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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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– No lo sé.

– ¿Hay alguna cosa que te haga creer que es algo personal?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cuántos empleados hay en el SMP?

– Más de doscientos treinta, incluida la editorial.

– ¿A cuántos conoces en persona?

– No lo sé muy bien. A lo largo de todos estos años he conocido a varios de los periodistas y colaboradores en distintas situaciones.

– ¿Alguien con quién te hayas peleado alguna vez?

– No. No específicamente.

– ¿Alguien que pienses que querría vengarse de ti?

¿Vengarse? ¿De qué?

– La venganza es un buen motivo.

Erika se quedó mirando la pantalla mientras intentaba entender a qué se refería Lisbeth Salander.

– ¿Sigues ahí?

– Sí. ¿Por qué me preguntas lo de la venganza?

– He leído la lista de Rosin con todos los incidentes que relacionas con El boli venenoso.

¿Por qué no me sorprende?

– ¿¿¿Vale???

– No creo que sea obra de un stalker.

– ¿Qué quieres decir?

– Un stalker es una persona motivada por una obsesión sexual. Este me parece alguien que está imitando a un stalker. Darle por culo con un destornillador… Por favor, parodia pura.

– ¿Sí?

– Yo he visto a stalkers de verdad. Son bastante más pervertidos, vulgares y grotescos. Expresan amor y odio al mismo tiempo. Hay algo que no cuadra en todo esto.

– ¿No te parece lo bastante vulgar?

– No. El correo a Eva Carlsson no me cuadra en absoluto con el perfil de un stalker. Es sólo alguien que quiere fastidiarte.

– Entiendo. No me lo había planteado de esa manera.

– Stalker no es. Va dirigido a ti en persona.

– De acuerdo. ¿Y qué propones?

– ¿Confías en mí?

– Quizá.

– Necesito acceder a la red interna del SMP.

– Para, para.

– Ahora. Dentro de poco me van a trasladar y no tendré Internet.

Erika dudó unos diez segundos. Dejar el SMP en manos de… ¿quién? ¿Una loca? Puede que Lisbeth no fuera culpable de asesinato pero, definitivamente, no era una persona normal.

Pero ¿qué podía perder?

– ¿Cómo?

– Necesito introducir un programa en tu ordenador.

– Tenemos cortafuegos.

– Tienes que ayudarme. Inicia Internet.

– Ya está.

– ¿Explorer?

– Sí.

– Te voy a escribir una dirección. Copíala y pégala en Explorer.

– Hecho.

– Ahora ves que te aparece una lista con una serie de programas. Haz clic en Asphyxia Server y descárgalo.

Erika siguió las instrucciones.

– Ya está.

– Inicia Asphyxia. Haz clic en instalar y pincha en Explorer.

Nos ha llevado tres minutos.

– Listo. Perfecto. Ahora tienes que reiniciar el ordenador. Perderemos el contacto durante un rato.

– Vale.

– Cuando lo retomemos, transferiré tu disco duro a un servidor de Internet.

– Vale.

– Reinícialo. Estaremos en contacto dentro de un ratito.

Erika Berger miró fascinada la pantalla mientras su ordenador se reiniciaba lentamente Se preguntó si no se habría vuelto loca. Luego su ICQ volvió a hacer clin

– Hola de nuevo.

– Hola.

– Es más rápido si lo haces tú: conéctate a Internet y copia y pega la dirección que te voy a mandar.

– Vale.

– Ahora te saldrá una pregunta. Haz clic en Start.

– De acuerdo.

– Ahora te pregunta cómo vas a llamar al disco duro. Llámalo SMP-2.

– Vale.

– Ve a tomarte un café. Esto tardará un rato.

Monica Figuerola se despertó a eso de las ocho de la mañana del sábado, más de dos horas después de lo habitual. Se incorporó en la cama y contempló a Mikael Blomkvist. Estaba roncando. «Well. Nobody is perfect.»

