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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Bueno, muchacho, veo que has sido el no va mas.

¿Qué decir? No estaba dispuesto a mostrarse con la misma ingenuidad que ante Lúculo.

– No lo creo, Lucio Cornelio; me esforcé, pero puedo hacer cosas mejores.

– No lo dudo; no hay más que verte -replicó Sila, dirigiéndole una mirada guasona-. Me han dicho que conseguiste reunir en Bitinia una flota de lo mejor.

César enrojeció sin poder evitarlo.

– Hice exactamente lo que me ordenaron -contestó apretando los dientes.

– ¿Estás resentido, no?

– La acusación de que me prostituí por ello es injustificada.

– Voy a decirte una cosa, César -dijo el dictador, cuyo rostro arrugado y fofo parecía algo más fresco que cuando él le había visto poco más de un año atrás-. Los dos hemos sido víctimas de Cayo Mario, pero tú al menos te ves libre de él a… ¿qué edad? ¿Veinte años?

– Exacto -contestó César.

– Yo tuve que sufrirle hasta después de los cincuenta; así que puedes considerarte afortunado. Y, por si te sirve de consuelo, a mí me importa un bledo con quién se acuesta un hombre si sirve bien a Roma.

– ¡No, no es ningún consuelo! -exclamó César-. Ni por Roma, ni por ti, ni por Cayo Mario vendería mi honor.

– Ni por Roma, ¿eh?

– Roma no debería exigírmelo si ha de ser la Roma que yo creo.

– Sí, buena contestación -dijo Sila, asintiendo con la cabeza-. Lástima que no siempre sean así las cosas. Roma, como podrás comprobar, es tan puta como cualquiera. Tú no has tenido una vida fácil, aunque no ha sido tan dura como la mía. Pero eres como yo, César; lo noto. Y tu madre también. Te ha caído ese borrón y tendrás que acostumbrarte a él. Cuanto más famoso seas, cuanto más dignitas tengas, más se correrá la voz. Del mismo modo que se dice que yo asesiné a mujeres para entrar en el Senado. La diferencia entre nosotros dos no está en la naturaleza sino en la ambición. Yo quería ser cónsul y quizá censor; lo que me correspondía. Lo demás me vino impuesto, por Cayo Mario en su mayor parte.

– Yo no ambiciono más -dijo César, sorprendido de sí mismo.

– No te llames a engaño. No me refiero a cargos, sino a la ambición. Tú, César, quieres ser perfecto. No es la injusticia de la mancha lo que te preocupa, lo que te amarga es que te aparta de la perfección. Honor intachable, carrera perfecta, hoja de servicios perfecta, reputación perfecta. Todo in suo anno en todo momento. Y como te obligas a ser perfecto, exigirás que lo sean todos los que te rodeen, y cuando veas que no lo son los desecharás. La perfección te reconcome del mismo modo que a mí obtener lo que me correspondía por derecho de cuna.

– ¡Yo no me considero perfecto!

– No he dicho eso. ¡Escucha! Digo que quieres ser perfecto. Escrupuloso con precisión matemática. Y no cambiarás. Pero cuando te veas obligado harás lo que sea. Y cada vez que falte perfección en tus actos, los detestarás y… te detestarás a ti mismo -dijo Sila alzando en el aire una hoja de papel-. Mañana mandaré que claven este decreto en los rostra. Has ganado la corona cívica, y, con arreglo a mis leyes, eso te da derecho a un asiento en el Senado, un sitio especial en el teatro y en el circo, y una ovación en pie cada vez que co''mparezcas luciendo la corona cívica. Tienes obligación de llevarla cu~do acudas al Seriado, al teatro y ‹al circo. La próxima reunión del Senado es dentro de quince días. Espero verte en la Curia Hostilia.

Y así concluyó la entrevista. Pero cuando César llegó a casa se encontró con un premio mejor de Sila: un caballo joven castaño con una nota colgada en las crines.

«No hace falta que sigas montando en mula, César. Tienes permiso mío para montar ese corcel. De todos modos, no es perfecto. Mira sus patas.»

César miró y soltó la carcajada. En lugar de cascos redondos, el animal los tenía partidos como pezuñas de vaca.

– Más vale que se los cortes -dijo Lucio Decumio, meneando la cabeza, sin verle la gracia-. No quiero ver muchos como él.

