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El Destino del Corazón

Электронная книга - «El Destino del Corazón». Краткое содержание книги:

Sí, Annie, tu príncipe azul existe…
Sola y embarazada de seis meses, Annie Torres ya no creía que ningún caballero andante fuera a acudir en su ayuda. Por eso cuando aquel día se desmayó, lo último que esperaba era caer en los brazos del hombre más guapo que había visto en su vida… el doctor Matt Allman. Y menos aún que su generoso salvador le ofreciera un empleo e insistiera en que viviera en la mansión de su familia. Con todas aquellas atenciones, de pronto la independiente Annie no sabía cómo podría arreglárselas sola. De la noche a la mañana, su increíble jefe se había convertido en la personificación de todos los sueños que durante tanto tiempo se había negado a sí misma.
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– ¿Alguna noticia? -dijo sin más preámbulos.

Dan habló deprisa y le contó lo poco que había. Todas las pistas se habían ido quedando en nada. No había ninguna novedad.

– Bueno, siga intentándolo -le dijo al hombre antes de colgar.

«Siga intentándolo» era un consejo que bien podía aplicarse él mismo en esa encrucijada de su vida.

Annie respiró hondo antes de mirar a Matt. Estaban en el coche, a punto de entrar en el aparcamiento del Café de Millie. Estaba nerviosa y no sabía muy bien por qué.

– Te va a encantar -le dijo él-. Trata de relajarte. Para variar, será otra persona la que te sirva el desayuno a ti.

No le preocupaba eso. El problema era que se sentía extraña, como si estuviera actuando y no se supiera el guión. Estaba empezando a sentirse a gusto en casa de los Allman cuando Matt la convenció para salir de allí.

Jodie le había ofrecido un montón de ropa para que eligiera. Escogió unos pantalones azul marino con cintura elástica y una camisa larga y blanca que le quedaba algo justa en su abultado pecho, pero valdría para salir del paso. Matt le había dicho que se encargaría de que alguien fuera a su apartamento a recoger todas sus cosas esa misma tarde. No le gustaba la idea, pero tenía que admitir que tampoco la atraía la opción de volver a su cochambroso apartamento, a menos que fuese estrictamente necesario. Pero aún seguía preocupada por lo que pensaran las hermanas de Matt.

Jodie era simpática y la había acogido sin más, pero le preocupaba Rita. Aunque, cuando bajó por fin a la cocina, la recibió con una sonrisa y comenzó a hablarle de cómo iban los preparativos de la boda de su hermano Rafe con Shelley Sinclair. Se había quedado fascinada viendo la gran variedad de materiales, incluyendo metros y metros de encaje blanco y gasas, cajas de perlas y bobinas de lazos de satén que llenaban la mesa del comedor. Le encantaban todos esos adornos y cursiladas.

Pero, antes de que pudiera reaccionar, llegó Matt y la sacó de allí como si no quisiera que pasara ni un minuto más con su familia. Había sido una pena. Le gustaban sus hermanas y le habría encantado quedarse allí para conocerlas mejor.

Matt le recordó que tenían que ir al restaurante para recoger el coche de Annie y contarle a Millie que dejaba el trabajo. Así que, con pocas ganas, lo acompañó al que había sido hasta el día anterior su lugar de trabajo.

No sabía por qué temía ese momento. Pero al poco rato se dio cuenta de por qué desconfiaba. Dos mujeres que Annie conocía de vista salieron del restaurante en el mismo momento en el que ellos entraban. La saludaron como siempre pero, cuando vieron quién la acompañaba, ambas levantaron las cejas sorprendidas y se intercambiaron miradas. Annie sabía lo que pensaban. Algo parecido a «¿Has visto eso? Annie ha conseguido cazar a uno», o algo así.

Se sintió fatal. No le gustaba sentirse dependiente de nadie. Quería gritar y decirles que estaban equivocadas, que aquello no era lo que parecía.

Claro, que a lo mejor quien estaba equivocada era ella. A lo mejor sí era lo que parecía.

Levantó la cara orgullosa y entró en el restaurante. Matt le sujetó la puerta mientras miraba a su alrededor en busca de Millie. Nina Jeffords, una de las camareras preferidas de Annie, estaba recibiendo a la gente durante ese tumo. Su cara mostró asombro cuando vio a so compañera entrar con Matt Allman, pero intentó disimularlo y los acompañó hasta una de las mesas.

– Mille está en el despacho -les informó Nina- Está repasando la contabilidad. Así que yo no me acercaría por allí -advirtió con un guiño-. Al menos hasta que haga cuadrar las cuentas.

