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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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– ¡Blomkvist! -gritó ella.

– ¿Qué?

– Mañana también libro. Pásate a desayunar si tienes tiempo.

Capítulo 21 Sábado, 4 de junio – Lunes, 6 de junio

Lisbeth Salander sintió un cúmulo de malas vibraciones cuando le tocó el turno al jefe de Noticias Anders Holm. Tenía cincuenta y ocho años, así que en realidad quedaba fuera del grupo, pero de todas formas Lisbeth lo había incluido porque se había peleado con Erika Berger. Era un tipo que no hacía más que tramar intrigas y enviar correos a diestro y siniestro para hablar de lo mal que alguien había hecho un trabajo.

Lisbeth constató que a Holm le caía mal Erika Berger y que dedicaba bastante espacio a realizar comentarios del tipo «ahora la tía bruja ha dicho esto o ha hecho aquello». Cuando navegaba por la red se metía exclusivamente en páginas relacionadas con el trabajo. Si tenía otros intereses, tal vez se entregara a ellos en su tiempo libre y en otro ordenador.

Lo guardó como candidato al papel de El boli venenoso, aunque no estaba muy convencida. Lisbeth meditó un rato sobre por qué no creía que fuera él y llegó a la conclusión de que Holm era tan borde que no necesitaba dar ese rodeo recurriendo a los correos anónimos: si le apeteciera llamar puta a Erika Berger, se lo diría a la cara. Y no le pareció de ese tipo de personas que se molestarían en entrar sigilosamente en la vivienda de Erika Berger en plena noche.

Hacia las diez de la noche hizo una pausa, entró en [La_Mesa_Chalada] y constató que Mikael Blomkvist aún no había vuelto. Se sintió algo irritada y se preguntó qué andaría haciendo y si le habría dado tiempo a llegar a la reunión de Teleborian.

Luego volvió al servidor del SMP.

Pasó al siguiente nombre, que era Claes Lundin, el secretario de redacción de deportes, de veintinueve años. Lisbeth acababa de abrir su correo cuando se detuvo y se mordió el labio inferior. Dejó a Lundin y, en su lugar, se fue al correo electrónico de Erika Berger.

Se centró en los antiguos correos. Se trataba de una lista relativamente corta, ya que su cuenta había sido abierta el dos de mayo. Se iniciaba con una agenda de la mañana enviada por el secretario de redacción Peter Fredriksson. A lo largo de ese primer día, varias personas le habían mandado a Erika mensajes de bienvenida.

Lisbeth leyó detenidamente cada uno de los mails recibidos por Erika Berger. Advirtió que, ya desde el principio, subyacía un tono hostil en la correspondencia mantenida con el jefe de Noticias Anders Holm. No parecían estar de acuerdo en nada, y Lisbeth constató que Holm le complicaba la vida enviándole hasta dos y tres correos sobre temas que eran verdaderas nimiedades.

Pasó por alto la publicidad, el spam y las agendas puramente informativas. Se concentró en todo tipo de correspondencia personal. Leyó cálculos presupuestarios internos, los resultados del departamento de publicidad y marketing y una correspondencia mantenida con el jefe de economía, Christer Sellberg, que se prolongó durante una semana entera y que más bien se podría describir como una tormentosa pelea sobre la reducción de personal. Había recibido también irritantes correos del jefe de la redacción de asuntos jurídicos acerca de un sustituto llamado Johannes Frisk al que Erika Berger, al parecer, había puesto a trabajar en algún reportaje que no gustaba. Exceptuando los primeros mensajes de bienvenida, ninguno de los correos provenientes de los distintos jefes de departamento resultaba agradable: ni uno solo de ellos veía nada positivo en los argumentos o en las propuestas de Erika.

Al cabo de un rato, Lisbeth volvió al principio e hizo un cálculo estadístico. Constató que de todos los jefes del SMP que Erika tenía a su alrededor, sólo había cuatro que no se dedicaban a minar su posición: el secretario de redacción Peter Fredriksson, el jefe de la sección de Opinión Gunnar Magnusson, el jefe de Cultura Sebastian Strandlund y, por último, Borgsjö, el presidente de la junta directiva.

