La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
El ceño de Rod se desvaneció. Sonrió ampliamente, y estuvo a punto de echarse a reír. Los celos profesionales de Horvath no eran ni cómicos ni patéticos, eran simplemente inevitables; tan inevitables como su creencia en que el nombramiento ponía en entredicho su competencia como científico.
—Cálmese, doctor —dijo Rod—. Sally no está en esa Comisión por su capacidad científica, ni yo tampoco. Al Emperador no le preocupa la capacidad, sino el interés. —Estuvo a punto de decir lealtad, pero no hubiese servido—. En cierto modo, el que no se le haya nombrado a usted inmediatamente —Rod subrayó esta palabra— es un cumplido.
Horvath enarcó las cejas.
—¿Cómo dice?
—Usted es un científico, doctor. Toda su formación y en realidad toda su filosofía de la vida es la objetividad, ¿verdad?
—Más o menos —aceptó Horvath—. Aunque desde que dejé el laboratorio…
—Ha tenido usted que luchar por sus presupuestos. Además se ha metido usted en política sólo para ayudar a sus colegas a hacer lo que usted haría si se viera libre de deberes administrativos.
—Bueno, sí. Gracias. Pocos comprenden eso.
—En consecuencia, sus tratos con los pajeños serían igual. Objetivos, no políticos. Pero eso podría no ser la mejor vía para el Imperio. No es que le falte a usted lealtad, doctor, pero su Majestad sabe que Sally y yo anteponemos el Imperio a todo. Nos educaron para pensar así desde que nacimos. Y ni siquiera podemos pretender una objetividad científica en lo que atañe a los intereses imperiales. —Y si esto no le sirve que se vaya al diablo.
Pero sirvió. Horvath aún no se sentía del todo feliz, y evidentemente no iba a dejar de luchar por un puesto en la Comisión; pero sonrió y deseó a Rod y a Sally un feliz matrimonio. Rod le escuchó y se volvió a Sally con una sensación de triunfo.
—Pero ¿ni siquiera podemos decir adiós a los pajeños? —preguntó ella suplicante—. Rod, ¿no puedes convencerles? Rod miró sin esperanza al almirante.
—Señora —dijo Kutuzov—, no deseo contrariarla. Cuando los pajeños lleguen a Nueva Escocia serán responsabilidad suya, no mía. Y entonces me dirá usted lo que debo hacer con ellos. Hasta entonces, los pajeños son responsabilidad mía, y no pienso cambiar de política. El doctor Hardy puede entregarles el mensaje que quieran.
¿Qué haría si Rod y yo le ordenásemos que nos dejara verlos, pensó, como miembros de la Comisión? Pero eso significaría hacer una escena y Rod consideraba sin duda al almirante un hombre valioso y útil. Si hacían aquello, quizás no pudiesen volver a trabajar juntos. Además, Rod no podría hacerlo ni aunque se lo pidiesen.
—No se trata de que esos pajeños sean amigos especiales —recordó Hardy a Sally—. Han tenido tan poco contacto con seres humanos que apenas si les conozco. Estoy seguro de que cambiarán cuando lleguemos a Nueva Escocia. —Sonrió y cambió de tema—. Confío en que mantengan su promesa y esperen a que llegue la Lenin para casarse.
—Quiero que nos case usted —dijo Sally rápidamente—. ¡Tendremos que esperarle!
—Gracias. —Hardy iba a decir algo más, pero Kelley se acercó cruzando el salón y saludó.
—Capitán, he enviado sus cosas a la Mermes y también las de la señorita Sally, y dicen que están preparados.
—Mi conciencia —Rod se echó a reír—. Pero tiene razón. Sally, mejor será que nos preparemos. Va a ser duro soportar tres gravedades después de esta cena…
—Yo he de dejarles también —dijo Kutuzov—. Tengo que enviar despachos por la Hermes. —Sonrió torpemente—. Adiós, señora. Y a usted también, capitán. Suerte. Ha sido usted un buen oficial.
—Bueno… Gracias, señor.
Rod miró a su alrededor y localizó a Bury al otro lado del compartimiento.
—Kelley, el almirante asumirá la responsabilidad del cuidado de Su Excelencia.
—Con su permiso, haré que el artillero Kelley continúe al mando de los infantes de marina de guardia —dijo Kutuzov.
