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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Procuró no pensar en lobos, pero éstos no dejaban de ocupar su mente. No había soñado con Ba’alzemon desde que habían conocido a Elyas. Sus sueños, por cuanto recordaba de ellos al despertar, estaban ocupados por asuntos cotidianos, al igual que cuando se encontraba en casa antes de la Noche de Invierno, antes de Baerlon. Eran sueños normales, con una salvedad: en todos ellos, en un determinado momento, cuando levantaba la cabeza de la forja de maese Luhhan para enjugarse el sudor, acababa de bailar en el Prado con una muchacha del pueblo o separaba la vista de la página de un libro delante del hogar, había un lobo a corta distancia, tanto si se hallaba al aire libre como en una casa. El animal siempre estaba de espaldas a Perrin y él todas las veces tenía la certeza de que sus ojos vigilaban atentos para detectar posibles peligros, lo cual parecía perfectamente normal en sueños, aun cuando se encontrase en el comedor de Alsbet Luhhan. Sólo en estado de vigilia sentía extrañeza al reflexionar sobre ello.

Durante aquellas tres jornadas, Moteado, Saltador y Viento les llevaban conejos y ardillas y Elyas les informaba de las plantas, en su mayoría desconocidas para Perrin, que eran comestibles. En una ocasión un conejo saltó casi bajo los cascos de Bela y, antes de que Perrin hubiera colocado una piedra en la honda, Elyas lo ensartó con su largo cuchillo a una distancia de veinte pasos. En otra, Elyas abatió un robusto faisán con su arco. A pesar de que comían mucho mejor que cuando vagaban solos, Perrin se hubiera avenido de buen grado a disponer de raciones más exiguas con tal de cambiar de compañía. No estaba seguro de cuál sería la opinión de Egwene al respecto, pero él habría estado dispuesto a pasar hambre y perder de vista a los lobos.

Al tercer día, por la tarde, llegaron cerca de una arboleda de dimensiones superiores a las que habían cruzado, de un radio aproximado de cuatro kilómetros. El sol se ponía en el horizonte y daba paso a las sombras, y el viento comenzaba a levantarse. Perrin sintió cómo los lobos dejaban de guardarles las espaldas para caminar adelante, sin apresurarse. No habían olido ni visto nada peligroso. Egwene cumplía su turno a lomos de Bela. Era hora de buscar un lugar donde pasar la noche y aquel bosquecillo era apropiado para acampar.

Cuando se aproximaban a los árboles, salieron de la maleza tres mastines de ancho hocico, tan altos como los lobos e incluso más robustos, que enseñaban los dientes entre gruñidos. Al llegar al lindero, se detuvieron en seco, cuando apenas mediaban ocho metros entre ellos y las tres personas; una amenaza de muerte destellaba en sus oscuras miradas.

Bela, que ya tenía los nervios de punta a causa de las fieras que los habían tomado como amigos, relinchó, a punto de derribar a Egwene, pero Perrin ya hacía girar la onda un instante después. No había necesidad de utilizar el hacha con los perros cuando una pedrada en las costillas los haría echar a correr.

Elyas agitó una mano sin apartar los ojos de los tensos canes.

—¡Sssst! ¡Ahora no!

Perrin lo miró con mala cara, pero dejó reducir la velocidad del círculo de la honda hasta que ésta cayó al fin de lado. Egwene logró controlar a la yegua que, al igual que ella, miraba con recelo a aquellos nuevos animales.

Los mastines, con el pelo erizado y las orejas enhiestas, gruñían ruidosamente. De pronto, Elyas levantó un dedo a la altura de su hombro y emitió un largo silbido, un sonido penetrante más agudo cada vez. Los perros callaron y se echaron atrás, pero empezaron a gemir y volvían las cabezas como si quisieran marcharse y algo los retuviese. Tenían los ojos clavados en el dedo de Elyas.

El hombre bajó poco a poco la mano, al tiempo que su silbido se tornaba más grave. Los mastines descendieron hasta quedar tendidos en el suelo, con la lengua colgando. Tres colas se agitaban.