Se preguntó adonde la llevaría su historia con Mikael Blomkvist. Él no pertenecía a ese tipo de hombres fieles con los que se podía planificar una relación a largo plazo; teniendo en cuenta su curriculum, eso le quedaba muy claro. Por otro lado, ella no estaba segura de si en realidad buscaba una relación estable con novio, frigorífico y niños. Tras una docena de fracasados intentos que se remontaban a su juventud, había empezado a inclinarse, cada vez más, hacia la teoría de que las relaciones estables estaban sobrevaloradas. Su relación más larga la tuvo con un colega de Uppsala con el que convivió durante dos años.

A eso había que añadirle que ella tampoco era una chica muy dada a one night stands, aunque consideraba que el sexo estaba subestimado como remedio contra prácticamente todo tipo de dolencias. Y el sexo con Mikael Blomkvist estaba bien. Bueno, mucho más que bien, la verdad. Y además era una buena persona. Te hacía desear volver a por más.

¿Un rollo de verano? ¿Enamoramiento? ¿Estaba ella enamorada?

Se fue al baño, se lavó la cara, se lavó los dientes y luego se puso unos pantalones cortos y una chaqueta fina de deporte, y salió del apartamento andando de puntillas. Hizo unos cuantos estiramientos y corrió durante cuarenta y cinco minutos, pasando por el hospital de Rålambshov, bordeando Fredhäll y volviendo por Smedsudden. A las nueve ya estaba de vuelta y constató que Blomkvist continuaba durmiendo. Se agachó y le mordió la oreja hasta que él abrió los ojos desconcertado.

– Buenos días, cariño. Necesito a alguien que me frote la espalda.

Él la miró y murmuró algo.

– ¿Qué has dicho?

– Que no hace falta que te duches. Estás chorreando.

– He estado corriendo. Deberías acompañarme.

– Sospecho que si intentara seguir tu ritmo, tendrías que llamar a una ambulancia. Paro cardíaco en Norr Mälarstrand.

– ¡No digas tonterías! Venga, hora de levantarse.

Él le frotó la espalda y le enjabonó los hombros. Y las caderas. Y el vientre. Y los pechos. Y al cabo de un rato, Monica Figuerola ya había perdido completamente el interés por la ducha y se lo llevó de nuevo a la cama. Hasta las once de la mañana no llegaron a Norr Mälarstrand para desayunar.

– Podrías convertirte en una mala costumbre -dijo Monica Figuerola-. Sólo hace unos cuantos días que nos conocemos.

– Me atraes un montón. Pero creo que eso ya lo sabes.

Ella asintió.

– ¿Por qué?

– Sorry. No puedo contestar a esa pregunta. Nunca he entendido por qué de repente una determinada mujer me atrae y otra no me despierta ningún interés.

Ella sonrió pensativa.

– Tengo el día libre -dijo ella.

– Yo no. Tengo un montón de trabajo hasta que empiece el juicio y he pasado las tres últimas noches contigo en vez de trabajando.

– Qué pena.

Él asintió, se levantó y le dio un beso en la mejilla. Ella le agarró la manga de la camisa.

– Blomkvist, me gustaría mucho seguir viéndote.

– A mí también -afirmó-. Pero hasta que no hayamos terminado este reportaje, me temo que mi vida va a ser un poco caótica.

Desapareció subiendo por Hantverkargatan.

Erika Berger había ido a por café y ahora estaba observando la pantalla. Durante cincuenta y tres minutos no pasó absolutamente nada, a excepción de que su salvapantallas se activaba a intervalos regulares. Luego el ICQ volvió a hacer clin.

– Ya está. Tienes mucha mierda en tu disco duro; dos virus, por ejemplo.

– Sorry. ¿Cuál es el próximo paso?

– ¿Quién es el administrador de la red informática del SMP?

– No lo sé. Tal vez Peter Fleming, que es el jefe técnico.

– Vale.

– ¿Qué tengo que hacer ahora?

– Nada. Vete a casa.

– ¿Nada más?

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