—Desde luego, señor. Kelley, mucho cuidado cuando lleguemos a Nueva Escocia. Puede que intente escapar y puede que no. No tengo idea de lo que le espera cuando llegue allí, pero las órdenes son bastante claras. Tenemos que mantenerle bajo custodia. Puede que intente sobornar a alguno de sus hombres.
Kelley soltó un bufido.
—Será mejor que no lo haga.
—Sí. Bueno, adiós, Kelley. No permita que Nabil le clave una daga en las costillas. Espero tenerlo conmigo en Nueva Escocia.
—De acuerdo, señor. Tendré cuidado, capitán. El marqués me mataría si le sucediese algo a usted. Eso me dijo cuando salimos de Crucis Court. Kutuzov carraspeó sonoramente.
—Nuestros huéspedes deben irse inmediatamente —anunció—. Con nuestras felicitaciones finales.
Rod y Sally abandonaron la sala de oficiales entre un coro de aclamaciones.
La fiesta parecía destinada a durar mucho.
La chalupa correo Hermes era pequeña. Su espacio vital no era mayor que el transbordador de la MacArthur, aunque en conjunto la nave era mucho mayor. Después de los sistemas de apoyo de vida iban los depósitos y los motores y poco más que las escalerillas de acceso. Apenas llegaron a bordo, la nave partió.
Había poco que hacer, y la pesada aceleración hacía imposible de todos modos un verdadero trabajo. El médico examinó a sus pasajeros a intervalos de ocho horas para asegurarse de que podían soportar las tres gravedades de la Hermes, y aprobó la petición de Rod de aumentar a tres gravedades y media para llegar antes. Bajo aquel peso era mejor dormir el máximo posible y limitar las actividades mentales a una conversación ligera.
Tras ellos, cuando alcanzaron el Punto Alderson, brillaba enorme el Ojo de Murcheson. Un instante después, el Ojo era sólo una estrella roja brillante frente al Saco de Carbón. Tenía una pequeña mota amarillenta.
48 • Civiles
Pasaron a un vehículo de aterrizaje en cuanto la Hermes se situó en órbita alrededor de Nueva Escocia. Sally apenas tuvo tiempo de despedirse de los tripulantes de la nave correo.
—VISITANTES DESPEJEN BOTE ATERRIZAJE. PASAJEROS PREPÁRENSE PARA ATERRIZAJE.
Se oyó el estruendo de las compuertas neumáticas al cerrarse.
—¿Preparado, señor? —preguntó el piloto.
—Sí…
Se activaron los retros. No fue ni mucho menos un aterrizaje fácil; el piloto tenía demasiada prisa. Descendieron sobre las melladas rocas y los geiseres de Nueva Escocia. Cuando llegaron a la ciudad aún llevaban demasiada velocidad y el piloto hubo de rodearla dos veces; luego la nave descendió lentamente, planeó y aterrizó en el techo-aeropuerto de la Casa del Almirantazgo.
—¡Ahí está tío Ben! —gritó Sally. Y corrió a sus brazos.
Benjamin Bright Fowler tenía ochenta años normales y los aparentaba; antes de la terapia de regeneración había parecido tener cincuenta y hallarse en el período de madurez intelectual de su vida. Esto último no dejaba de ser cierto.
Medía uno setenta y cuatro y pesaba noventa kilos: era un hombre corpulento, casi calvo, con una aureola de pelo negro que encanecía alrededor de una brillante coronilla. Sólo llevaba sombrero en la estación más fría, e incluso entonces solía olvidárselo.
El senador Fowler vestía de forma extravagante, con unos pantalones llenos de arrugas sobre unas botas de cuero suaves y pulidas. Un chaquetón muy gastado de pelo de camello que le llegaba a la rodilla cubría la parte superior de su cuerpo. Eran ropas muy caras, y muy cuidadas. Sus ojos soñolientos, que tendían a lagrimear, y su voluminosa apariencia no le convertían en una figura impresionante, y sus enemigos políticos habían cometido más de una vez el error de juzgar su capacidad por su aspecto. A veces, cuando la ocasión era lo suficientemente importante, dejaba que su criado eligiese la ropa y le vistiese adecuadamente, y entonces, al menos por unas horas, su aspecto era el adecuado; era, después de todo, uno de los hombres más poderosos del Imperio. Pero normalmente se ponía lo primero que encontraba en su guardarropa y, como los criados nunca tiraban nada que a él le gustase, a veces vestía prendas muy viejas.