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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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– Hola. Monica, de la DGP /Seg. Nos vimos en Norr Mälarstrand hace algún tiempo.

– ¿Qué quieres? -preguntó Bublanski.

– ¿Tienes a alguien de guardia este fin de semana?

– Sonja Modig -dijo Bublanski.

– Necesito un favor. ¿Sabes si se encuentra en el edificio de jefatura?

– Lo dudo. Hace un tiempo espléndido y es sábado por la tarde.

– De acuerdo. ¿Podrías intentar contactar con ella o con alguna otra persona del equipo que pudiera buscarse una excusa para acercarse hasta el pasillo del fiscal Richard Ekström? Porque creo que ahora mismo se está celebrando una reunión en su despacho.

– ¿Una reunión?

– Ahora no tengo tiempo de explicártelo. Necesito saber si está reunido con alguien. Y en tal caso, ¿quién?

– ¿Quieres que espíe a un fiscal que, además, es mi superior?

Monica Figuerola arqueó las cejas. Luego se encogió de hombros.

– Sí -contestó.

– De acuerdo -dijo Bublanski antes de colgar.

La verdad era que Sonja Modig se encontraba más cerca de jefatura de lo que Bublanski temía. Estaba tomando un café con su marido en el balcón de la casa de una amiga que vivía en el barrio de Vasastan. Los padres de Sonja se habían llevado a los niños para pasar una semana con ellos, así que, al verse libre, el matrimonio decidió hacer algo tan anticuado como salir a cenar por ahí e ir al cine.

Bublanski le explicó lo que quería.

– ¿Y qué excusa me invento para entrar así como así en el despacho de Ekström?

– Ayer le prometí que le enviaría un informe puesto al día sobre Niedermann, pero la verdad es que se me olvidó entregárselo antes de irme. Está en mi mesa.

– De acuerdo -dijo Sonja Modig.

Miró a su marido y a su amiga.

– Tengo que ir a la jefatura. Me llevo el coche; con un poco de suerte estaré de vuelta dentro de una hora.

Su marido suspiró. La amiga suspiró.

– Lo cierto es que estoy de guardia -se disculpó Sonja Modig.

Aparcó en Bergsgatan, subió hasta el despacho de Bublanski y buscó los tres folios que constituían el magro resultado de las pesquisas realizadas para dar con el asesino de policías Ronald Niedermann. «No es como para colgarse una medalla», pensó.

Luego salió al rellano de la escalera y subió una planta más. Se detuvo frente a la puerta que daba al pasillo. Esa tarde tan veraniega la jefatura de policía se hallaba casi desierta. No andaba a hurtadillas. Simplemente, caminaba con mucho sigilo. Se paró ante la puerta de Ekström, que estaba cerrada. Oyó el sonido de unas voces y se mordió el labio inferior.

De repente, perdió todo el coraje y se sintió ridícula. En una situación normal habría llamado a la puerta, la habría abierto exclamando algo así como Anda, hola; ¿todavía sigues aquí? y habría entrado como si nada. Ahora se le antojó raro.

Echó un vistazo a su alrededor.

¿Por qué la había llamado Bublanski? ¿De qué iba la reunión?

Miró hacia el otro lado del pasillo. Frente al despacho de Ekström había una pequeña sala de reuniones con sitio para diez personas. Allí había asistido ella a más de una presentación.

Entró y cerró la puerta con mucho cuidado. Las persianas estaban bajadas y la pared de cristal que daba al pasillo tenía las cortinas echadas. La sala estaba en penumbra. Cogió una silla, se sentó y corrió la cortina dejando una fina rendija por la que podía ver el pasillo.

Se sentía incómoda. Si alguien entrara en ese momento, le iba a resultar muy difícil explicarle qué hacía allí. Cogió el móvil y consultó el reloj en la pantalla. Casi las seis. Le desactivó el sonido, se reclinó contra el respaldo de la silla y se puso a mirar la puerta cerrada del despacho de Ekström.

A las siete de la tarde, Plague le hizo clin a Lisbeth Salander.

