Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
Anna sonríe.
– Sí, vale, tengo la nevera vacía… ¡Me has salvado la vida!
Un poco más tarde, en casa de Enrico. Anna está en la cocina metiendo los platos en el lavavajillas. Enrico está acabando de quitar la mesa. Ingrid se ha quedado dormida en el sofá. Suena el teléfono. Enrico responde.
– ¿Hola?
– Dígame… -Enrico se queda petrificado. Ha reconocido de inmediato la voz. Al fondo se oyen unas conversaciones. Parece un restaurante-. Camilla…
– Sí. ¿Cómo va todo? ¿Cómo está la niña?
– Bien, está con la canguro. ¿Cuándo vas a venir a verla?
– La semana que viene… Oye, ¿no te olvidas de algo?
Enrico frunce el ceño. No entiende. Repasa rápidamente sus diferentes compromisos pero no se le ocurre nada.
– No, no creo. ¿Te refieres a Ingrid?
– No, a mí. Ayer era mi cumpleaños.
– ¿Y qué?
– Pues que no me dijiste nada…, no me felicitaste…
Enrico se queda pasmado. No es posible. Llama cuando le parece y ahora me reprocha que me haya olvidado de su cumpleaños. Hay personas que no saben lo que es el respeto por los demás, que no son conscientes de sus actos, que no tienen en cuenta lo que le han hecho a la persona que aseguraban amar.
– No creo que hubiese nada que celebrar, la verdad, Camilla…, y se me fue el santo al cielo. Es más, te diré una cosa: el hecho de que lo olvidara me produce una extraña felicidad.
Cuelga sin darle tiempo a contestar.
Enrico sigue asombrado cuando entra de nuevo en la cocina.
– ¿Qué te pasa, Enrico? ¿Qué ha ocurrido? -Anna se percata de su extraña expresión.
– Nada… Un problema absurdo que no se puede resolver… -y se pone de nuevo a recoger la cocina.
Anna prefiere no insistir, se da cuenta de que no es el momento. Enrico mete la botella de agua en la nevera y la mira.
– Oye, Anna, ¿cuándo es tu cumpleaños?
Ella se vuelve un poco sorprendida.
– Pues es el mismo día que nos encontramos en el rellano por primera vez…, hace ya algún tiempo.
Enrico hace un cálculo rápido. Menos mal, no es del mismo signo que Camilla.
– No te he contado cuál fue el regalo más bonito que recibí ese día… Me lo hizo Ingrid…, nada más acabar la entrevista contigo, cuando la cogí en brazos…
– ¿Cuál fue?
– Una sonrisa preciosa… Parecía que supiera lo que celebraba.
Enrico sonríe. El año que viene lo recordaré y, sobre todo, espero poder desearte muchas felicidades.
Ciento veinticinco
En otro lugar, la fiesta continúa. Los jóvenes bailan en grupos, ríen y beben. La música sale de la mesa de mezclas y los altavoces del disc-jockey en un crossover que va desde los años setenta hasta los éxitos más recientes. Niki ha invitado también a las Olas. Olly se está desahogando como una loca, salta con todas las canciones. Erica bebe un poco de bíter y balancea su copa siguiendo el ritmo. Filippo se acerca a Diletta con un vaso de zumo de piña.
– ¡Ten, cariño, está fresco!
Diletta lo coge y empieza a beber.
– ¡Mmm, está delicioso!
– ¡Nooo! Escucha ésta, qué guay…
Filippo se pone a bailar. Poco a poco, acaba en medio del pasillo que hace las veces de pista de baile. Encuentra a Olly y a Niki y se une a ellas.
– ¡Hola!
– Hola, ¿cómo va?
Siguen bailando y gritando para poder oírse a pesar de la música.
– ¡Todo bien! ¿Habéis visto qué guapa está mi Diletta? -Se vuelve hacia ella y la saluda con la mano. Diletta le devuelve el saludo alzando su vaso de zumo de fruta.
– ¡Claro, Diletta siempre está guapa! -corrobora Olly-. Sólo me parece algo más rellenita, ¿verdad?
– Sí, ligeramente… -responde Niki-. ¡Pero está muy bien! ¡Hasta diría que parece mayor!
Esas palabras impresionan a Filippo como si un rayo hubiese desgarrado el cielo nocturno.
– ¡Yo también lo creo! A mí me gusta mucho más así…, más blandita… ¡en todos los sentidos!
