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Электронная книга - «La primera Navidad de Sarah». Краткое содержание книги:

Brooke Longley y Vance McClain habían jurado mantenerse alejados del amor hasta que rescataron a una niña pequeña llamada Sarah, que jamás había oído hablar de la Navidad. Ella los unió, mientras ambos se esforzaban por enseñarle el significado de ese momento especial del año.
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– Su vulnerabilidad es demasiado llamativa -asintió.

– Lo sé -suspiró-. En este punto se encuentra lista para aferrarse a cualquiera que le muestre un poco de amabilidad.

– Ya está loca por ti -la miró fijamente-. Por eso es imperativo que la reunamos con su familia lo más pronto posible. De lo contrario, no querrá dejarte.

– Ni a ti -añadió con voz trémula-. La has oído. Ya nos ha confiado que desearía que fuéramos sus padres.

– Como la niña que es, quiere negar todo lo malo y aspirar a lo bueno.

Al ser Vance un soltero confirmado, era evidente que no le había gustado el deseo de Sarah. Eso no debería haberla herido, pero, de algún modo, lo había hecho. Los sentimientos que ella experimentaba no eran compartidos por Vance. ¿Y por qué habría de ser así? «¡Eres una tonta, Brooke Longley!»

– Es posible que Sarah sea la víctima de secuestro de otra situación -teorizó él-. Probablemente tenga unos padres que se llenarán de alegría al enterarse de que la van a recuperar.

– ¿Y si es la pequeña cuya madre fue asesinada? ¿Tiene padre? -Vance exhibió una mirada que ella no pudo descifrar.

– Según mis fuentes, la madre jamás se casó y el padre la dejó hace mucho tiempo.

– Entonces, ¿Sarah está sola en el mundo? -preguntó con un jadeo.

– No necesariamente. Podría tener más familia. Tías y tíos. Ya he pedido en el departamento que lo investiguen.

– Pero, ¿si no aparece nadie para reclamarla? -musitó.

– No lleguemos a conclusiones precipitadas -sus facciones se endurecieron.

– Será entregada a hogares de refugio hasta que sea adoptada, ¿verdad? -insistió Brooke. La idea de que Sarah tuviera que vivir con desconocidos la atormentaba-. Esa gente no sería capaz de comprender el trauma por el que ha pasado, Vance. Es tan joven e inocente. Tan dulce. No podría soportar…

– Brooke -murmuró con voz ronca. Al siguiente instante la tuvo en sus fuertes brazos y apoyó su cara contra su hombro, donde ella se desmoronó.

– Si la hubieras oído llorar durante la tormenta, si hubieras visto sus piernas desprotegidas, delgadas y frías sosteniéndola mientras aporreaba el escaparate con las manos heladas, tú…

– Sss -reprendió con gentileza sobre su sedoso pelo rubio y la abrazó con más fuerza-. La encontraste a tiempo. Se encuentra a salvo y cobijada bajo tu techo. No pienses en los problemas. Estamos en Navidad, ¿recuerdas? Un tiempo de milagros.

– Tienes razón -hipó-. Fue un milagro que pudiera oírla en esa tormenta. Si no…

– Pero la oíste -musitó.

– Prométeme una cosa, Vance -le agarró los brazos.

– ¿Qué?

– Prométeme que si no tiene familia usarás tu influencia para cerciorarte de que vaya con los mejores padres adoptivos que haya -en su ansiedad alzó la cabeza sin darse cuenta hasta que fue demasiado tarde de lo cerca que quedarían sus caras. Sintió el calor de su aliento en la mejilla-. Prométeme que será la gente idónea la que termine por cuidar de ella.

– Lo prometo -su intensa mirada taladró sus ojos verdes.

– Gracias -sintió que el juramento abarcaba el núcleo de su cuerpo; sin éxito intentó frenar las lágrimas.

– No hace falta que me las des -una vez más le rozó la boca con los labios antes de soltarla. Brooke notó un extraño vacío sin sus brazos alrededor de ella-. Yo quiero lo mismo para Sarah -añadió al ponerse a recoger los regalos para llevarlos de vuelta al salón.

