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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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Ah, pero decía Lily, tenía a su padre, el hogar, e incluso, si se hubiera atrevido a decirlo, la pintura. Pero todo esto parecía tan poca cosa, tan virginal, ante lo otro… Sí, pero al avanzar la noche, y al separar las cortinas la luz, e incluso cuando ya trinaba de vez en cuando algún pájaro en el jardín, juntando todas sus fuerzas con desesperación, le gustaría haberse presentado como excepción a la regla universal; una súplica; quería seguir soltera, le gustaba ser como era, no estaba hecha para lo otro; pero eso suponía que tendría que enfrentarse con esa mirada fija de desconocida profundidad, y tenía que aceptar la sencilla certidumbre de Mrs. Ramsay (y ahora volvía a la infancia) de que la querida Lily, su pequeña Brisk, era tonta. Y entonces recordaba que había reclinado la cabeza en el regazo de Mrs. Ramsay, y no había dejado de reírse, reírse, reírse, reírse hasta casi llegar a la histeria ante la idea de que Mrs. Ramsay decidiera con calma inmutable unos destinos que eran completamente incomprensibles para ella. Ahí estaba sentada, sencilla, seria. Había recobrado el sentido de sí misma: era el dedo torcido del guante. Pero ¿en qué santuario había entrado una? Finalmente Lily Briscoe levantó la mirada, y allí estaba Mrs. Ramsay, completamente ajena a lo que había ocasionado sus risas, que seguía tomando decisiones, pero había desaparecido toda huella de fuerza de voluntad, y en su lugar, había algo claro, como ese espacio que terminan por ocultar las nubes, el pedacito de cielo que duerme junto a la luna.

¿Era sabiduría? ¿Era conocimiento? ¿Se trataba, una vez más, del engaño de la belleza, de forma que todas las sensaciones de una, a medio camino de la verdad, terminasen por enredarse en una trampa dorada?, ¿o es que guardaba en su interior algún secreto de los que ciertamente Lily Briscoe creía que todo el mundo tenía que tener para que el mundo siguiera adelante? No todo el mundo podía ser tan atolondrado e irreflexivo como ella. Pero si lo sabían, ¿por qué no le decían lo que sabían? Sentada en el suelo, abrazada a las rodillas de Mrs. Ramsay, todo lo cerca que podía, sonriéndose al pensar que Mrs. Ramsay nunca sabría la razón de la intensidad del abrazo, se imaginaba cómo en las cámaras de la mente y del corazón de esta mujer que físicamente estaba en contacto con ella había, como en los tesoros de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas, que si una pudiera leerlas, le enseñarían todo, pero que nunca se ofrecerían libremente, nunca llegarían al público. ¿Cuál era el arte, que el amor o la astucia conocían, con el que una podía entrar en esas cámaras ocultas? ¿Cuál era el resorte que te permitía convertirte, como el agua vertida en la jarra, en una sola cosa inextricablemente unida a la persona amada? ¿Podría lograrlo el cuerpo, o la mente, mezclándose sutilmente en los intrincados pasillos del cerebro?, ¿podría el corazón? ¿Podría el amor, como lo llamaba la gente, convertirlas en una a ella y a Mrs. Ramsay?, porque no era conocimiento, sino esa unidad lo que deseaba; no deseaba inscripciones en las tablillas, nada que pudiera escribirse en una lengua que conocieran los hombres, sino la propia intimidad, que es el conocimiento, pensaba, mientras reclinaba la cabeza sobre las rodillas de Mrs. Ramsay.

No sucedió riada. ¡Nada! ¡Nada!, mientras estuvo inclinada sobre la rodilla de Mrs. Ramsay. Sin embargo, sabía que el corazón de Mrs. Ramsay atesoraba conocimientos y sabiduría. ¿Cómo, pues, se preguntaba, podía una saber tal o cual cosa de la gente, si ésta estaba herméticamente sellada? Sólo como las abejas, atraída por alguna fragancia o por alguna nota aguda en el aire, intangible para el tacto o el gusto, visitando la cúpula de la colmena, recorriendo solitaria el desierto aire de todos los países del mundo, frecuentando las colmenas llenas de murmullos e inquietudes; esas colmenas que eran la propia gente. Mrs. Ramsay se levantó. Lily se levantó. Mrs. Ramsay se fue. Durante unos días hubo en torno a ella, como tras un sueño se advierte que la persona en quien una ha soñado ha sufrido alguna transformación sutil, más nítido que sus palabras, un zumbido de murmullos, y, al sentarse en el sillón de mimbre junto a la ventana del salón, ofrecía, a los ojos de Lily, la silueta de una cúpula.

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