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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Comprendo —dijo Charlie—. Doctor Hardy, deberá perdonarnos pero no estamos en condiciones de hablar. Quizás lo estemos dentro de unas horas. La próxima vez seguiremos su consejo y nos ataremos a nuestras literas y dormiremos cuando activen su máquina Eddie el Loco.

—Entonces les dejo —dijo Hardy—. ¿Necesitan algo? ¿Está bien el Embajador?

—Bastante bien. Gracias por su interés.

Hardy se fue y los pajeños volvieron a sus literas. Gorjearon y silbaron.

—Y eso es todo —dijo Rod—. Se me ocurren muchas cosas más interesantes que observar a los pajeños tumbados en sus literas y hablando en un idioma que no entiendo.

Y hay tiempo de sobra para estudiar a los pajeños, pensó Sally. Casualmente, no tenemos nada que hacer ninguno de los dos ahora mismo… y nosotros tenemos intimidad.

—Pienso igual—dijo Sally.

Pese a los kilómetros cúbicos de llama amarilla que la rodeaban, la Lenin era una nave feliz. Kutuzov relajó la vigilancia y permitió a la tripulación volver a los servicios normales por primera vez desde la destrucción de la MacArthur. Aunque la nave estaba en las profundidades de un sol, tenía combustible, y sus problemas estaban en el Libro. La rutina del cuerpo los resolvería. Hasta los científicos olvidaron su pesar por abandonar el sistema alienígena con interrogantes que no habían resuelto: volvían a casa.

La única mujer en diez parsecs habría sido tema de especulación en cualquier circunstancia. Las luchas podrían haberse planteado alrededor de dos preguntas: ¿Cuáles son mis/tus posibilidades con ella? Y ¿Estamos desperdiciándolas? Pero era evidente que Sally había elegido su hombre. Esto facilitaba las cosas a los que se preocupaban por tales problemas, y a aquellos que tenía por misión eliminar los conflictos.

La noche que siguió al salto, Kutuzov dio un banquete. Fue muy protocolario, y la mayoría de los invitados no disfrutaron mucho; la conversación de sobremesa del almirante se redujo a cuestiones profesionales. Pero se fue pronto, y entonces se inició una fiesta más libre.

Rod y Sally se quedaron tres horas. Todos querían hablar de los pajeños, y a Rod le sorprendió verse de pronto hablando sobre ellos sólo con una sombra del dolor sordo que le había acongojado hasta entonces cuando pensaba en los alienígenas. El entusiasmo de Sally era bastante por sí solo… y, además, parecía tan preocupada por él como por los alienígenas. Hasta había dedicado varias horas a arreglar el uniforme de gala de Mijailov de modo que le sentara casi bien.

Cuando dejaron la fiesta, no hablaron de pajeños ni de la Paja en varias horas; las horas que estuvieron juntos antes de ir a sus cabinas independientes.

La nave continuaba su marcha. Al cabo de un tiempo el amarillo de allá del Campo se volvió naranja, y luego rojo ladrillo, y las sondas de la Lenin indicaron que su Campo era más caliente que la fotoesfera que lo rodeaba. Científicos y tripulación observaban ansiosos la pantalla, y cuando aparecieron estrellas sobre un fondo rojinegro todos brindaron celebrándolo. Hasta el almirante se unió a ellos, con una sonrisa amplia y torpe.

Poco después el oficial de comunicaciones estableció contacto con un carguero que esperaba. Había también una pequeña chalupa para enviar mensajes, rápida, manejada por jóvenes miembros de la tripulación en perfecta condición física. Kutuzov dictó su informe y lo envió con dos de sus guardiamarinas, y la chalupa aceleró a tres gravedades, buscando el punto Alderson donde saltaría al sistema de Nueva Caledonia e informaría del primer contacto de la Humanidad con una civilización alienígena.

