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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Descuida, no me lo perderé…

– Ya está casi listo… Pero ponte cómoda, yo te lo traeré.

Desaparece de nuevo y vuelve pasados unos segundos con una

pequeña bandeja, dos tacitas de colores y dos cuencos de azúcar: moreno y refinado. Lo coloca todo sobre la mesita que está delante del sofá donde Susanna acaba de sentarse. Toma asiento a su lado.

– Sírvete…

Ella coge la cucharilla, elige el azúcar moreno y se lo echa en el café. Lo remueve y después da un sorbo.

– Mmm…, ¡pero si está fortísimo!

– Eh…, es café de cebada con una gota de Baileys, ¡café à la kick! Fuerte como un puñetazo… ¡en el ojo de un marido! -Sonríe y da un sorbo-. Vamos, Susanna, nunca he tenido ocasión de hablar contigo, pero hace tiempo que te observo y que pienso en ti. Eres una mujer preciosa, alegre y resuelta. Una madre que nunca se rinde, una mujer que puede dar y que da mucho. Confía y lánzate de nuevo a la vida, hay un sinfín de cosas que puedes descubrir y apreciar… Te lo mereces. Sé que te lo mereces.

Davide deja la taza ya vacía sobre la bandeja. Coge la que Susanna tiene entre las manos. Acto seguido la mira. Ella le sonríe y desvía la mirada. Davide le coge la barbilla y la atrae hacia sí. Y un beso lento, cálido, tierno y a continuación más intenso la subyuga. No sabe qué pensar. Se niega a seguir pensando. En lugar de eso se abandona a ese abrazo que la envuelve, el sofá es cómodo y cada vez están más juntos. Pasa el tiempo. No sabe cuánto. Indefinido. No sabría decir si poco o mucho. Susanna sólo sabe que es feliz. Por unos momentos se olvida de todo. Se siente ligera. Ella misma.

Davide la abraza con fuerza y ella se tapa con la manta amarilla de pelo que hasta hace unos momentos estaba bien doblada sobre el brazo del sofá.

– ¿Sabes? La otra vez, cuando me acompañaste a casa…

– Eh…

– Pensaba que intentarías algo, y al ver que no lo hiciste me pregunté si no serías homosexual.

– Pues sí que… Si no lo intentamos, somos homosexuales, y si lo hacemos somos unos cerdos… En fin, que nunca vamos bien…

– No, no, tú vas muy bien, ya lo creo que vas bien… -Susanna lo abraza con más fuerza y a continuación sonríe serena sin pensar en nada.

Ciento veintinueve

Una canción se difunde lentamente por el coche. Lovelight. Es la música perfecta. Niki sigue sonriendo con los ojos cerrados. ¿Qué dice esa canción? Ah, sí… «¿Qué se supone que debo hacer para no hundirme más? Estás cavando agujeros en mi corazón y, sí, éste empieza a mostrar…» Qué cómico. No lo había pensado. Nota que aceleran y al cabo de un rato se encuentran en la campiña del Lacio, en la via Aurelia, rumbo a Civitavecchia. Rumbo al mar. El verde de los árboles cambia para dejar paso a los campos de trigo, a los colores más claros, a las retamas todavía ocultas. Las plantas van cambiando, los jóvenes olivos que hay junto a los márgenes del camino se inclinan en unos saludos nocturnos, doblados por la fresca brisa marina, sus mil hojas plateadas brillan besadas por los reflejos de la luna. El coche familiar con las tablas de surf en lo alto reduce la marcha y abandona la Aurelia. Enfila un camino de tierra, trota, rebota en las piedras redondas, entre las copas polvorientas de los árboles, que, ligeras, lo acarician a su paso, y un dulce raspar lo acompaña durante cierto tiempo hasta que el vehículo llega a la playa, luego lo abandona. Éste sigue su viaje, ahora más silencioso. Poco después el mar se abre ante sus ojos. El gran reto. El mar y su fuerza. El mar y su poderosa respiración. El mar y su rabia divertida. Unas olas grandes rompen en la orilla. Restallan espumeando encolerizadas, corren hasta la orilla y rompen contra los pequeños escollos que delimitan la playa. Varios coches con los faros encendidos en dirección al mar tiñen de luz esas olas. Unos surfistas temerarios aparecen y desaparecen deslizándose por las crestas, descendiendo como unos impávidos esquiadores marinos. «¡Yujuuu!». Los gritos llegan hasta tierra, mientras que en la playa las hogueras encendidas con ramas de pino y algún que otro viejo madero procedente de una barca que se hundió vete tú a saber dónde chisporrotean calentando a los surfistas que acaban de salir del agua y que cuentan exaltados las gestas que acaban de realizar en la oscuridad de la noche.