Vuelve a mirarla mientras la música sigue sonando y por primera vez nota algo diferente, una sensación inusual en su interior. Mientras baila no deja de pensar en esa nueva Diletta, tan diferente, tan dulce y tan madura. Recuerda el valor que demostró los primeros días en la consulta de la doctora Rossi, cómo fue ella la que lo sostuvo y la que trató de hacerlo todo más sencillo pese a que ella estaba también muy asustada. Vuelve a verse confuso, enfadado y desconcertado en casa, en la facultad, con sus amigos y con ella. Como si estuviese esperando algo sin saber a ciencia cierta qué. Como si alguien pudiera elegir por él. Y esa noche, cuando hablaron hasta muy tarde sobre la posibilidad de abortar, de lo que eso significaría para ella, para los dos, intentando imaginarlo todo después de haber ido juntos al consultorio. Esas palabras, las suposiciones, todo a cámara lenta. Y él, que trató por todos los medios de negar la evidencia y rechazó de plano esa nueva realidad. Pero Diletta no perdió ni por un momento la calma, demostró ser más valiente que él, capaz de transmitirle una energía enorme. La vuelve a mirar. Le sonríe. Diletta le devuelve la sonrisa y percibe algo diferente en los ojos de él.
Ciento veintiséis
Llueve con insistencia desde hace una hora. Susanna sale a la calle y lo ve.
– ¡Eh! ¿Qué haces aquí fuera?
Davide se da media vuelta.
– Eh, el Smart… -señala el coche-. No me arranca. Seguro que es un problema eléctrico del encendido, pero no sé cómo voy a volver a casa. ¡Y por si fuera poco, llueve! Aunque tarde o temprano parará, ¿no? No puede…
– … llover eternamente. La película…
– Muy bien, veo que la recuerdas.
– Sí, y también recuerdo que te debo un favor, así que…
Davide la mira con aire inquisitivo.
– ¡Sí, así estaremos en paz, tú me llevaste la otra vez!
– Ah, está bien, gracias, acepto encantado.
Durante el viaje no dejan de reírse y de bromear. Susanna pone un CD de Paolo Conte.
– Caray, vaya un gusto refinado… -Davide la mira-. Aunque en el fondo me lo imaginaba…
– ¿Por qué?
– Porque eres una mujer fascinante -le dice con alegría, si bien con aire distraído.
Pero ¿por qué hace eso? Nunca se sabe lo que está pensando… ¿Le gusto? ¿O me está tomando el pelo sin más? Aunque, de hecho, ¿qué más me da? Susanna sigue conduciendo.
– ¿Dónde vives?
– Sigue recto por aquí; ya casi hemos llegado. -Pasados unos minutos, Davide le indica que doble a la derecha en una pequeña plaza-. Busca un sitio para aparcar, a esta hora quizá lo encontremos.
Susanna hace como si nada, pero mientras da un par de vueltas a la manzana buscando aparcamiento se pregunta qué está pasando. Me ha dicho que aparque el coche y yo lo estoy haciendo. ¿Eso significa que acepto quedarme con él? ¿Que él lo ha dado por supuesto? Pero ¿qué me pasa? No he dicho nada.
– Ahí, ahí tienes un sitio… Cabe. -Davide señala hacia adelante. Susanna le obedece y aparca.
Él se apea del coche y coge las bolsas de los dos. Susanna baja a su vez.
– Vivo ahí, en ese edificio amarillo, en el tercer piso. Y vivo solo… -También esa frase la suelta así, como quien no quiere la cosa.
– Ah, bien.
¿Bien? Pero ¿qué estoy diciendo?
– ¿Puedo ofrecerte un té para darte las gracias? -Davide no le da tiempo a pensar ni a responder. Le sonríe y echa a andar delante de ella.
Una vez más, Susanna no se opone, le devuelve la sonrisa y lo sigue. Después reflexiona. Es demasiado tarde para un té. Me desvelará. Aunque subo de buena gana. Sonríe serena y, de repente, vuelve a ser dueña de sus decisiones.
Ciento veintisiete
La música enloquece. Diletta, Erica, Olly y Niki bailan juntas, cada una a su manera, con el deseo y la necesidad de desahogarse. Con las manos en alto y la melena al viento. «Baila para mí, baila, baila toda la noche, eres bella…» Nunca una canción fue más adecuada para una noche de sana euforia en la que todos tienen ganas de gritar, de cantarse a la cara. «No te detengas, baila hasta que se acaben las estrellas, hasta que el alba disuelva el ocaso, ¡yo no completo mi canto y te canto!» Riendo, bromeando, empujándose al ritmo de la música, golpeándose, locos de simpatía, de amor por la vida, de fuerza y de fragilidad, de entusiasmo y de deseos, de anhelos ocultos, de sentimientos palpables, de profunda amistad, de valor fingido y de miedo atroz. Y siguen así, bajo las miradas de todos, jóvenes y alegres de nuevo, amigas hasta el final. Al fondo, algunos profesores intentan recuperar la juventud perdida. Unos grupos de jóvenes toman bebidas de colores. Un disc-jockey escucha con los auriculares el próximo disco para enlazar a la perfección un tema con el siguiente.