Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Sila ya estaba sentado en su estrado del honor cuando llegaron los primos, y se hallaban ya casi todos los asientos ocupados. Se veía en la palestra, cubierta de serrín, a las diez parejas de gladiadores que hacían ejercicios y calentaban sus músculos aguardando a que los hermanos diesen la señal de empezar una vez hechas las plegarias y realizados los sacrificios por el difunto. En asuntos sociales como aquél era muy conveniente tener amigos de alcurnia, y sobre todo una tía ex vestal e hija de Metelo Baleárico, porque, sentada con su hermano Metelo Nepote, su esposa Licinia y el primo de ambos, Metelo Pío (que aquel año era cónsul y personaje de gran influencia), era la antigua vestal Cecilia Metela Baleárica quien reservaba dos asientos que nadie osaba ocupar.
Para llegar a ellos, Mesala el Negro y Valeria Mesala hubieron de abrirse paso entre los que ya estaban sentados en la segunda fila, detrás del dictador, quien, como todos podían ver, se encontraba sereno y con buen aspecto, quizá porque el tacto y la habilidad de Cicerón le habían permitido descargarse bastante su mala conciencia por las proscripciones, y deshacerse de un problema arrojando a Crisógono desde la roca Tarpeya. En el Foro no cabía un alfiler; la plebe, encaramada en tejados y escalinatas, y los pudientes, acomodados en un graderío de madera al lado de la palestra de unos cuarenta pies de lado.
Los retrasados, como era habitual en Roma, tuvieron que sufrir toda clase de improperios al pasar molestando a los que ya estaban sentados; aunque a Mesala le importaba un bledo, la pobre Valeria no pudo por menos de avanzar musitando excusas. Luego, tuvo que pasar justo detrás del dictador, y, por temor a empujarle, clavó los ojos en su nuca y su espalda. Llevaba la ridícula peluca, por supuesto, y una toga praetexta bordada en púrpura, y sus veinticuatro lictores estaban agachados delante, a sus pies. Al pasar, Valeria vio una borla de lana púrpura enganchada en los pliegues del hombro izquierdo de la toga blanca de Sila, y, sin pararse a pensar, la cogió.
Sila jamás mostraba el menor indicio de temor en medio de la multitud, y siempre parecía inmune al peligro; pero al notar el suave contacto, se encogió, saltó del asiento y se volvió tan velozmente que Valeria retrocedió, pisando a alguien los pies. El dictador, borrado ya todo indicio de terror en sus ojos, vio a una mujer muy asustada, pelirroja y de ojos azules, joven y muy hermosa.
– Perdona, Lucio Cornelio -atinó a decir Valeria, humedeciéndose los labios y pensando en alguna explicación. Y para quitar hierro, le mostró la borla en su mano-. Es que la tenías en el hombro y pensé que cogiéndola podría tener algo de tu suerte. -Los ojos se le llenaron de lágrimas, que contuvo resueltamente con un mohín-. ¡Necesito suerte!
Sonriéndole sin abrir los labios, Sila cogió aquella mano que le tendía la borla y la cerró.
– Quédatela, y que te traiga suerte -dijo, y volvió a sentarse.
Pero durante todo el espectáculo de los gladiadores no dejó de volverse hacia el sitio que ocupaba Valeria con Mesala, Metelo Pío y los demás; y ella, consciente de sus miradas, le sonreía nerviosa, ruborizándose y apartando la vista.
– ¿Quién era ésa? -preguntó al Meneitos, cuando, una vez acabado el espectáculo, la multitud se dispersaba poco a poco.
Desde luego que todo el grupo había advertido su interés (junto con otra mucha gente), y Metelo Pío no se hizo de nuevas.
– Valeria Mesala -dijo-. Es prima del Negro y hermana de Rufo, que estará regresando del asedio a Mitilene.
– ¡Ah! -exclamó Sila asintiendo con la cabeza-. Tan bien nacida como hermosa. Y acaba de divorciarse, ¿verdad?
– Ha sido una sorpresa para todos. Por cierto que está muy afectada.
– ¿Es estéril? -preguntó, él que se había divorciado de una alegando lo mismo.
– Lo dudo, Lucio Cornelio -replicó el Meneítos torciendo el gesto-. Será más bien falta de uso.
