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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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Ambos se callaron después de escuchar el tono con el que les habían llamado al orden.

El doctor Renwick se levantó de la silla para ir hasta la caja de seguridad. Sacó el historial y lo dejó sobre la mesa.

– He pasado varios días intentando pensar en la mejor manera de comunicarles una información absolutamente confidencial. -Apoyó el índice de la mano derecha en el historial-. Una información que me hubiese pasado inadvertida de no haber sido por el accidente casi mortal del senador y que me llevó a leer los historiales de los dos. -Nat y Fletcher se miraron el uno al otro, pero no dijeron nada-. Incluso decidir si debía comunicársela juntos o por separado se convirtió en una cuestión ética y, al menos en ese aspecto, ahora es evidente la decisión que tomé. -Los candidatos continuaron en silencio-. Solo quiero pedirles una cosa, que la información que estoy a punto de darles deberá seguir siendo un secreto, a menos que ustedes dos, repito, ustedes dos, estén dispuestos, incluso decididos, a que se haga pública.

– No tengo ninguna objeción al respecto -manifestó Fletcher, y miró a Nat.

– Yo tampoco. Después de todo, estoy en presencia de mi abogado.

– ¿Incluso si pudiese influir en el resultado de las elecciones? -añadió el médico, sin hacer caso del comentario jocoso de Nat. Ambos hombres titubearon por un momento, para luego asentir de nuevo-. Quiero dejarles bien claro que la información que voy a revelarles no es una suposición o ni siquiera una posibilidad; es un hecho cierto que no admite dudas.

Renwick abrió el historial y echó una ojeada a una partida de nacimiento y a un certificado de defunción.

– Senador Davenport y señor Cartwright -prosiguió como si hablara con dos personas a las que acabara de conocer-, debo informarles de que, después de realizar todas las verificaciones pertinentes de sus muestras de ADN, no hay ninguna duda sobre las pruebas científicas de que ustedes no solo son hermanos -se calló unos instantes para mirar de nuevo la partida de nacimiento-, sino mellizos dicigóticos.

El doctor Renwick guardó silencio para que el significado de su anuncio calara en los dos hombres.

Nat recordó los días cuando todavía necesitaba ir corriendo a buscar un diccionario para saber el significado de una palabra. Fletcher fue el primero en romper el silencio.

– O sea, que no somos idénticos.

– Exactamente -asintió el doctor Renwick-. La idea de que los mellizos deben parecerse por fuerza no es más que un mito, alimentado principalmente por los novelistas románticos.

– Aun así, eso no explica… -comenzó a decir Nat.

– En el caso de que deseen saber las respuestas a cualquier otra pregunta al respecto -le interrumpió el médico-, incluyendo quiénes son sus padres naturales, y cómo acabaron ustedes separados, no tengo ningún inconveniente en que lean este historial. -El doctor Renwick apoyó la mano en el historial abierto que tenía delante.

Ninguno de los dos hombres respondió inmediatamente. Fletcher habló primero.

– No necesito leer ni una sola página del historial.

Esta vez le tocó al doctor Renwick mostrarse sorprendido.

– No hay nada que no sepa de Nat Cartwright -explicó Fletcher-, incluidos los detalles de la trágica muerte de su hermano.

– Mi madre todavía tiene una foto de nosotros dos junto a su cama -añadió Nat- y a menudo habla de mi hermano Peter y de lo que hubiese podido llegar a ser. -Se calló un momento y miró a Fletcher-. Se sentiría orgullosa del hombre que salvó a su hermano de acabar en la silla eléctrica. En cualquier caso, sí que tengo una pregunta. -Miró al doctor Renwick-. Quiero saber si la señora Davenport está enterada de que Fletcher no es su hijo.

– No, que yo sepa -contestó el cirujano.

– ¿Cómo puede estar seguro? -quiso saber Fletcher.

– Porque entre las muchas cosas que encontré en este historial había una carta del médico que los trajo al mundo. Dejó indicado que solo se debía abrir en el caso de que surgiera alguna disputa referente al nacimiento de ustedes que pudiese perjudicar la reputación del hospital. La carta manifiesta que solo había otra persona que conocía la verdad, aparte del doctor Greenwood.