¿No habían oído hablar de las mujeres en el SMP? Todos los jefes son hombres.

La persona con quien Erika tenía menos que ver era con el jefe de cultura, Sebastian Strandlund. Durante todo el tiempo que Erika llevaba trabajando allí sólo había intercambiado dos correos con él. Los más amables y los más manifiestamente simpáticos procedían de Magnusson, el redactor de las páginas de Opinión. Borgsjö era parco en palabras y arisco. Todos los demás jefes se dedicaban al tiro encubierto de forma más o menos abierta.

¿Para qué coño se les ha ocurrido a estos tíos contratar a Erika Berger si luego resulta que lo único que quieren hacer con ella es destrozarla por completo?

La persona con la que parecía tener más relación era el secretario de redacción Peter Fredriksson. La acompañaba a las reuniones como si fuera su sombra; preparaba la agenda con ella, la ponía al corriente sobre distintos textos y problemas, y, en general, hacía girar los engranajes de toda aquella maquinaria.

Fredriksson intercambiaba a diario una docena de correos con Erika.

Lisbeth agrupó todos los correos de Peter Fredriksson dirigidos a Erika y los leyó uno por uno. En más de una ocasión ponía alguna objeción a una decisión tomada por Erika. Él le presentaba sus argumentos. Erika Berger parecía tener confianza en él, ya que a menudo modificaba sus decisiones o aceptaba por completo los razonamientos de Fredriksson. Nunca se mostró hostil. En cambio, no existía ni el más mínimo indicio de que tuviera una relación personal con Erika.

Lisbeth cerró el correo de Erika Berger y meditó un breve instante.

Abrió la cuenta de Peter Fredriksson.

Plague llevaba toda la tarde mangoneando sin demasiado éxito en los ordenadores de casa de diversos colaboradores del SMP. Había conseguido meterse en el del jefe de Noticias Anders Holm, ya que éste tenía una línea abierta de forma permanente con el ordenador de la redacción para poder entrar en cualquier momento y enmendar algún texto. El ordenador privado de Holm era uno de los más aburridos que Plague había pirateado en toda su vida. Sin embargo, había fracasado con el resto de los dieciocho nombres de la lista que le había proporcionado Lisbeth Salander. Una de las razones de ese fracaso era el hecho de que ninguna de las personas a cuyas puertas llamó estaba conectada a Internet esa tarde de sábado. Había empezado a cansarse un poco de esa misión imposible cuando Lisbeth Salander le hizo clin a las diez y media de la noche.

– ¿Qué?

– Peter Fredriksson.

– De acuerdo.

– Pasa de todos los demás. Céntrate en él.

– ¿Por qué?

– Un presentimiento.

– Eso me va a llevar tiempo.

– Hay un atajo: Fredriksson es secretario de redacción y trabaja con un programa que se llama Integrator para poder controlar su ordenador del SMP desde casa.

– No sé nada de Integrator.

– Un pequeño programa que apareció hace unos años. Ahora está completamente anticuado. Integrator tiene un bug. Está en el archivo de Hacker Rep. En teoría puedes invertir el programa y entrar en su ordenador de casa desde el trabajo.

Plague suspiró: la que un día fuera su alumna estaba más puesta que él.

– Vale. Lo intentaré.

– Si encuentras algo, dáselo a Mikael Blomkvist si yo ya no estoy conectada.

Mikael Blomkvist había vuelto al piso de Lisbeth Salander de Mosebacke poco antes de las doce. Estaba cansado y empezó dándose una ducha y poniendo la cafetera eléctrica. Luego abrió el ordenador de Lisbeth Salander e hizo clin en su ICQ.

– Ya era hora.

– Sorry.

– ¿Dónde has estado metido todo este tiempo?

– En la cama con una agente secreto. Y cazando a Jonas.

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