– Hummm -musitó Sila pensativo-. Que venga mañana a cenar -añadió de pronto-. Y que la acompañen el Negro y Metelo Nepote, y tú también, claro. Pero no las otras mujeres.
Y así, cuando el joven tribuno militar Marco Valerio Mesala Rufo llegó a Roma, se encontró con que el dictador le reclamaba a su presencia sin contemplaciones. Estaba enamorado de su hermana y quería casarse con ella.
– ¿Qué podía decir? -manifestó Rufo a su primo Mesala.
– Espero que dijeras estar muy complacido -replicó el Negro, lacónico.
– Es lo que he dicho.
– ¡Estupendo!
– Pero, ¿qué dirá la pobre Valeria? ¡Es tan viejo y tan feo! No he tenido ni tiempo de decírselo.
– Se pondrá contenta, Rufo. Sí, él tiene un aspecto deplorable, pero es como si fuese el rey de Roma… ¡y es más rico que Creso! Por lo menos para ella será como el bálsamo por ese injusto divorcio -añadió el Negro, convencido-. ¡Y figúrate las ventajas que a nosotros nos da ese matrimonio! Creo que a mí piensa nombrarme pontífice y a ti augur. Tú calla la boca y da gracias.
Rufo siguió el prudente consejo de su primo, una vez que supo que su hermana encontraba a Sila atractivo y deseable, y que consentía en casarse.
Pompeyo, que acudió invitado al enlace, halló un momento para hablar a solas con el dictador.
– Ni la mitad de tu suerte -dijo el joven, cariacontecido.
– Cierto; no has tenido mucha suerte con tus matrimonios -replicó Sila, que estaba realmente disfrutando de la fiesta y se sentía bien predispuesto hacia la gente.
– Valeria es una mujer muy hermosa -insistió Pompeyo.
– ¿Te sientes frustrado, Pompeyo? -inquirió Sila con ojos risueños.
– ¡Por los dioses que si!
– Roma está repleta de mujeres nobles hermosas. ¿Por qué no te buscas una y le pides la mano a su tata?
– A mí esos asuntos no se me dan bien.
– ¡Bobadas! Eres joven… rico… guapo y… famoso -contestó Sila con su habitual modo de enumerar las cosas-. ¡Pide, Magnus, pide a alguna! No habrá muchos padres que te la nieguen.
– A mí esos asuntos no se me dan bien -repitió Pompeyo.
Los ojos risueños escrutaron al joven. Sila sabía perfectamente por qué Pompeyo no se decidía: temía que le rechazaran por no estar su alcurnia a la altura de la pretendida; su ambición buscaba lo mejor, y su propio engreimiento no le permitía otra cosa, pero siempre se interponía aquella nimia duda de si Pompeyo de Piceno no iba a verse subestimado. En suma: Pompeyo quería que fuese un padre quien le propusiera el matrimonio, y no se lo proponía nadie.
Y en la mente de Sila se abrió paso una idea parecida a la que le había impulsado a nombrar pontífice máximo de Roma a un tartamudo.
– ¿Te importaría que fuese viuda? -inquirió, otra vez con ojos de picardía.
– No, con tal que no sea vieja como la República.
– Creo que tiene veinticinco años.
– No está mal; mi misma edad.
– No tiene dote.
– Me importa más su alcurnia que su fortuna.
– Su alcurnia -dijo Sila en tono alegre- es espléndida por ambos lados. ¡Plebeya, pero espléndida!
– ¿Quién es? -preguntó Pompeyo, inclinándose hacia él-. ¿Quién es?
Sila se levantó de la camilla y se le quedó mirando un poco achispado.
– Espera a que haya transcurrido la luna de miel, Magnus. Luego vuelve y te lo diré.
Para Cayo Julio César el regreso había sido una especie de triunfo que le hizo pensar que tal vez lo que viniera después no sería igual. No sólo estaba libre, sino que se había quitado una espina: había ganado una importante corona.
Sila había mandado llamarle inmediatamente, y César había encontrado al dictador de muy buen humor. La entrevista había tenido lugar antes de la boda, de la que ya todo Roma hablaba oficiosamente; por eso César ni la mencionó.