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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– ¿Cuántas personas se ocuparán del recuento? -preguntó Jimmy.

El secretario susurró de nuevo al oído del alcalde.

– Veinte -respondió Holbourn-, y todos ellos son funcionarios del ayuntamiento, además de ser miembros de nuestro club de bridge.

Ninguno de los candidatos comprendió qué importancia podía tener esto último, pero prefirieron no pedir ninguna explicación.

– ¿Cuántos observadores tendremos cada uno? -preguntó Tom.

– Permitiré la presencia de diez representantes de cada partido -explicó el alcalde-, que podrán situarse a un paso de cada funcionario encargado del recuento, aunque en ningún momento podrán hablar con ellos. Si tienen alguna duda, tendrán que consultarla con mi secretario y si no están conformes, él consultará conmigo.

– ¿Quién actuará de árbitro si hay discusión por algún voto? -prosiguió Tom.

– Comprobará que no encontraremos casi ninguno -insistió el alcalde sin recordar que ya lo había dicho-, a la vista de que para muchos de nosotros quizá estas hayan sido nuestras últimas elecciones. -Esta vez nadie se rió, mientras que la pregunta de Tom se quedó sin respuesta. Tom prefirió no repetirla-. Bien, si no hay más preguntas, les acompañaré hasta nuestra histórica sala de plenos, construida en mil ochocientos sesenta y siete y de la que estamos profundamente orgullosos.

La sala se había construido con una capacidad apenas por debajo del millar de personas, porque la población de Madison no era muy dada a salir por las noches. Pero en esta ocasión, incluso antes de que el alcalde, sus ayudantes, Fletcher, Nat y sus respectivos acompañantes entraran, ya se parecía más a una estación de metro japonesa en hora punta que al salón de actos de una muy tranquila ciudad balnearia de Connecticut. Nat rogó para que el jefe de bomberos no estuviese entre la concurrencia porque seguramente estaban quebrantando todas las disposiciones de seguridad.

– Comenzaré este proceso con la explicación de cómo pienso realizar el recuento -dijo el alcalde, y caminó hacia el estrado.

Los candidatos se preguntaron si conseguiría subir los peldaños. Por fin la pequeña figura canosa apareció en el estrado y ocupó su lugar delante del micrófono que habían acomodado a su altura.

– Damas y caballeros -comenzó-, mi nombre es Paul Holbourn y solo los forasteros no sabrán que soy el alcalde de Madison. -Fletcher sospechó que para la mayoría de los presentes esta sería su primera y última visita a la histórica sala-. Pero hoy me presento ante ustedes como presidente de la junta electoral de Madison. Ya he explicado antes a los candidatos cuál es el procedimiento que voy a seguir y ahora se lo repetiré a ustedes.

Fletcher echó una ojeada al público; no tardó en darse cuenta de que casi nadie escuchaba las palabras del anciano porque la mayoría buscaba asegurarse un lugar lo más cercano posible al sector acordonado donde se efectuaría el recuento.

El alcalde acabó con la homilía y después de bajar del estrado puso todo su empeño en llegar al centro de la sala, cosa que nunca hubiese conseguido de no haber sido porque el proceso no podía comenzar sin su presencia.

Cuando por fin llegó al lugar del recuento, el secretario le ofreció unas tijeras. Holbourn cortó los precintos de las veintidós cajas como quien corta la cinta al inaugurar una carretera. Completada esta parte, los funcionarios vaciaron el contenido de las urnas en la mesa. El alcalde comprobó a continuación el interior de cada caja: primero las puso boca abajo y después las sacudió, como un mago que le enseña al público que no hay nada en la caja que utiliza en su espectáculo. Luego invitó a los candidatos a que hicieran lo mismo.

Tom y Jimmy permanecieron atentos a lo que ocurría en la mesa central mientras los funcionarios comenzaban a distribuir las papeletas entre los encargados de contar los votos como un crupier en la mesa de juego. Los encargados clasificaron las papeletas por decenas y cuando tenían diez, las sujetaban con una goma elástica. Este sencillo proceso les llevó casi una hora y para entonces el alcalde se había quedado sin más comentarios que hacer sobre Madison a quien estuviese dispuesto a escucharle. Los fajos de papeletas fueron verificados por el secretario, quien confirmó que había cincuenta y nueve con cien votos y uno con menos de cien.

