La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
Aquello, al final, no llegó a juicio. Dimitió del cuerpo esa misma noche y se fue a casa, donde se pasó una semana entera llorando. Luego se armó de valor y llamó a la puerta de Dragan Armanskij. Le contó lo que había hecho y por qué había dejado la policía. Le pidió trabajo. Armanskij dudó y le dijo que se lo pensaría. Ella ya había perdido la esperanza cuando, seis semanas más tarde, él la llamó para comunicarle que estaba dispuesto a ponerla a prueba.
Susanne Linder hizo una amarga mueca y se metió la porra bajo el cinturón, por la parte de atrás. Comprobó que tenía el bote de gas lacrimógeno en el bolsillo derecho de la cazadora y que los cordones de las zapatillas de deporte estaban bien atados. Se dirigió andando a casa de Erika Berger y entró con mucho sigilo en el jardín.
Sabía que el detector de movimientos de la parte trasera aún no estaba instalado, así que, en silencio, continuó caminando por el césped a lo largo del seto que delimitaba el terreno. No lo pudo ver. Le dio la vuelta a la casa y se quedó quieta. De repente lo divisó: una sombra en la penumbra junto al estudio de Greger Backman.
No se da cuenta de lo estúpido que es volviendo aquí. Es incapaz de mantenerse alejado.
Fredriksson estaba agachado intentado ver algo a través de una rendija de las cortinas de un cuarto de estar que quedaba junto al salón. Luego fue hasta la terraza y miró por la rendija de las persianas bajadas de las ventanas que había junto al enorme ventanal panorámico, que seguía cubierto con la madera contrachapada.
De repente, Susanne Linder sonrió.
Aprovechó que él estaba de espaldas para cruzar el jardín a hurtadillas hasta la esquina del chalet. Se ocultó tras unos arbustos de grosellas que crecían junto a la fachada lateral. Lo podría controlar a través del follaje. Desde su posición, Fredriksson debería poder ver el vestíbulo principal y parte de la cocina. A todas luces, había encontrado algo interesante en lo que centrar su atención, pues transcurrieron diez minutos antes de que volviese a moverse. Se acercó a Susanne Linder.
Cuando Fredriksson dobló la esquina y pasó por delante de Susanne Linder, ella se levantó y le dijo en voz baja:
– Oye, Fredriksson.
Él se detuvo en seco y se volvió hacia ella.
Susanne vio brillar sus ojos en la oscuridad. No consiguió apreciar la expresión de su cara, pero oyó cómo contuvo el aliento, como si se encontrara en estado de shock.
– Podemos resolver esto de una manera sencilla o de una difícil -dijo ella-. Vamos a ir hacia tu coche y…
Fredriksson se dio la vuelta y echó a correr.
Susanne Linder cogió la porra telescópica y le asestó un golpe doloroso y devastador en la parte frontal de la rodilla izquierda.
Cayó emitiendo un ahogado quejido.
Alzó la porra para darle otro golpe pero se contuvo. Sintió los ojos de Dragan Armanskij en la nuca.
Se inclinó hacia delante, lo tumbó boca abajo y le puso una rodilla en la parte baja de la espalda. Agarró su mano derecha, se lo llevó con fuerza hasta la espalda y lo esposó. Era débil y no opuso resistencia.
Erika Berger apagó la luz del salón y subió cojeando hasta el piso superior. Ya no necesitaba las muletas, pero todavía le dolía cuando apoyaba la planta del pie. Greger Backman apagó la luz de la cocina y siguió a su mujer. Nunca la había visto tan infeliz. Nada de lo que le decía parecía poder tranquilizarla o atenuar esa angustia que padecía.
Ella se desnudó y se metió bajo las sábanas dándole la espalda.
– No es culpa tuya, Greger -dijo ella al oírlo meterse en la cama.
– No estás bien -dijo él-. Quiero que te quedes en casa unos días.
Greger le pasó un brazo alrededor del hombro. Ella no intentó rechazarlo, pero mostró una actitud pasiva. Él se acercó y, abrazándose a ella, la besó cariñosamente en el cuello.
– Nada de lo que digas o hagas me va a tranquilizar. Sé que necesito un descanso. Me siento como si me hubiese subido a un tren expreso y acabara de descubrir que me he equivocado de vía.
– Podríamos salir a navegar un par de días. Desconectar de todo.
