar de la ventana. Constató que era del Instituto de Bachillerato de Djursholm y de 1978. ¿No me dijo Erika Berger que era de Djursholm…? Lo abrió y empezó a repasar las fotos clase por clase.

Encontró a Erika Berger, de dieciocho años de edad, con una gorra de estudiante y una radiante sonrisa con hoyuelos. Vestía un fino y blanco vestido de algodón y llevaba un ramo de flores en la mano. Parecía la mismísima personificación de esa típica y cándida adolescente que saca excelentes notas.

Susanne Linder casi pasa por alto el vínculo, aunque aparecía en la página siguiente. Nunca lo habría reconocido, pero el texto del pie de foto no daba lugar a dudas: Peter Fredriksson. Estuvo en el mismo curso que Erika Berger, aunque en otra clase. Vio a un chico flaco con rostro serio mirando a la cámara por debajo de la gorra.

Susanne levantó la mirada y se topó con los ojos de Peter Fredriksson.

– Ya era una puta entonces.

– Fascinante -dijo Susanne Linder.

– Se tiró a todos los chicos del instituto.

– Lo dudo.

– Era una maldita…

– No me lo digas: no te dejó que le quitaras las bragas. ¿A que no?

– Me trató como a una mierda. Se rió de mí. Y cuando empezó en el SMP, ni siquiera me reconoció.

– Ya, ya -le espetó Susanne Linder cansinamente-. Y ahora me vendrás con eso de que has tenido una infancia muy dura. Vale, ¿podemos hablar ya en serio?

– ¿Qué quieres?

– No soy policía -le aclaró Susanne Linder-. Soy alguien que se encarga de gente como tú.

Esperó y dejó que la imaginación de él hiciera el trabajo.

– Quiero saber si has colgado sus fotos en Internet.

Él negó con la cabeza.

– ¿Seguro?

Él asintió.

– Será Erika Berger quien decida si quiere poner una denuncia contra ti por acoso, amenazas ilícitas y allanamiento de morada o si, por el contrario, prefiere llegar a un acuerdo contigo.

Él no dijo nada.

– Si ella decide pasar de ti, que me parece que es el único desgaste de energía que te mereces, yo te vigilaré.

Levantó la porra en el aire.

– Si alguna vez te acercas a la casa de Erika Berger o le envías un correo o la acosas de alguna otra manera, yo volveré a verte. Y te daré tal somanta de palos que no te reconocerá ni tu madre. ¿Me has entendido?

Él no dijo nada.

– En otras palabras, el final de esta historia está en tus manos. ¿Te interesa?

Asintió lentamente.

– En ese caso yo convenceré a Erika Berger para que permita que te vayas. No te molestes en aparecer por el trabajo; estás despedido a efectos inmediatos.

Él asintió.

– Desaparecerás de su vida y de Estocolmo. Me importa una mierda lo que hagas o adónde vayas. Búscate un trabajo en Gotemburgo o en Malmö. Pide la baja. Haz lo que quieras. Pero deja en paz a Erika Berger.

Asintió.

– ¿Estamos de acuerdo?

De repente Peter Fredriksson se echó a llorar.

– No quería hacerle daño -dijo-. Sólo quería…

– Sólo querías convertir su vida en un infierno y lo has conseguido. ¿Tengo tu palabra?

Asintió.

Ella se agachó, lo puso boca abajo y le quitó las esposas. Se llevó la bolsa de Konsum con la vida de Erika Berger y lo dejó tirado en el suelo.

Eran las dos y media de la madrugada del lunes cuando Susanne Linder salió por el portal del edificio de Peter Fredriksson. Su primera intención fue esperar hasta el día siguiente, pero luego pensó que, si se hubiese tratado de ella, le habría gustado enterarse esa misma noche. Además, su coche seguía aparcado en Saltsjöbaden. Llamó a un taxi.

Greger Backman abrió la puerta antes de que le diera tiempo a tocar el timbre. Llevaba vaqueros y no parecía recién despertado.

– ¿Está despierta Erika? -preguntó Susanne Linder.

Asintió.

– ¿Hay novedades? -preguntó.

Susanne asintió y sonrió.

– Entra. Estamos hablando en la cocina.

Entró.

– Hola, Berger -dijo Susanne Linder-. Deberías intentar dormir de vez en cuando.

– ¿Qué ha pasado?

Le dio la bolsa de Konsum.

– A partir de ahora Peter Fredriksson promete dejarte en paz. Sabe Dios si nos podemos fiar de una promesa tal, pero si mantiene su palabra, nos causará menos quebraderos de cabeza que poner la denuncia y pasar por un juicio. Tú decides.

– ¿Es él?

Susanne Linder asintió. Greger Backman sirvió café, pero Susanne lo rechazó: llevaba unos cuantos días tomando demasiado café. Se sentó y les contó lo que había ocurrido esa misma noche ante su misma casa.

Erika Berger permaneció en silencio un largo rato. Luego se levantó, subió a la planta superior y volvió con su ejemplar del anuario del instituto. Contempló la cara de Peter Fredriksson durante mucho tiempo.

– Lo recuerdo -terminó diciendo-. Pero no tenía ni idea de que se trataba del mismo Peter Fredriksson que trabajaba en SMP. Hasta que no lo he visto aquí ni siquiera me acordaba de su nombre.

– ¿Qué pasó? -preguntó Susanne Linder.

– Nada. Absolutamente nada. El era un chico callado y sin ningún tipo de interés que estaba en otra clase del mismo curso. Creo que estuvimos juntos en alguna asignatura. Francés, si no recuerdo mal.

– Me dijo que pasaste de él.

Erika asintió.

– Es posible. Yo no lo conocía y no formaba parte de nuestra pandilla.

– ¿Le acosasteis o algo parecido?

– ¡No, por Dios! Nunca he aprobado ese tipo de cosas. En el instituto teníamos campañas en contra del acoso escolar y yo era la presidenta del consejo de alumnos. No puedo recordar que se dirigiera a mí ni una sola vez ni que intercambiara una sola palabra con él.

– Vale -dijo Susanne Linder-. Lo que está claro, en cualquier caso, es que te guardaba bastante rencor. Ha estado de baja durante dos largos períodos por estrés y porque sufrió un colapso. Quizá las causas de esas bajas fueran otras que no conocemos.

Se levantó y se puso la cazadora de cuero.

– Me llevo su disco duro. Técnicamente se trata de material robado y no deberías tenerlo aquí. No te preocupes, lo destrozaré nada más llegar a casa.

– Espera, Susanne… ¿Cómo voy a poder agradecerte esto?

– Bueno, me puedes apoyar cuando toda la furia desatada de Dragan Armanskij me caiga encima como una tormenta del cielo.

Erika la contempló seriamente.

– ¿Te la has jugado con esto?

– No sé… la verdad es que no lo sé.

– Podemos pagarte por…

– No. Pero Armanskij quizá te facture esta noche. Espero que sí, porque significará que aprueba lo que he hecho y, entonces, difícilmente podrá despedirme.

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