Ella lo creyó. Había sido testigo del vínculo que se había creado entre Sarah y Vance, un milagro en sí mismo si se consideraba que la pequeña había estado a merced de unos hombres terribles hasta esa noche. Tras esa experiencia, no le habría extrañado que los hombres la asustaran. Pero Vance tenía una manera de ser…

«Y no solo con los niños», gritó su corazón. La proximidad de sus cuerpos le había parecido perfecta. Tenerlo bajo su techo esa noche resultaba lo más natural del mundo. Si quería ser totalmente sincera consigo misma, deseaba que la magia de esa Navidad no se terminara jamás.

El año anterior a esa hora había querido morir.

Ese año…

Ese año, Vance y Sarah podían ser la familia con la que siempre había soñado. No parecía posible que algo semejante hubiera pasado, sin embargo, allí estaban los tres juntos.

¡Vance no podía averiguar lo que sentía! Debería representar la mejor actuación de su vida.

Porque todo en ella gritaba para seguirlo al salón y pasar el resto de la noche hablando con él, comprendió que debía renunciar a ese placer.

Decidida como nunca lo había estado en la vida, permaneció en la cocina para limpiar el desorden que habían creado.

Después de proporcionarle a Vance un tiempo de media hora, apagó la luz y se dirigió de puntillas al salón. Sarah dormía, y la respiración profunda y regular de Vance le indicó que él también.

Resistió el impulso casi abrumador de acercársele. A cambio, se metió en la cama junto a Jimmy y Sarah.

La noche anterior jamás habría podido imaginar la situación en la que se encontraba. No obstante, esa noche no era capaz de imaginar otra cosa.

Se puso de costado para poder darse un festín con el físico de Vance. No supo cuánto tiempo permaneció así, quizá media hora. Pero en algún momento debió quedarse dormida. Por la mañana fue consciente de que alguien la llamaba. Al principio pensó que soñaba, pero al final se dio cuenta de que era la voz de Sarah.

– No me pegues, Charlie. Seré buena. Seré buena.

Brooke se irguió en la cama y se apartó el pelo de los ojos. El reloj indicaba las cinco y media. Al parecer Sarah tenía una pesadilla. Aunque muy dormida, con el brazo se cubría la cabeza como para evitar un golpe.

A poca distancia, el resplandor del árbol de Navidad revelaba las facciones talladas del rostro de Vance y su torso cubierto con una camiseta blanca. También él había oído los gritos de la pequeña y se había despertado. Encendió una de las lámparas para iluminar el salón.

Sus ojos se encontraron con una comprensión horrorizada antes de que Brooke abrazara a Sarah.

– Está bien, cariño. Ha sido solo un sueño -musitó. Por ese entonces, Vance, que llevaba la parte inferior de los pijamas azules de su padre, se había acercado a ellas para sentarse del otro lado de la niña y rodearlas a ambas con un brazo.

El gesto tenía la intención de consolar a la pequeña. Pero hizo que Brooke fuera muy consciente de su cercanía física. A la mínima provocación se acurrucaría en sus brazos y no se movería de allí.

Al principio Sarah pareció desorientada. Miró a Brooke y luego trasladó su atención a Vance, quien bajó la cabeza y le besó la punta de la nariz. Eso provocó una amplia sonrisa en su carita y consiguió sacarla de su estado.

– Feliz Navidad, Sarah. Parece que Papá Noel vino anoche.

– ¿Me ha traído regalos? -lo miró maravillada.

– Mira bajo el árbol.

De inmediato la pequeña salió de la cama y corrió a examinar los paquetes, gritando extasiada ante cada uno de ellos.

– Veo algo más que cuelga de la chimenea -indicó Brooke.

Mientras Sarah se dirigía hacia allí para inspeccionar, Vance la miró. Ella vio muchas cosas en sus ojos, entre ellas una expresión de ternura indescriptible. Durante ese momento íntimo de silencio, le pareció vislumbrar la esencia del hombre que probablemente no mostraba muy a menudo ese lado vulnerable. Fue una revelación.

– ¡Es un calcetín! ¿Puedo bajarlo? -Sarah daba botes de excitación.

Vance rio entre dientes antes de centrar su atención en la pequeña.

– Desde luego. Papá Noel lo dejó lleno de cosas ricas, especialmente para ti.

Observar a Sarah era como redescubrir el júbilo de la Navidad con todo su entusiasmo. Brooke no necesitaba mirar a Vance para saber que experimentaba lo mismo.

La pequeña tiró del calcetín y, como cualquier otra niña, vertió su contenido hasta dejar todo extendido sobre la alfombra.

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