– No. Yo no puedo desconectar de todo.
Ella se volvió hacia él.
– Tal y como están las cosas, huir sería lo peor. Tengo que resolver los problemas. Luego, si quieres, nos vamos.
– De acuerdo -dijo Greger-. Parece ser que no soy de gran ayuda.
Ella le dedicó una tierna sonrisa.
– No. No lo eres. Pero gracias por estar aquí. Te quiero con locura, ya lo sabes.
Él asintió.
– No me puedo creer que sea Peter Fredriksson -dijo Erika Berger-. Nunca he percibido la más mínima hostilidad de su parte.
Susanne Linder se preguntó si no debería llamar a la puerta de Erika Berger, pero, justo en ese momento, vio apagarse las luces de la planta baja. Bajó la vista y miró a Peter Fredriksson. No había pronunciado palabra. Permanecía absolutamente quieto. Reflexionó un buen rato antes de decidirse.
Se agachó, lo cogió por las esposas y, levantándolo, lo apoyó contra la fachada.
– ¿Puedes tenerte de pie? -le preguntó.
Él no contestó.
– Vale, entonces lo haremos de la manera más sencilla. Si opones la más mínima resistencia, le daré el mismo tratamiento a tu rodilla derecha. Y si te resistes, te romperé los brazos. ¿Entiendes lo que te digo?
Percibió que él respiraba con mucha intensidad. ¿Miedo?
Lo condujo hasta la calle a empujones. Luego se lo llevó hasta el coche, aparcado a tres manzanas de allí. Él cojeaba y ella lo ayudaba. Al llegar al vehículo, se encontraron con un hombre que había sacado a pasear al perro y que se detuvo a mirar al esposado Peter Fredriksson.
– Esto es un asunto policial -dijo Susanne Linder con voz firme-. Váyase a casa.
Lo sentó en el asiento de atrás y lo llevó a casa, a Fisksätra. Eran las doce y media de la noche y no se encontraron con nadie al acercarse al portal. Susanne Linder le sacó las llaves y lo condujo hasta su piso, situado en la tercera planta, subiendo por las escaleras.
– Tú no puedes entrar en mi domicilio -dijo Peter Fredriksson.
Era lo primero que decía desde que ella lo esposó.
Abrió la puerta y lo metió a empujones.
– No tienes derecho. Para realizar un registro domiciliario debes…
– Yo no soy policía -le replicó ella en voz baja.
Él se quedó mirándola lleno de desconfianza.
Ella lo agarró por la camisa, lo metió a empujones en el salón y lo sentó en un sofá. Tenía un apartamento de dos habitaciones pulcramente limpio y ordenado. Un dormitorio a la izquierda del salón, la cocina al otro lado del vestíbulo, y un pequeño cuarto para trabajar contiguo al salón.
Echó un vistazo al cuarto de trabajo y suspiró aliviada. The smoking gun. Descubrió enseguida las fotos del álbum de Erika Berger extendidas en una mesa junto a un ordenador. En la pared que quedaba justo al lado, él había clavado una treintena de fotos. Ella contempló la exposición con las cejas arqueadas. Erika Berger era una mujer condenadamente guapa. Y gozaba de una vida sexual más divertida que la de Susanne Linder.
Escuchó a Peter Fredriksson moverse y volvió al salón para contenerlo. Le dio un porrazo, lo arrastró hasta el despacho y lo dejó en el suelo.
– ¡Quédate quieto! -le dijo.
Se acercó hasta la cocina y encontró una bolsa de papel de Konsum. Quitó, una tras otra, las fotos de la pared. Encontró el saqueado álbum y los diarios de Erika Berger.
– ¿Dónde está el vídeo? -preguntó.
Peter Fredriksson no contestó. Susanne Linder se dirigió al salón y encendió la tele. Había una película metida en el vídeo, pero tardó bastante en dar con el canal en el mando.
Sacó la cinta y dedicó un largo rato a asegurarse de que no había hecho copias.
Encontró las cartas de amor de Erika y el informe de Borgsjö. Luego centró su interés en el ordenador de Peter Fredriksson. Constató que tenía un escáner Microtec conectado a un PC IBM. Levantó la tapa del escáner y se topó con una foto en la que se veía a Erika Berger en una fiesta del Club Xtreme celebrada la Nochevieja de 1986, según rezaba en una banderita que había clavada en la pared.