– ¿De quién se trata? -preguntaron Nat y Fletcher al mismo tiempo.

El doctor Renwick hizo una pausa mientras pasaba otra hoja del historial.

– La señorita Heather Nichol, pero como ella y el doctor Greenwood ya han fallecido, no hay manera de confirmarlo.

– Ella fue mi niñera -declaró Fletcher-; por lo que recuerdo, hubiese sido capaz de hacer cualquier cosa por complacer a mi madre. -Miró a Nat-. En cualquier caso, preferiría que mis padres nunca descubriesen la verdad.

– Estoy absolutamente de acuerdo -afirmó Nat-. ¿De qué serviría que nuestros padres pasaran por semejante trance? Si la señora Davenport se enterara de que Fletcher no es su hijo y mi madre supiera que Peter no murió, y que la privaron de la oportunidad de criar a sus dos hijos, la angustia y el desconsuelo que padecerían las dos es algo que hay que evitar como sea.

– Lo mismo digo -señaló Fletcher-. Mis padres tienen casi ochenta años. ¿Para qué resucitar los fantasmas del pasado? -Guardó silencio un momento-. De todos modos, debo confesar que no puedo remediar pensar en cuán diferentes hubiesen sido nuestras vidas, si yo hubiese acabado en tu cuna y tú en la mía. -Era la primera vez que tuteaba a Nat.

– Nunca lo sabremos -respondió Nat-. Así y todo, hay una cosa que está muy clara.

– ¿A qué te refieres?

– A que yo seré el próximo gobernador de Connecticut.

– ¿Qué te lleva a creer tal cosa? -replicó Fletcher.

– Te llevo ventaja y nunca la he perdido. Tienes que saber que nací seis minutos antes que tú.

– Una desventaja muy pequeña que eliminé rápidamente.

– Muchachos, muchachos, ya basta -les advirtió Ben Renwick por segunda vez. Los dos hombres se echaron a reír mientras el médico cerraba el historial-. ¿Estamos de acuerdo en que cualquier prueba que demuestre su parentesco será destruida y no se volverá a mencionar nunca más?

– De acuerdo -manifestó Fletcher, sin titubear.

– No se volverá a mencionar nunca más -prometió Nat.

Los dos hermanos miraron cómo el doctor Renwick abría el historial, cogía primero la partida de nacimiento y la metía en la trituradora de documentos. Ninguno de los dos dijo ni una palabra mientras veían cómo desaparecían las pruebas. A la partida de nacimiento le siguió la carta de tres páginas que llevaba la firma del doctor Greenwood y estaba fechada el 11 de mayo de 1949. Luego siguieron diversos documentos internos del hospital, todos correspondientes a 1949. El doctor Renwick continuó con la tarea hasta que solo quedó la carpeta vacía con los nombres de Nathaniel y Peter Cartwright en la carátula. La rompió en cuatro trozos antes de entregar la última prueba a las cuchillas de la trituradora.

Fletcher se levantó con alguna dificultad y se volvió para estrechar la mano de su hermano.

– Te veré en la mansión del gobernador.

– Desde luego que sí -replicó Nat al tiempo que lo abrazaba-. Lo primero que haré será mandar que instalen una rampa para que puedas subir con tu silla de ruedas y no tener excusas para no venir a verme.

– Lo que tú digas. -Fletcher le estrechó la mano al doctor Renwick-. Me marcho. Tengo que ganar unas elecciones. -Cojeó hasta la puerta, dispuesto a adelantarse a Nat, pero su hermano le pasó por delante y le abrió la puerta.

– Me enseñaron que debía abrirles las puertas a las mujeres, las personas mayores y a los minusválidos -le explicó Nat.

– Puedes añadir a los futuros gobernadores a tu lista -afirmó Fletcher, mientras salía.

– ¿Has leído mi proyecto de ayuda a los discapacitados físicos? -le preguntó Nat.

– No -contestó Fletcher-. Nunca he perdido el tiempo con ideas inútiles que jamás llegarán a convertirse en ley.

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