—¿Ves? —dijo Elyas mientras caminaba hacia los perros—. No hay necesidad de usar armas. —Los perros le lamieron las manos, mientras él les acariciaba la cabeza y las orejas—. Parecen más violentos de lo que son en realidad. Sólo querían asustarnos y no nos habrían mordido a menos que hubiéramos intentado entrar en la arboleda. De todos modos, ya no tenemos por qué preocuparnos. Podemos llegar al siguiente bosquecillo antes de que se haga de noche.

Cuando Perrin miró a Egwene, ésta se hallaba tan perpleja como él.

Sin dejar de acariciar a los perros, Elyas estudió los árboles y comentó:

—Habrá Tuatha’an aquí, gente del Pueblo Errante. —Al advertir el desconcierto de sus miradas, agregó— Gitanos.

—¿Gitanos? —repitió Perrin—. Siempre he querido ver a los gitanos. A veces acampan en la otra orilla del Taren, pero nunca bajan a Dos Ríos, por lo que tengo entendido. No sé por qué será.

—Probablemente porque los habitantes del Embarcadero de Taren son ladrones tan redomados como los gitanos —contestó airada Egwene—. Seguro que acabarían robándose unos a otros. Maese Elyas, ¿no sería mejor que prosiguiéramos camino si hay gitanos por aquí? No querríamos que nos robaran a Bela y… bueno, no tenemos gran cosa más, pero de todos es sabido que los gitanos hurtan todo tipo de cosas.

—¿Incluso a los niños? —inquirió con aspereza Elyas.

Escupió al suelo, haciendo ruborizar a Egwene. Aquellas historias sobre criaturas desaparecidas las contaban casi siempre Cenn Buie o alguno de los Coplin o de los Congar. Los otros cargos imputados a aquella raza eran del dominio público.

—Los gitanos me ponen enfermo a veces, pero he de afirmar que no roban más que cualquier otro pueblo. Mucho menos que algunos que yo conozco.

—Va a oscurecer pronto, Elyas —avisó Perrin—. Debemos acampar en algún sitio. ¿Por qué no con ellos si quieren acogernos?

La señora Luhhan tenía una cazuela que habían arreglado los gitanos que, en su opinión, había quedado mejor que nueva. Maese Luhhan no compartía de buena gana la apreciación de su esposa sobre el trabajo de los gitanos, pero Perrin deseaba ver cómo lo realizaban. No obstante, Elyas no mostraba buena disposición a aproximarse a ellos.

—¿Existe algún motivo por el que no debamos tener contacto con ellos?

Elyas efectuó un signo de negación con la cabeza, si bien su boca fruncida y la postura de sus hombros indicaban una actitud reacia.

—Podemos visitarlos. Pero no prestéis atención a lo que dicen. Es todo una sarta de tonterías. Los gitanos se comportan casi siempre de manera despreocupada, mas a veces dan gran importancia a las formalidades. De modo que actuad según lo haga yo. Y guardad vuestros secretos. No es preciso dar explicaciones a todo el mundo.

Los mastines los siguieron moviendo la cola mientras se adentraron en la foresta con Elyas en cabeza. Perrin notó cómo los lobos aminoraban la marcha, consciente de que no entrarían. Los perros no les inspiraban temor sino desprecio por haber cambiado la libertad por el derecho a yacer junto al fuego. Era a las personas a quienes evitaban.

Elyas se encaminó con paso seguro, como si conociera el camino, hacia el centro del bosquecillo, donde, en efecto, aparecieron los carromatos de los gitanos, diseminados entre los robles y fresnos.

Al igual que los demás habitantes de Campo de Emond, Perrin había oído hablar mucho de los gitanos aunque nunca hubiera visto ninguno, por lo que, al ver el campamento, ya tenía formada una idea sobre su aspecto, y éste se ajustó a sus expectativas. Los carromatos eran pequeñas casas sobre ruedas, altas cajas de maderas lacadas y pintadas con colores vivos, rojos, azules, amarillos y verdes y algunos matices a los que no supo atribuir un nombre. El Pueblo Errante se hallaba ocupado en las decepcionantes e inevitables tareas diarias: cocinar, coser, cuidar a los niños, recomponer arneses… Sus vestimentas tenían un colorido aún más chocante que el de sus carruajes, el cual, según todos los indicios, había sido elegido al azar, formando unas combinaciones tan abigarradas que casi dañaban la vista y les daban el aspecto de una bandada de mariposas revoloteando sobre un campo de flores.

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