– De acuerdo. Ya soy administrador del SMP.

– ¿Donde?

Él le descargó una dirección http.

– No nos dará tiempo en veinticuatro horas. Aunque tengamos el correo de los dieciocho, nos llevará días piratear todos sus ordenadores de casa. Es muy probable que la mayoría ni siquiera los tenga conectados un sábado por la tarde.

– Plague, ocúpate de sus ordenadores de casa y yo me encargaré de los del SMP.

– Es lo que pensaba hacer. Tu ordenador de mano es un poco limitado. ¿Alguien en especial en quien deba centrarme?

– No. Cualquiera de ellos.

– De acuerdo.

– Plague.

– Sí.

– Si no encontramos nada de aquí a mañana, quiero que tú sigas.

– De acuerdo.

– En tal caso, te pagaré.

– Bah. Descuida. Esto es divertido.

Se desconectó del ICQ y fue a la dirección http a la que Plague había bajado todos los derechos de administración del SMP. Empezó comprobando si Peter Fleming estaba conectado y se hallaba en la redacción del SMP. No. Así que usó sus códigos de usuario y entró en el servidor del SMP. De esta manera podría leer toda la correspondencia que hubiese existido: también los correos que hubieran sido borrados de las cuentas particulares.

Comenzó con Ernst Teodor Billing, cuarenta y tres años, uno de los jefes del turno de noche del SMP. Abrió su correo y empezó a retroceder en el tiempo. Le dedicó más o menos dos segundos a cada mail, tiempo más que suficiente para hacerse una idea de quién lo había enviado y de lo que contenía. Al cabo de unos cuantos minutos ya había aprendido a identificar lo que constituía el correo rutinario relacionado con el trabajo en forma de memorandos, horarios y otras cosas carentes de interés. Empezó a pasar de todo ello.

Siguió retrocediendo en el tiempo, correo a correo, tres meses más. Luego fue saltando de mes en mes leyendo sólo el asunto y abriéndolos sólo en el caso de que algo le llamara la atención. Se enteró de que Ernst Billing salía con una mujer llamada Sofía y de que empleaba con ella un tono desagradable. Constató que eso no era nada raro, ya que Billing solía utilizar un tono bastante borde con la mayoría de las personas a las que les escribía algo personaclass="underline" reporteros, maquetadores y otros. Lisbeth consideró, no obstante, que resultaba llamativo que un hombre se dirigiera a su novia con palabras como «gorda de mierda, imbécil de mierda o puta de mierda».

Cuando ya había retrocedido un año, se detuvo. Accedió entonces al Explorer y empezó a ver los sitios de Internet por los que Billing solía navegar. Descubrió que, al igual que la mayoría de los hombres de su edad, entraba regularmente en páginas porno, pero que casi todas las que visitaba parecían estar relacionadas con su trabajo. Constató también que mostraba interés por los coches y que a menudo se metía en páginas donde se presentaban nuevos modelos.

Tras una hora de indagación, salió del ordenador de Billing y lo borró de la lista. Siguió con Lars Örjan Wollberg, cincuenta y un años, un veterano reportero de la redacción de asuntos jurídicos.

Torsten Edklinth entró en la jefatura de policía de Kungsholmen a las siete y media de la tarde del sábado. Allí lo esperaban Monica Figuerola y Mikael Blomkvist. Se sentaron en torno a la misma mesa de reuniones donde se sentó Mikael el día anterior.

Edklinth constató que estaba pisando un terreno resbaladizo y que había violado toda una serie de reglas internas al permitir que Blomkvist accediera a ese pasillo. Sin lugar a dudas, Monica Figuerola no tenía derecho a invitarlo por su cuenta. En circunstancias normales, ni siquiera las esposas o los maridos podían acceder a las dependencias secretas de la DGP /Seg; si querían ver a su pareja, debían esperar en la escalera. Y Blomkvist, para más inri, era periodista. En el futuro sólo lo dejaría entrar en el local provisional que tenían en Fridhemsplan.

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