Cuando se llegaba a este punto, la costumbre había sido que el alcalde volviera a subir al estrado, pero esta vez el secretario consideró que sería más sencillo que le acercaran el micrófono. Paul Holbourn aceptó la innovación y habría sido algo muy inteligente si el cable hubiese sido lo bastante largo para llegar al sector acordonado. De todas maneras, el alcalde no tuvo que caminar tanto para hacer su anuncio. Sopló en el micro y en la sala se escuchó un sonido como el de un tren que entra en un túnel; el anciano esperó que sirviera para imponer un poco de orden en la sala.

– Damas y caballeros -comenzó con la mirada puesta en la hoja que le había dado el secretario-, cinco mil novecientos treinta y cuatro dignos ciudadanos de Madison han participado en estas elecciones, que, según me informan, corresponde al cincuenta y cuatro por ciento del electorado y supera en uno por ciento la participación de los anteriores comicios.

– Ese uno por ciento quizá nos dé la ventaja que necesitamos -susurró Tom al oído de Nat.

– Por lo general, los aumentos en la participación siempre benefician a los demócratas -le recordó Nat.

– No cuando el promedio de edad del electorado es de sesenta y tres años -replicó Tom.

– Nuestra próxima tarea -continuó el alcalde- será separar los votos de ambos partidos antes de comenzar el recuento.

Nadie se sorprendió de que esa tarea llevara todavía más tiempo que la primera, dado que el alcalde y sus funcionarios tuvieron que atender mil y una reclamaciones. Por fin se acabó con el trámite y llegó el momento de contar los votos. Los fajos de diez pasaron a ser de cien antes de ser dispuestos ordenadamente como soldados en un desfile.

A Nat le hubiese gustado dar una vuelta por el salón y seguir todo el proceso, pero estaba abarrotado hasta tal extremo que se tuvo que conformar con los informes de su gente junto a las mesas. Tom decidió abrirse camino como fuera y llegó a la conclusión de que si bien Nat parecía ir en cabeza, no podía estar seguro de que superara los ciento dieciocho votos de ventaja que le llevaba Fletcher tras el escrutinio de la noche pasada.

Transcurrió otra hora antes de que se acabara el recuento y los dos montones de papeletas estaban uno delante del otro. El alcalde invitó a los candidatos a que se reunieran con él junto a la mesa. Luego explicó que había dieciséis votos anulados por los funcionarios y, por consiguiente, quería consultar con ellos antes de decidir si alguno se podía considerar válido.

Nadie podía acusar al alcalde de no creer en un gobierno abierto, porque los dieciséis votos se exhibían a la vista de todos. Ocho no tenían marca alguna y ambos candidatos acordaron que no eran válidos. También descartaron sin vacilar uno que decía: «A Cartwright lo tendrían que haber ejecutado en la silla eléctrica», y otro con la frase: «Ningún abogado está capacitado para ejercer un cargo público». Los seis restantes llevaban marcas que no eran cruces junto a los nombres de uno u otro de los candidatos, pero como estaban repartidos por partes iguales, el alcalde propuso que se dieran por buenos. Jimmy y Tom verificaron los seis votos y consideraron que la propuesta del alcalde era válida.

A la vista de que el inciso no había dado ventaja a ninguno de los dos candidatos, el alcalde dio la autorización para que comenzara el recuento. Una vez más se dispusieron los fajos de papeletas de un centenar delante de los funcionarios y Nat y Fletcher intentaron calcular desde lejos si llevaban o no la ventaja suficiente para cambiar la cabecera de su correspondencia durante los siguientes cuatro años.

Cuando acabó el recuento, el secretario le pasó al alcalde la hoja con los resultados. No fue necesario que pidiera silencio porque todo el mundo estaba atento. El alcalde, sin pensar ya en cualquier intento de subir al estrado, anunció sencillamente que los republicanos habían ganado por 3.019 votos contra 2.905. Luego estrechó las manos de los candidatos, con la sensación de que había acabado con su cometido, mientras todos los demás intentaban deducir el significado de esas cifras.

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