Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El ojo del mundo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
1 ... 117 118 119 120 121 122 123 124 125 ... 267
Перейти на страницу:

—¿Y qué hacéis cuando alguien os ataca? —arguyó Perrin—. ¿Cómo reaccionáis cuando alguien os golpea o intenta robaros o mataros?

Raen suspiró con paciencia, como si Perrin no percibiera algo del todo evidente.

—Si alguien me pegara, le preguntaría qué lo induce a obrar de ese modo. Y, si persistiera en su actitud, me alejaría de él, lo cual haría también en caso de que intentara robarme o matarme. Sería preferible dejar que tomara lo que quiere, mi vida incluso, a que yo le respondiera con una agresión. Y lo haría con la esperanza de que no saliera demasiado malparado.

—Pero si habéis dicho que no le haríais nada —objetó Perrin.

—En efecto, pero la violencia tiene un efecto negativo tanto en el agresor como en la víctima. —Perrin parecía escéptico—. Supongamos que abates un árbol con tu hacha —propuso Raen—. El hacha agrede el árbol y sale intacta de ese acto. ¿Es así como lo ves tú? La madera es blanda comparada con el acero, pero, a medida que vas cortando, el filo del acero pierde su agudeza y la savia del árbol la oxida. La poderosa hacha violenta el árbol indefenso, pero éste la deteriora. Lo mismo sucede con los hombres, si bien el daño se centra en el espíritu.

—Pero…

—Basta —gruñó Elyas, interrumpiendo a Perrin—. Raen, ya te trae bastantes problemas dondequiera que vas tu afición a convertir a los mozos de los pueblos. No te he traído a éstos aquí para que trates de aleccionarlos, así que es mejor que no insistas.

—¿Y, que los deje a tu merced? —replicó Ila, machacando entre las palmas de sus manos unas hierbas que luego dejaba caer en la cazuela. Su voz era calmada, pero frotaba con furia las hierbas—. ¿Les enseñarás a seguir tu estilo de vida, matar o morir? ¿Vas a conducirlos al mismo destino que te estás labrando, morir solo con la única compañía de los cuervos y de tus…, tus amigos que aguardarán para disputarse tu cadáver?

—Déjalo, Ila —dijo en tono apaciguador Raen, como si escuchara aquello por centésima vez—. Le hemos dado la bienvenida a nuestro fuego, esposa mía.

Ila desistió, pero sin presentar excusas, según advirtió Perrin. En su lugar, miró a Elyas y sacudió con tristeza la cabeza; después se secó las manos y comenzó a sacar cucharas y escudillas de barro de un baúl rojo adosado al carromato.

—Mi viejo amigo —protestó Raen, en respuesta a Elyas—, ¿cuántas veces debo decirte que no intentamos convertir a nadie? Cuando la gente de los pueblos siente curiosidad por nuestro modo de vida, no hacemos más que responder a sus preguntas. Si bien es cierto que los que nos interrogan con más frecuencia son los jóvenes y que de tanto en tanto alguno de ellos se une a nosotros cuando reemprendemos viaje, lo hacen siempre por propia voluntad.

—Prueba a explicarle esto a alguna campesina que se haya encontrado en el caso de que su hijo o su hija se ha escapado con los gitanos —replicó con ironía Elyas—. Ésa es la razón por la que no se os permite ni siquiera acampar en las afueras de las ciudades. Los de los pueblos os toleran porque les arregláis los cacharros, pero los de las ciudades no os necesitan y no les gusta qué instéis a sus retoños a fugarse.

—Desconozco qué permiten exactamente en las ciudades. —La paciencia de Raen parecía inagotable. No daba ni la más leve muestra de enfado—. Siempre hay hombres violentos allí. De todas maneras, no creo que encontremos la canción en un gran burgo.

—No es mi intención ofenderos, Buscador —intervino Perrin—, pero… Bueno, no soy amigo de usar la violencia. Me parece que no he luchado con nadie hace años excepto en las competiciones festivas. Sin embargo, si alguien me atacara, yo no me quedaría quieto. De lo contrario, sería animarlo para que la emprendiera conmigo cuando quisiera. Algunas personas se creen con derecho a abusar de los demás, y, si no se les paran los pies, irán por el mundo tiranizando a todo aquel que sea más débil que ellos.

