Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– César y Silio: situaréis la cohorte en cabeza del ariete que avance hacia la puerta. Cuando lleguéis a ella, resistid a toda costa.
Tras lo cual, siguió dando órdenes.
– Los dioses me valgan, ese cunnus de Lúculo me ha dado un niño bonito por jefe -masculló Silio, torciendo el gesto y mirando a César, mientras Lúculo terminaba de dar las órdenes.
César respondió a la afrenta del veterano centurión con un simple fulgor de ira en la mirada, y se echó a reír.
– ¿Y no prefieres tener por jefe a un niño bonito que ha estado dos años seguidos sentado en las rodillas de Mario escuchando cómo se combate que a un legado que no sabe dónde tiene la mano derecha?
¡Cayo Mario! Era el nombre que resonaba como una campana en el corazón de todo buen soldado romano. La mirada que Marco Silio dirigió a su jefe era inquisitiva y menos severa.
– ¿Y qué eras tú de Cayo Mario? -preguntó.
– Era mi tío y creía en mí -contestó César.
– Pero ésta es tu primera campaña… y tu primer combate -replicó Silio.
– ¿Te lo sabes todo, verdad, Silio? Pues toma nota de esto: no voy a dejarte a ti ni a tus hombres en la estacada, pero si me dejáis vosotros a mí haré que os azoten -le dijo César.
– Trato hecho -se apresuró a contestar Silio, alejándose para dar instrucciones a sus centuriones subordinados.
Lúculo no era el tipo de general que pierde el tiempo. En cuanto los oficiales transmitieron las órdenes y la tropa estuvo en formación, dio orden de avanzar. Le resultaba evidente que el enemigo no tenía plan de batalla, ya que sólo aguardaba apiñado en el terreno interior del muro de asedio, y, cuando el ejército romano inició el avance, aquel enemigo no hizo ningún movimiento de ataque; resistirían el ataque con los escudos y lucharían cuerpo a cuerpo, convencidos de vencerles por su superioridad numérica.
Tan astuto como agresivo, Silio hizo correr la voz entre sus seiscientos hombres de que el jefe era un niño bonito, sobrino, además, de Cayo Mario y que Cayo Mario creía en él.
César avanzaba en cabeza del estandarte, con el gran escudo rectangular en el brazo izquierdo y la espada sin desenvainar; Mario le había dicho que no debía desenvainarse hasta el último momento antes de atacar al enemigo, porque:
– No puedes mirar el terreno, avances al paso o corras, y si la llevas desenvainada en la mano derecha y caes en un hoyo o tropiezas con una piedra, puedes herirte tú mismo -le había comentado balbuciente con su torcida boca paralizada.
César no tenía miedo ni en lo más íntimo de su ser, y ni por un instante se le ocurrió pensar que fuera a morir. En un momento dado advirtió que sus hombres iban cantando.
¡So-mos-los-fim-bria-nos!
¡Ojo-a-los-fim-bria-nos!
¡Le-di-mos-al-rey-del-Pon-to!
¡So-mos-los-me-jo-res!
Fascinante, pensó César conforme se acercaban cada vez más a las hordas de Mitilene. Debe de hacer cuatro años que murió Fimbria; cuatro años en los que habían combatido con dos Licinios, Murena y ahora con Lúculo. Fimbria era un lobo y ellos siguen considerándose soldados de él. Nunca se considerarán licinianos. No sé qué pensarán de Murena, pero a Lúculo le detestan. ¡No es de extrañar! Es un aristócrata estirado, que no cree que es útil que la tropa le estime. No sabe el error que comete.
En el momento preciso César hizo seña al corneta para que tocase «lanzar venablos», y se mantuvo erguido cuando por encima de su cabeza sintió los silbidos de las dos voleas, que hicieron buen estrago en las filas de los de Mitilene. ¡Adelante!
Desenvainó la espada y la hizo brillar al aire, oyendo el ruido propio de las seiscientas espadas desenvainadas, y se encaminó con calma hacia el enemigo como un senador andando por el Foro, escudo en ristre y sin preocuparse por lo que sucedía a sus espaldas. Corto y de doble filo muy afilado, el gladium no era un arma para blandirla sobre la cabeza y descargarla y César la empleaba con arreglo a su propósito: esgrimida a la altura del vientre con la hoja en diagonal, punta hacia arriba. Estocada y empellón; empellón y estocada.