El carguero llevaba correo y noticias de casi un año. Se habían producido más rebeliones en el sector. Una antigua colonia se había aliado con una agrupación armada de exteriores desafiando al Imperio. Nueva Chicago estaba ocupada por el ejército, y aunque la economía funcionaba de nuevo, la mayoría de la población detestaba el paternalismo imperial. La inflación de la corona había sido controlada. Su Majestad la Emperatriz había dado a luz un niño, Alejandro, y el príncipe heredero Lisandro no era ya la única seguridad de la estirpe imperial reinante. Esta noticia mereció otro brindis de los tripulantes de la Lenin, y la celebración fue tan sonada que Mijailov hubo de utilizar tripulantes de la MacArthur para atender la nave.

La chalupa volvió con más mensajes transmitidos antes de que se encontrase con la Lenin. La capital del sector hervía de entusiasmo, y el Virrey preparaba una gran recepción en honor de los embajadores pajeños. Armstrong, Ministro de Guerra, envió un parco «bien hecho» y mil preguntas.

Había también un mensaje para Rod Blaine que supo de él cuando el asistente del almirante fue a buscarle para que acudiera a la cabina de éste.

—Probablemente sea esto —dijo Rod a Sally—: Detenga usted a Blaine hasta que comparezca ante un consejo de guerra.

—No seas tonto. —Sally sonrió para animarle—. Te espero aquí.

—Si es que me dejan volver a mi cabina. —Se volvió al infante de marina—. Vamos, Ivanov.

Cuando entró en la cabina del almirante se quedó sorprendido. Esperaba un cuarto desnudo, funcional y frío; había allí, por el contrario, una desconcertante variedad de colores, alfombras orientales, tapices en las paredes, el inevitable icono y el retrato del Emperador, pero mucho más. Había incluso libros encuadernados en piel en una estantería sobre el escritorio de Kutuzov. El almirante indicó una silla de teca rosa espartana.

—¿Tomará usted té? —preguntó.

—Bueno… Gracias, sí, señor.

—Dos tazas de té, Keemun.

El camarero lo sirvió, de un termo de plata en forma de antiguo samovar ruso, en tazas de cristal.

—Puede irse. Capitán Blaine, tengo órdenes para usted.

—Le escucho, señor —dijo Rod. Al menos podría haber esperado a que saborease el té.

—Dejará usted esta nave. Tan pronto como llegue aquí la chalupa subirá usted a bordo para regresar a Nueva Caledonia a aceleración máxima si el médico lo aprueba.

—De acuerdo, señor. ¿Tan ansiosos están de que comparezca ante un consejo de guerra?

Kutuzov pareció desconcertado.

—¿Consejo de guerra? No lo creo, capitán. Tiene que haber un tribunal oficial de investigación, desde luego. Las ordenanzas lo imponen. Pero me sorprendería que el tribunal investigador formulase acusaciones contra usted.

Kutuzov se volvió a su tallado escritorio. Sobre la pulida superficie de madera había una cinta grabada.

—Esto es para usted. El membrete indica «Personal y urgente». Y le explicará sin duda de qué se trata.

Rod cogió la cinta y la examinó curioso.

—Por supuesto está en código de mando —dijo el almirante—. Mi secretario le ayudará si lo desea.

—Gracias.

El almirante utilizó el intercomunicador para llamar a un teniente, que descifró las cintas en una máquina traductora. Salió de ella un pequeño folleto.

—¿Nada más, almirante? —preguntó el teniente.

—He terminado. Le dejo que lea su mensaje, capitán. Buenos Días. —Almirante y teniente dejaron el camarote mientras la máquina traductora continuaba su tarea. El mensaje iba saliendo como un gusano de las interioridades de la máquina.

Rod lo cogió y leyó con asombro creciente.

Lo leyó de nuevo mientras volvía a su cabina. Sally se levantó al verle entrar.

—¡Rod, qué expresión tan extraña!

—Llegó una carta—dijo.

—Oh… ¿Noticias de casa?

—Algo así.

Ella sonrió, pero había desconcierto en su voz.

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