– Me temo que voy a tener que arriesgarme a que me arranque la cabeza -repuso Matt divertido-. Necesito hablar con ella -añadió mientras ayudaba a Annie a sentarse-. Yo tomaré café y huevos revueltos, por favor. Annie, voy a hablar con Millie. Te quedas aquí, ¿verdad?

Annie asintió. Si quería ser él quien informara a Millie de que iba a perder una camarera sin haberla avisado con antelación, ella estaría encantada. Más adelante le tocaría a ella dar explicaciones y no iba a ser nada agradable. A lo mejor Matt podía allanarle el camino.

Lo observó mientras cruzaba el comedor y saludaba a varios de los clientes. Todo el mundo conocía a los Allman. Eran como la familia real del pueblo o algo así. Fuera como fuese, el caso era que verlo hablar con todos y ser tan popular le producía escalofríos. Algo que habría preferido no sentir.

Antes de entrar en el despacho de Millie se giró hacia ella, sorprendiéndola mientras lo observaba. Tragó saliva y soportó su penetrante mirada durante unos segundos. Después, se volvió de nuevo y entró en el despacho.

Annie se dejó caer en el asiento mientras sacudía la cabeza. Había sido una metedura de pata, no podía dejar que algo así pasase de nuevo. Matt iba a hacerse una idea equivocada y eso sería un desastre.

– Annie -dijo alguien a su espalda-. Sabía que te encontraría aquí.

Capítulo 5

ANNIE levantó la mirada y vio a Josh McLaughlin, sonriente y con su bebé de año y medio en los brazos. Volvió la mirada hacia la puerta que acababa de atravesar Matt, contenta de no verlo por allí. No le gustaría estar presente en un encuentro entre un Allman y un McLaughlin.

Concentró su atención en Josh y se levantó para tomar al bebé.

– Ven aquí, preciosa -le dijo. La niña era redonda y blandita como un oso de peluche. Su carita estaba rodeada de rizos pelirrojos.

– Te he echado de menos toda la semana, gordita.

Josh rió al ver a la pequeña Emily haciendo ruidos y gorjeos de felicidad. Extendió su manita para intentar agarrar la nariz de Annie.

– ¿No trabajas hoy? -le preguntó Josh.

Annie lo miró, estudiando al hombre que posiblemente era su hermanastro. Era alto y esbelto como un corredor de fondo. Su pelo era rubio oscuro y lo llevaba siempre despeinado, por mucho que Cathy, su mujer, se empeñara en mejorarlo.

– Soy un granjero -era siempre su contestación-. Deberías estar contenta de que no lleve unas espigas detrás de las orejas.

A Annie le encantaba verlos juntos. Formaban una pareja perfecta. Cathy llevaba su pelo rubio muy corto y bien peinado. Era una mujer muy elegante, a pesar de que pasaba mucho tiempo trabajando en el campo con su marido. Era muy buena con los caballos. En la actualidad se estaban especializando en la crianza de caballos de raza árabe. Eran un buen equipo pero, sobre todo, una buena familia. Su relación había conseguido que Annie volviera a creer en la existencia del amor verdadero y de que éste podría durar mucho tiempo si se cuidaba y alimentaba día a día. Y la preciosa Emily venía a completar su felicidad a la perfección. Era una delicia trabajar para ellos.

Recordó lo nerviosa que había estado la primera vez que había conducido hasta el rancho para la entrevista de trabajo. El paisaje le había despertado viejos recuerdos de su infancia, lo que había hecho aún más duro el trayecto. En muchos aspectos, era como si estuviese volviendo a casa, aunque no sabía si iba a ser bienvenida allí. Además, tampoco sabía qué iba a hacer cuando estuviera allí. Se preguntaba si lo mejor sería decirle a Josh cuanto antes que compartían un padre o si sería mejor que intentara conseguir el empleo y esperar a que llegara el momento oportuno. Pensó que quizá la mirara y supiera de inmediato que era su hermana.

Pero no había ocurrido así. Si su parecido hubiera sido tan obvio, alguna otra persona se habría dado cuenta. Esperaba que hubiera química entre ellos y no la echaran con cajas destempladas del rancho.

Había llamado a la puerta con las rodillas temblando y conteniendo el aliento mientras oía cómo alguien se acercaba a abrir. La puerta se había abierto y había aparecido Josh. Desde luego, ni la había reconocido ni había sospechado nada, pero entre los dos hubo una conexión inmediata, aunque no en un sentido romántico. Le sonrió y abrió la puerta de par en par para dejarla pasar. Annie supo en ese momento que el trabajo era suyo.

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