Al enemigo no le gustaba aquel tipo de ataque dirigido a las sensibles ijadas, y la cohorte de rebeldes fimbrianos siguió avanzando sin que los de Mitilene tuviesen espacio suficiente para manejar sus largas espadas por encima de la cabeza; la sorpresa les hacía retroceder, y la presión de los romanos los mantuvo suficientemente en retirada para ver aparecer por la brecha la columna-ariete de Lúculo que desde el centro de la media luna comenzó a internarse en las filas del enemigo.
Pero los de Mitilene, tras aquel primer retroceso, cobraron valor y se dispusieron a combatir con todas sus ganas, por odio a Roma, y decididos a morir antes que su querida ciudad cayera en manos extranjeras.
Pero César vio en seguida que aquel coraje era en gran parte ficticio. Cuando se te acerque un enemigo no hay que mostrar terror ni ceder terreno, porque si no pierdes el enfrentamiento psicológicamente y aumentan las posibilidades de morir. Atacar, atacar y seguir atacando; parecer invencible, y entonces es el enemigo el que cede terreno. Y César era excepcional en el ataque; dotado de sensibles reflejos y vista agudísima, combatió durante un buen rato sin pensar en lo que sucedía a sus espaldas.
Pero reflexionó y se dijo que había que pensar con inteligencia, aun en lo más encarnizado del combate. El era el jefe de la cohorte, y casi se había olvidado de su existencia. ¿Pero cómo volverse y ver lo que sucedía sin quedar aislado? ¿Cómo encontrar un punto elevado desde el cual formarse una idea de la situación? Notaba el brazo algo cansado, aunque la posición baja de ataque y el menor peso de su espada no podían compararse con el cansancio que sufría el enemigo con sus espadas mucho más pesadas: cada vez las blandían con menor precisión y las descargaban con menos fuerza.
Vio a un lado un montón de cadáveres enemigos en medio del reflujo de los que retrocedían, y redobló su fuerza de ataque para aprovechar la ocasión y subirse a él para ver. Unicamente sus piernas quedarían expuestas, pero podía girar en redondo sobre el siniestro montículo para parar cualquier golpe.
Sus hombres le vitorearon al verle, y eso le reconfortó; pero observó que la cohorte estaba aislada. El ariete de Lúculo había abierto brecha, pero no le habían apoyado debidamente. Estamos en una isla en medio del enemigo, pensó. ¡Pero aguantaremos y no moriremos! Descendió del montón con una serie de asombrosos saltos que sorprendieron al enemigo y se llegó al lado de Marco Silio que seguía avanzando.
– Estamos aislados. Toca «formación en cuadro» -dijo al corneta, que luchaba junto al portaestandarte.
El cuadrado se formó con inaudita precisión y rapidez. ¡Ah, qué buenas tropas! César y Silio entraron en el cuadrado y fueron recorriendo el perímetro animando a los soldados y ordenando reforzar los puntos débiles.
– Si tuviera una mula podría ver lo que está sucediendo en el campo de batalla -dijo César a Silio-, pero los tribunos militares al mando de una simple cohorte no van montados. Es un error.
– ¡Eso se arregla! -dijo Silio, que ya le miraba con gran respeto, silbando a una docena de soldados de reserva que estaban allí cerca-. Te haremos una tribuna de hombres y escudos.
Al poco, César estaba de puntillas sobre una plataforma de cuatro hombres con los escudos por encima de la cabeza, a la que había accedido por escalones también humanos.
– ¡Ten cuidado con los venablos! -le gritó Silio.
Ahora veía que el resultado de la batalla no estaba decidido, pero la táctica de Lúculo surtía efecto. El enemigo parecía hallarse a punto de ser arrollado inexorablemente por los flancos de la formación romana que se iban cerrando.
– ¡Dame el estandarte! -gritó César, cogiéndolo al vuelo y enarbolándolo en dirección a Lúculo, muy visible sobre su caballo blanco-. Así al menos el general sabrá que estamos vivos y no retrocedemos como nos ordenó -dijo a Silio al bajar de su atalaya, al tiempo que dirigía un gesto grosero a dos lanceros enemigos-. Gracias por la tribuna. No se sabe muy bien quién va ganando.