La primera Navidad de Sarah
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La primera Navidad de Sarah». Краткое содержание книги:
– Ponte aquí -le ordenó a Brooke. Al quedar satisfecha con el lugar, apartó a Vance un metro y dijo-: Túmbate aquí.
– ¿Y dónde va a estar mi vaquera? -Vance ladeó la cabeza.
– ¡Justo aquí! -se lanzó entre ellos-. Muy bien… hagamos ángeles.
Como si fuera su única misión en la vida, Sarah extendió los brazos y las piernas y los movió lo más rápidamente que pudo. Vance miró a Brooke con expresión divertida y apoyaron la cabeza en la nieve para cumplir sus deseos bajo un cegador sol de invierno.
– Muy bien, ¡ya basta! -gritó Sarah pasado un minuto.
Cuando volvieron a levantarse, la pequeña inspeccionó las impresiones de los ángeles antes de ponerse a dar saltos con risa contagiosa.
– ¿Lo veis? ¡Ahí está la mamá, ahí el papá, y ahí estoy yo!
Ante los deseos de la pequeña, Brooke experimentó una miríada de emociones: dolor por su trágica historia, temor por la seguridad de Vance, porque iba a seguir el rastro del asesino, y miedo porque durante las últimas quince horas Vance y Sarah se habían convertido en personas demasiado importantes para ella. Tenía la innegable convicción de que si los perdía, jamás sería capaz de reconciliarse con esa pérdida…
Kyle levantó a Sarah de la nieve.
– ¿Sabes una cosa? Hemos esperado que llegaras para abrir los regalos de Navidad. Papá Noel dejó algo especial para todos bajo el árbol.
– ¿Sí? -gritó entusiasmada. Con los ojos brillantes, centró su atención en Brooke y Vance-. Venid. ¡Papá Noel también ha traído regalos aquí!
Vance se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
– Me gustaría pasar, pero he de ir a entregar un regalo de Navidad muy especial.
Mientras Brooke temblaba por el significado oculto de sus palabras, el rostro de Sarah mostró su desilusión.
– ¿Vas a tardar mucho?
«Yo también deseo una respuesta a esa pregunta, Sarah», pensó Brooke.
– No estoy seguro. Esa persona no vive aquí.
– ¿Tienes que irte?
– Me temo que sí, cariño. Pero regresaré en cuanto pueda.
– Claro que sí -aseguró Kyle, poniéndole el sombrero vaquero en la cabeza antes de dirigirse hacia la cabaña.
Después de lanzarle una mirada compasiva a Brooke, Julia pellizcó la mejilla de su primo y siguió a su marido.
Gracias a Kyle, que había entrado directamente en la casa, Sarah no tuvo la oportunidad de sacarle una promesa a Vance. En cuanto a ella, no tenía derecho a pedirla.
Aunque quería arrojarse a sus brazos, se mantuvo a una breve distancia, hasta las rodillas en la nieve. Gimió para sus adentros porque su atractivo masculino se extendía hacia ella como algo vivo.
Él inspeccionó su cara y su figura, como si la estuviera memorizando, como si también para Vance esas últimas quince horas hubieran significado algo especial. Desde luego, lo más probable era que no fuera más que un deseo por parte de Brooke. Lo único que sabía era que despedirse de ese hombre era lo más duro que había tenido que hacer jamás en su vida.
– Ten cuidado -susurró ella con la esperanza de ocultar el dolor en su voz.
– Sin importar lo que tarde, lo encontraré -sus facciones se endurecieron-. Sarah nunca tendrá que volver a preocuparse por él -sus ojos eran inescrutables-. Feliz Navidad, Brooke. Ha sido un placer.
Al dirigirse con paso rápido hacia el coche, ella se dio cuenta de que se había enamorado perdidamente de él. No podía existir otra explicación para su precaria situación.
– Feliz Navidad, Vance.
Capítulo Ocho
– ¿Puedo hablar con Brooke Longley, por favor? Soy Gwen Shertleff, de los Servicios Sociales de Great Falls.
Brooke se sintió desilusionada. Era ridículo, pero en el fondo del corazón había esperado que fuera Vance.