– No, hombre, al contrario -replicó César, enjugándose las lágrimas-. No podré montarlo mucho porque no se le puede calzar, pero el Pezuñas me llevará a todas las batallas, y cuando no haga eso, se dedicará a montar mis yeguas en Bovillae. ¡Lucio Decumio, me traerá suerte! Tendré siempre caballos así y no perderé ninguna batalla.

Su madre vio inmediatamente cuánto había cambiado, y se entristeció sin saber por qué. ¡Con lo bien que le habían ido las cosas! Había regresado con una corona civica y había figurado muy honrosamente en los partes de guerra. Incluso le había comunicado que no había vaciado la bolsa tanto como se temía; el rey Nicomedes le había dado oro, y su parte en el botín de Mitilene había sido mayor debido a la corona cívica.

– No lo entiendo -dijo Cayo Matius, sentado en el jardín del patio de luces con las rodillas entre los brazos, mirando a César, que estaba sentado del mismo modo en el suelo-. Dices que tu honor ha quedado en entredicho y aceptas una bolsa de oro de ese viejo rey. ¿No crees que está mal?

A otro no le hubiera tolerado hacer semejante pregunta, pero él y Cayo Matius eran amigos desde niños.

César le miró entristecido.

– Si la acusación la hubieran hecho antes de tener el oro, sí – contestó-. Pero el pobre anciano me entregó ese oro como obsequio a un huésped. Exactamente lo que un rey vasallo debe dar al representante oficial de Roma. Del mismo modo que paga tributo, lo que ofrezca al enviado de Roma es libre y claro -añadió, encogiéndose de hombros-. Lo acepté agradecido, Pustula; la vida de campaña es cara. No es que yo sea de gustos excesivos, pero hay que contribuir a los gastos comunes, a los banquetes y festines especiales, y a los lujos que piden los demás. Los vinos tienen que ser de los mejores, la comida de lo más absurdo, y de nada sirve que yo sea parco en comer y beber. Por eso el oro tenía tanta importancia para mí. Después de que Lúculo dijera eso pensé en devolverlo, pero me di cuenta de que si lo hacía ofendería al rey. No podía explicarle lo que habían dicho Lúculo y Bíbulo.

– Sí, te entiendo -dijo Cayo Matius con un suspiro-. Mira, Pavo, me alegra mucho no tener que ser senador o magistrado. ¡ Es mucho mejor ser un caballero ordinario de los tribuni aerarii!

Pero a César eso no le entraba en la cabeza y no hizo comentarios, sino que volvió al tema de Nicomedes.

– Me he comprometido a volver -dijo-, y eso atizará los rumores. Cuando era flamen dialis pensaba que a nadie le interesaban las andanzas de los tribunos militares jóvenes, pero se ve que no es así. ¡Todo son chismorreos! Sólo los dioses saben a cuántos no habrá contado Bíbulo esa historia con Nicomedes. Y me imagino que Lúculo también la habrá difundido; igual que los Léntulos. Desde luego, Sila estaba al corriente.

– Él te ha favorecido -comentó Matius pensativo.

– Sí; pero no me imagino por qué.

– ¡Pues si tú no lo sabes, figúrate yo…! -exclamó Matius. Jardinero empedernido, acababa de ver dos hojitas de un hierbajo germinado y se apresuró a arrancarlas-. En fin, César, yo creo que lograrás borrar esa historia. Ya verás como se olvida con el tiempo.

– Sila dice que no se borrará.

Matius lanzó un bufido.

– ¿Por qué no se han borrado las que cuentan de él? ¡Vamos, César! Él es un mal bicho, pero tú no.

– Yo soy capaz de asesinar, Pústula. Todos los hombres son capaces.

– No he dicho que no lo fueras, Pavo. La diferencia es que Sila es mala persona y tú no.

Y a Cayo Matius nadie le hacía cambiar de idea.

Llegó la fecha de la boda de Sila, y, una vez celebrada, los recién casados dejaron Roma para pasar unos días en la villa de Misenum. Pero el dictador volvió para la reunión del Senado a la que había convocado a César. Ahora, con sus veinte años, era uno de los nuevos senadores de Sila. ¡Senador por segunda vez a los veinte años!

Habría debido ser el día más maravilloso de su vida: entrar en aquella cámara llena con la corona de roble y que todos en pie -incluidos consulares como Flaco, príncipe del Senado, y Marco Perpena – aplaudieran con todas sus ganas en la única ocasión en que se podía infringir las rigurosas leyes del dictador sobre el comportamiento en la Curia Hostilia.

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