– ¿Estás lista? -Guido le sonríe mientras se apea del coche.

– Para esto, siempre.

Niki baja también y lo ayuda a cargar las tablas. Poco después las coloca en el suelo, se mete de nuevo en el coche y empieza a desnudarse. Al darse cuenta de que él está cerca, se detiene.

– Eh…, ¿podrías dejarme un rato sola?

Guido se vuelve.

– Claro.

Niki apaga la luz del interior del coche. Luego escruta lentamente alrededor. No hay nadie, está a oscuras. Sigue desnudándose y luego se pone el traje de surf. Le queda perfecto. Se apea del coche, dobla la camisa, el suéter y los pantalones y los deja en el asiento trasero.

– ¿Guido?

Unos segundos después, él se encuentra delante de ella.

– Ya está, ¿todo bien?

– Sí. -Guido se ha cambiado también. Deja su ropa junto a la de Niki, cierra el coche y esconde las llaves sobre la rueda delantera-. Las dejo aquí, ¿eh?, para cualquier cosa…

– Chsss. ¿Y si te oyen? -pregunta Niki.

Él se encoge de hombros.

– ¿Y qué? No hay nada que robar. -Le indica el mar con un gesto de la mano-. ¿Vamos?

– Sí.

Cogen las tablas, se las colocan bajo el brazo y se dirigen hacia el agua. Niki recuerda de repente que no le ha dicho nada a Olly, a Erica y a Diletta. Quizá me estén buscando, se preocuparán… Mis padres. Tengo que avisar a mis padres. Pero de inmediato piensa. ¿Cuánto tiempo hace que me preocupo por todo? Demasiado. Ahora es de noche y todo es precioso. Poco a poco, Niki hace a un lado sus preocupaciones y a cada paso que da se siente más y más tranquila. La arena está fría. Pasan junto a una hoguera, alrededor hay unos jóvenes que están cocinando algo.

– Eh, Guido, te guardo dos… Cuando hayáis acabado venid a calentaros un poco, ¿vale?

– ¡Por supuesto, gracias, Cla'! -Luego se dirige a Niki-: Cuando salgamos nos comemos un par de salchichas y bebemos un poco de cerveza, ¿te apetece?

– Sí, claro… -Al final Niki se olvida de sus amigas, de sus padres y del resto del mundo.

– Eh, está fría.

Ella entra también en el agua y se tumba en seguida sobre su tabla.

– Sí, helada, pero de noche es superguay… Nunca lo había hecho.

Da dos brazadas veloces, no tarda en ser arrastrada por la corriente y al cabo de un rato se encuentra mar adentro. Perdida en la oscuridad, entre los haces de luz de los coches que hay en la playa, con la luna a lo lejos, que todavía no está llena. Niki mira hacia el mar abierto esperando la ola. Algo la roza, pero no tiene miedo. Debe de ser un pez, puede que incluso grande. Silencio. Ahora no piensa en nada. Ni en sus amigas ni en sus padres. Está sola en medio del mar nocturno. Y lo más extraño es que no se ha acordado de Alex ni por un instante. Al contrario, se siente ligera. Ligera. ¿Cuánto tiempo hace que no vivía un momento como ése? Mucho. Demasiado tiempo. Y casi por arte de magia siente que el mar se retira debajo de ella y a continuación se hincha como si estuviera respirando profundamente. Está llegando una ola grande y Niki lo sabe. No necesita verla para entenderlo. Bracea a toda velocidad mar adentro y empieza a correr sobre su vigorosa estela. Para Niki es un instante, dobla las piernas y salta hacia arriba, se pone de pie, sin vacilaciones, sigue la ola, juega con la tabla, pasea por encima de ella, se dirige hacia la derecha, ahora a la izquierda, haciendo pequeñas curvas, subiendo y bajando a toda prisa sobre la empinada panza de la ola. De vez en cuando se cruza con otro surfista, lo adelanta, lo esquiva y prosigue con su juego. Sube y baja, aparece y desaparece, ella, maravillosa amazona sobre las olas salvajes hechas de agua que espumean, se encrespan debajo de ella, hasta que, después de haber domado algunas, consigue adentrarse por fin en un tubo. Acaricia con la mano la pared de agua que corre a su lado y después se deja llevar dulcemente por la última ola hasta la orilla. Mientras se está quitando la sujeción del tobillo, Guido se acerca a ella.

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