«No puede ser», se reprendió. Quizá estuviera ausente días o semanas antes de dar caza al criminal.
Se sentó en una de las sillas de la cocina y agradeció que Sarah hubiera terminado de cenar y se encontrara en el salón con el juego de elfos eléctricos que Kyle y Julia le habían regalado para Navidad.
– Soy yo. El marshal McClain dijo que usted llamaría, aunque no había esperado saber de usted la noche de Navidad.
– Por desgracia, la Navidad es un tiempo en que muchos niños son víctima de la violencia doméstica. Me han asignado este caso. Mi trabajo es acompañar a la pequeña que usted llama Sarah de vuelta a Misisipí.
– ¿Se ha realizado una identificación positiva? -jadeó-. ¿Han encontrado a sus parientes?.
– Al parecer así es.
El conocimiento de que Sarah tenía una familia que la esperaba le encogió el corazón.
– Lo que debo hacer es entregarla a los Servicios Sociales de Jackson, donde será alojada en un hogar temporal hasta que se solucionen los trámites legales. Tengo entendido que ha sido usted quien la encontró y ha cuidado de ella.
– Sí -tragó saliva.
– ¿Se encuentra en buenas condiciones para poder viajar?
– Físicamente, sí.
– De acuerdo. Como al parecer el buen tiempo va a durar otras cuarenta y ocho horas, volaré a West Yellowstone por la mañana en un helicóptero del gobierno y la trasladaremos a Salt Lake para tomar el avión a Misisipí.
«Santo cielo, ¿tan pronto?»
– ¿Puede tenerla en el aeropuerto a las nueve de la mañana?
– Bueno, sí… pe… pero su situación la tiene tan angustiada que no creo que confíe bastante en usted como para acompañarla.
– Lo entiendo. Estas situaciones siempre son difíciles y desgarradoras. No obstante, debido a los cargos de secuestro, la ley estipula que debe ser devuelta de inmediato. Las autoridades estarán ansiosas por hablar con ella. Desde luego, cuanto antes se reúna con sus seres queridos y reciba terapia, más pronto se adaptará y podrá sanar emocionalmente.
– Tiene razón -respondió con voz quebrada. En lo más hondo de su ser llegó a la conclusión de que las autoridades no iban a tratar a Sarah con la sensibilidad de Vance. En cuanto a sus parientes, ¿la querrían como necesitaba ser querida?
– Como representante de los Servicios Sociales, quiero darle las gracias por su ayuda y generosidad. Por lo que tengo entendido, la pequeña tal vez no hubiera sobrevivido durante la noche si usted no la hubiera encontrado.
– Fue un milagro -las lágrimas cayeron por su mejilla.
– Es la naturaleza de la Navidad -comentó la otra mujer con voz amable-. La veré a las nueve. Si surge algún problema, puede llamarme a mi casa.
Brooke apuntó su número y luego colgó sumida en una profunda tristeza.
Al día siguiente Sarah se iría.
Incapaz de soportarlo, tomó la decisión de no comunicarle nada hasta la mañana. Esa noche era Navidad, una noche especial. Necesitaba ese tiempo con Sarah. Quizá fuera el último del que dispondría con la pequeña.
Decidida, se cercioró de que la puerta de atrás tenía el cerrojo puesto, apagó la luz y se dirigió al salón.
El resplandor de las luces del árbol navideño iluminaba la sonrisa feliz de Sarah tumbada boca abajo con su pijama de Rudolph mirando cómo cada elfo realizaba su truco programado.
– Si puedes olvidarte de ese juego durante un rato, tengo una historia para leerte que creo que te gustará.
Sarah se levantó del suelo.
– ¿Qué historia es?
– Es una sorpresa -desenchufó el juego, inspeccionó que la puerta delantera también estuviera cerrada y volvió a transformar el sofá en cama.
Sarah se metió bajo las sábanas mientras Brooke sacaba el libro de cuentos de la estantería. En cuanto se acomodó, la pequeña se acurrucó contra ella y estudió el dibujo de la tapa largo rato sin decir nada.