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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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– De acuerdo. Voy a ver si tiene un minuto -dijo la enfermera amablemente para a continuación cerrar la puerta. Y echar el cerrojo.

Eran las 14.36… Las 14.37 ya.

Lisbeth se levantó de la cama y se acercó a la ventana. De vez en cuando consultaba el reloj: 14.39… 14.40.

A las 14.44 oyó pasos en el pasillo y el sonido del llavero del vigilante de Securitas. Anders Jonasson le echó una inquisitiva mirada y al ver los desesperados ojos de Lisbeth Salander se detuvo.

– ¿Ha pasado algo?

– Está pasando ahora mismo. ¿Tienes un móvil?

– ¿Qué?

– Un móvil. Tengo que hacer una llamada.

Dubitativo, Anders Jonasson miró de reojo hacia la puerta.

– Anders… ¡Necesito un móvil! ¡Ahora!

Oyó la desesperación de su voz y, metiéndose la mano en el bolsillo, le entregó su Motorola. Lisbeth se lo arrancó prácticamente de las manos. No podía llamar a Mikael Blomkvist ya que su teléfono estaba pinchado por el enemigo. El problema era que no le había dado el número de su secreto Ericsson T10 azul. Nunca se lo planteó ya que nunca se habría imaginado que ella pudiera llamarlo desde su aislamiento. Dudó una décima de segundo y marcó el número de móvil de Erika Berger. Oyó tres tonos antes de que ella respondiera.

Erika Berger se hallaba en su BMW, a un kilómetro de su casa de Saltsjöbaden, cuando recibió una llamada que no esperaba. Aunque también era cierto que Lisbeth Salander ya la había sorprendido por la mañana.

– Berger.

– Salander. No hay tiempo para explicaciones. ¿Tienes el número del teléfono secreto de Mikael? El que no está pinchado.

– Sí.

– Llámalo. ¡Pero ya! Teleborian se va a encontrar con Jonas en el anillo de la estación central a las 15.00.

– ¿Qué…?

– Date prisa. Teleborian. Jonas. El anillo de la estación central. 15.00 horas. Tiene un cuarto de hora.

Lisbeth apagó el móvil para que Erika no se viera tentada a derrochar los segundos haciendo preguntas innecesarias. Le echó un vistazo al reloj, que acababa de cambiar a las 14.46.

Erika Berger frenó y aparcó en el arcén de la carretera. Buscó la agenda del bolso y empezó a pasar páginas hasta que encontró el número que Mikael le había dado la noche que cenaron en Samirs gryta.

Mikael Blomkvist oyó el sonido del teléfono. Se levantó de la mesa de la cocina, fue hasta el despacho de Salander y cogió el móvil, que estaba sobre la mesa.

– ¿Sí?

– Erika.

– Hola.

– Teleborian se va a encontrar con Jonas en el anillo de la estación central a las 15.00. Te quedan unos minutos.

– ¿Qué? ¿Qué?

– Teleborian…

– Ya te he oído. ¿Cómo lo sabes?

– Déjate de preguntas y date prisa.

Mikael miró el reloj: 14.47.

– Gracias. Hasta luego.

Cogió el maletín del ordenador y bajó por las escaleras en vez de esperar el ascensor. Mientras corría marcó el número del T10 azul de Henry Cortez.

– Cortez.

– ¿Dónde estás?

– Comprando unos libros en Akademibokhandeln.

– Teleborian se va a encontrar con Jonas en el anillo de la estación central a las 15.00. Yo voy de camino pero tú estás más cerca.

– ¡Hostias! Salgo pitando.

Mikael bajó corriendo por Götgatan y se dirigió a toda pastilla hacia Slussen. Llegó jadeando a la plaza y miró su reloj de reojo. Monica Figuerola tenía razón cuando le dio la lata para que empezara a hacer ejercicio. 14.56. No le iba a dar tiempo. Buscó un taxi.

Lisbeth Salander le devolvió el móvil a Anders Jonasson.

– Gracias -dijo.

– ¿Teleborian? -preguntó Anders Jonasson-. No he podido evitar haber oído el nombre.

Lisbeth asintió con la cabeza y lo miró.

– Teleborian es un pájaro de mucho mucho cuidado. No te imaginas cuánto.

