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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Dio a Sally un abrazo de oso y la besó en la frente. Sally era más alta que su tío y estuvo a punto de plantar un beso en su brillante calva, pero se lo pensó mejor. Benjamin Fowler no se ocupaba de su propia apariencia y se enfurecía si alguien le hacía comentarios al respecto, pero era muy sensible en lo relativo a su calvicie. Se negaba además en redondo a permitir que los especialistas en cosmética interviniesen.

—¡Tío Ben, qué alegría verte! —Sally se apartó de él antes de que le aplastase una costilla; luego añadió con falsa cólera—: ¡Quién te manda organizar mi vida! ¿Sabes que aquel radiograma obligó a Rod a hacerme una proposición?

El senador Fowler miró desconcertado a su sobrina.

—¿Quieres decir que no la había hecho ya? —Fingió examinar a Rod con meticulosidad microscópica—. Parece bastante normal. Debe de ser un mal interno. ¿Cómo estás, Rod? Tienes buen aspecto, muchacho.

Dio la mano a Rod, apretando la suficiente para hacer daño. Con la mano izquierda Fowler extrajo su computadora de bolsillo de debajo de los heterodoxos pliegues de su grueso chaquetón.

—Lamento tener que daros prisa, muchachos, pero vamos retrasados. Venid… —se volvió y caminó rápidamente hacia el ascensor, dejándoles seguirle.

Bajaron doce pisos y Fowler les condujo por laberintos de pasillos. Había infantes de marina haciendo guardia ante una puerta.

—Entrad, entrad —urgió el senador—. No podemos hacer esperar a esos almirantes y capitanes. ¡Vamos, Rod!

Los infantes de marina saludaron y Rod respondió con aire ausente. Entró desconcertado: un gran salón, revestido de madera oscura, con una enorme mesa de mármol que ocupaba casi toda su longitud. A la mesa se sentaban cinco capitanes y dos almirantes. En un pequeño escritorio había un funcionario, y había sitio para un transcriptor y más escribientes. Tan pronto como entró Rod alguien dijo:

—Este Tribunal Investigador entra en sesión. Adelántese y jure. Diga su nombre.

—¿Cómo?

—Su nombre, capitán.

Hablaba el almirante que ocupaba el centro de la mesa. Rod no le reconoció. Sólo conocía a la mitad de los oficiales que había allí.

—Sabe usted su nombre, ¿verdad?

—Desde luego, señor… Almirante, nadie me dijo que venía directamente a un tribunal investigador.

—Pues ahora ya lo sabe. Por favor, diga su nombre.

Roderick Harold, Lord Blaine, Capitán, Marina Espacial del Emperador; antes al mando de la nave MacArthur.

Gracias.

Comenzaron a hacerle preguntas.

—Capitán, ¿cuándo supo usted por primera vez que los pequeños alienígenas eran capaces de utilizar herramientas y realizar trabajo útil?

—Capitán, describa por favor los procedimientos de esterilización que utilizó.

—Capitán, ¿cree usted que los alienígenas que estaban fuera de la nave sabían que tenía usted miniaturas sueltas a bordo?

Contestó lo mejor que pudo. A veces un oficial le hacía una pregunta y otro le interrumpía diciendo:

—Maldita sea, pero si eso está en el informe. ¿Es que no oyó usted las cintas?

La investigación avanzaba a velocidad vertiginosa. Y de pronto terminó.

—Puede retirarse por el momento, capitán —dijo el almirante que presidía.

En el vestíbulo esperaban Sally y el senador Fowler. Había una joven que vestía una falda escocesa junto a ellos con una especie de cartera de hombre de negocios.

—La señorita McPherson. Mi nueva secretaria social —dijo Sally, presentándola.

—Encantada de conocerle, señor. Señorita, sería mejor que…

—Desde luego. Gracias. —McPherson se fue con un tintineo de tacones sobre suelo de mármol; tenía un bonito caminar—. Rod —dijo Sally—. Rod, ¿sabes a cuántas fiestas tendremos que ir?

—¡Fiestas! Por Dios, mujer, están decidiendo mi destino ahí dentro… y te pones a hablarme de fiestas.

—No digas tonterías —intervino el senador Fowler—. Eso ya se decidió hace semanas. Cuando Merill, Cranston, Armstrong y yo escuchamos el informe de Kutuzov. ¡Allí estaba yo, con tu nombramiento de Su Majestad en el bolsillo, y tú vas y pierdes la nave! Tienes suerte de que tu almirante sea un hombre honrado, muchacho. Mucha suerte.

Se abrió la puerta.

—¿Capitán Blaine? —llamó un funcionario.

Entró y se situó frente a la mesa. El almirante alzó un papel y carraspeó.

—Es opinión unánime del Tribunal Especial de Investigación reunido para examinar las circunstancias de la pérdida del crucero de combate clase general de Su Majestad Imperial MacArthur. Primero, este Tribunal considera que la nave se perdió por infección accidental de formas de vida alienígena y que fue acertado destruirla para impedir la contaminación de otras naves. Segundo, este Tribunal exime a su comandante, el capitán Roderick Blaine, de cualquier acusación de negligencia. Tercero, este Tribunal ordena a los oficiales supervivientes de la MacArthur que preparen un informe detallado de los procedimientos a seguir para que no se den en el futuro más pérdidas similares. Cuarto, este Tribunal considera que la inspección y esterilización de la MacArthur resultaron difíciles por la presencia de gran número de científicos civiles y de su equipo e instrumentos a bordo, y que el ministro Anthony Horvath, jefe científico de la expedición, se opuso a la esterilización y exigió que la búsqueda de los alienígenas no obstaculizase los experimentos de los civiles. Quinto, este Tribunal considera que el capitán Blaine habría sido más diligente en la inspección de su navío sin las dificultades que se exponen en la cuarta consideración; y este Tribunal no recomienda que se le reprenda por ello. Siendo unánime el criterio del Tribunal, se da por concluida la sesión. Capitán, puede irse.

—Gracias, señor.

—Bien. Aquello fue una chapuza, Blaine. ¿Lo sabe, verdad?

—Sí, señor. —Dios mío, ¿cuántas veces habré pensado en ello?

—Pero dudo que hubiese alguien en la Marina que pudiera haberlo hecho mejor. La nave debía de ser una casa de locos con todos aquellos civiles a bordo. Está bien, senador, es todo suyo. Están ya preparados en la sala 675.

—Bien. Gracias, almirante. —Fowler sacó a Blaine del salón de audiencias y le llevó pasillo abajo al ascensor. Un suboficial lo tenía abierto, esperando.

—¿Y adonde vamos ahora? —preguntó Rod—. ¿Seis setenta y cinco? ¡Eso es el retiro!

—Por supuesto —dijo el senador; entraron en el ascensor—. No pensarás que vas a poder estar en la Marina y en la Comisión al mismo tiempo. Por eso teníamos que acelerar los trámites del Tribunal de Investigación. Hasta que no se archivase el resultado no podías pasar al retiro.

—Pero, senador…

—Ben. Llámame Ben.

—Sí, señor. Ben, ¡yo no quiero pasar a la reserva! La Marina es mi carrera…

—Ya no. —El ascensor se detuvo y Fowler empujó a Rod delante—. Habrías tenido que abandonarla de todos modos. La familia es demasiado importante. Los pares no pueden abandonar el gobierno para dedicarse a andar por ahí en esas naves toda la vida. Sabías que tendrías que retirarte pronto.

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