– No. Pero sospecho que ahora mismo está pasando algo grave: es la primera vez en todo este tiempo que te veo tan excitada. Espero que sepas lo que estás haciendo.

Lisbeth le dedicó una torcida sonrisa.

– Pronto lo sabrás -dijo ella.

Henry Cortez salió corriendo de Akademibokhandeln como un loco. Cruzó Sveavägen por el viaducto de Mäster Samuelsgatan y siguió bajando hasta Klara Norra, donde giró para entrar en Klarabergsviadukten y atravesar Vasagatan. Cruzó Klarabergsgatan entre un autobús y dos coches que le pitaron frenéticamente y entró por la puerta de la estación en el preciso instante en que el reloj marcaba las 15.00.

Cogió las escaleras mecánicas bajando los escalones de tres en tres hasta llegar a la planta baja y pasó corriendo por delante de la tienda de Pocketshop antes de aminorar el paso para no llamar la atención. Miró fija e intensamente a la gente que se hallaba alrededor del anillo.

No vio a Teleborian ni al hombre que Christer Malm había fotografiado delante del Copacabana y que pensaban que era Jonas. Miró el reloj: 15.01. Jadeaba como si hubiese corrido el maratón de Estocolmo.

Se la jugó: atravesó el vestíbulo a toda prisa y salió a Vasagatan. Se detuvo y barrió los alrededores con la mirada, estudiando hasta donde sus ojos alcanzaban -y una a una- a todas las personas. Ningún Peter Teleborian. Ningún Jonas.

Dio media vuelta y se metió dentro. 15.03. No había nadie cerca del anillo.

Luego alzó la vista y, por un segundo, divisó el perfil de Peter Teleborian, con su característica cabellera revuelta y su perilla, justo cuando éste salía de Pressbyrån, en el otro extremo del vestíbulo. Acto seguido, el hombre de las fotos de Christer Malm se materializó a su lado. Cruzaron el recinto y salieron a Vasagatan por la puerta norte.

Henry Cortez suspiró. Se secó el sudor de la frente con la palma de la mano y empezó a seguir a los dos hombres.

Mikael Blomkvist llegó en taxi a la estación central de Estocolmo a las 15.07. Entró apresuradamente en el vestíbulo principal, pero no pudo ver ni a Teleborian ni a Jonas. Ni tampoco a Henry Cortez, por otra parte.

Cogió su T10 para llamar a Henry Cortez en el mismo instante en que le empezó a sonar.

– Ya los tengo. Están en el pub Tre Remmare de Vasagatan, junto a la boca de metro de la línea que va hasta Akalla.

– Gracias, Henry. ¿Y tú dónde estás?

– En la barra. Tomándome una caña. Bien merecida.

– Vale. A mí me conocen, así que me quedaré fuera. Supongo que no tienes ninguna posibilidad de escuchar lo que dicen.

– Ni una. Veo la espalda de ese tal Jonas y el maldito Teleborian no hace más que murmurar; ni siquiera puedo ver los movimientos de sus labios.

– De acuerdo.

– Pero puede que tengamos un problema.

– ¿Cuál?

– Ese tal Jonas ha dejado su cartera y su móvil encima de la mesa. Y ha puesto un par de llaves de coche sobre la cartera.

– Vale. Ya me encargo yo de eso.

El móvil de Monica Figuerola sonó con el politono del tema de la película Hasta que llegó su hora. Dejó el libro sobre el deísmo de la Antigüedad, que parecía no terminarse nunca.

– Hola. Soy Mikael. ¿Qué haces?

– Estoy en casa ordenando los cromos de mis antiguos amantes. Esta mañana me han abandonado miserablemente.

– Lo siento. ¿Tienes cerca tu coche?

– La última vez que lo vi estaba aparcado aquí enfrente.

– Bien. ¿Te apetece dar una vuelta por la ciudad?

– No mucho. ¿Qué pasa?

– Peter Teleborian está en Vasagatan tomándose una cerveza con Jonas. Y como yo colaboro con la Stasi… perdón, con la Säpo, he pensado que a lo mejor te apetecería venir.

Monica Figuerola ya se había levantado del sofá para coger las llaves del coche.

– ¿No me estarás tomando el pelo…?

– Ni mucho menos. Y Jonas ha puesto las llaves de un coche encima de la mesa donde se ha sentado.

– Voy para allá.

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