—Alguna gente —reconoció Aram con tristeza—es incapaz de superar los más bajos instintos. —La mirada que dirigió a Perrin mientras hablaba dejó bien claro que no se refería a los desalmados que él había puesto por ejemplo.

—Apuesto a que os debe tocar correr a menudo —aventuró Perrin.

El rostro del joven gitano adoptó una tensa expresión que no guardaba ninguna relación con la Filosofía de la Hoja.

—Encuentro interesante —dijo Egwene, mirando con dureza a Perrin—conocer a alguien que no confíe en resolver todos sus problemas con la sola fuerza de sus músculos.

Aram recobró enseguida su bien humor y se levantó, ofreciendo con una sonrisa sus manos a la muchacha.

—Deja que te enseñe nuestro campamento. Hay baile.

—Me encantará —respondió ésta.

Ila se enderezó, abandonando por un momento la tarea de sacar panecillos del horno.

—Pero la cena está lista, Aram.

—Comeré con mi madre —respondió Aram, mientras se alejaba del carromato con Egwene de la mano—. Los dos comeremos con ella.

Entonces dedicó una sonrisa de triunfo a Perrin. Egwene reía mientras corrían.

Perrin se puso en pie y luego se detuvo. No podría sucederle nada a su amiga, si era cierto que aquella gente vivía de acuerdo a la Filosofía de la Hoja que profesaba Raen.

—Excusadme. Soy un invitado y no debiera haber… —se disculpó ante Raen e Ila, que miraban con desazón a su nieto.

—No seas estúpido —replicó con calma Ila—. Es él quien se ha comportado como no debe. Siéntate y come.

—Aram es un joven conflictivo —agregó, afligido, Raen—. Es un buen muchacho, pero a veces pienso que le cuesta ajustarse a la Filosofía de la Hoja. Me temo que no es el único que experimenta esa dificultad. Mi fuego es tuyo. Te ruego que tengas a bien compartirlo con nosotros.

Perrin volvió a sentarse lentamente, sin desprenderse de la sensación de que había actuado con torpeza.

—¿Qué ocurre con los que no son capaces de seguir esa filosofía? —preguntó—. Me refiero a los gitanos.

Raen e Ila cruzaron una mirada angustiada antes de que el Buscador respondiera:

—Nos abandonan. Los Renegados van a vivir a los pueblos.

—Los Renegados no pueden encontrar la felicidad —sentenció Ila, suspirando, con la mirada perdida en la dirección en que se había alejado su nieto.

No obstante, su cara había recobrado la placidez un instante después, cuando repartía cucharas y escudillas. Perrin hundió la cabeza entre los hombros, arrepentido de haber formulado aquella pregunta, y la conversación cesó al tiempo que Ila llenaba los cuencos con un espeso cocido de verduras y les daba unas gruesas rebanadas de pan crujiente. El guiso estaba delicioso y Perrin tomó tres escudillas seguidas, mientras que Elyas, observó con una sonrisa, dio cuenta de cuatro.

Después de la comida, Raen cargó su pipa y Elyas sacó la suya, la cual llenó con el tabaco de Raen. Una vez que hubieron efectuado el ritual de encendido, se arrellanaron en silencio. Ila se puso a hacer calceta. El sol era ya sólo un aro rojizo en el cielo de poniente. El campamento se disponía a pasar la noche, pero el bullicio no había remitido. Otros músicos habían sustituido a los que tocaban a su llegada y ahora había aún más gente que danzaba alrededor de las fogatas y proyectaba su sombra sobre los carromatos. En algún punto, se elevó un coro de voces masculinas. Perrin comenzó a dormitar.

—¿Has visitado a algún Tuatha’an desde que te separaste de nosotros la pasada primavera? —preguntó Raen a Elyas al cabo de un rato.

Perrin abrió los ojos, para entrecerrarlos casi instantáneamente.

—No —repuso Elyas, con la pipa entre los labios—. No me gusta estar rodeado de demasiada gente.

Raen rió entre dientes.

—Especialmente de gente que tiene una ideología tan distinta de la tuya, ¿eh? No, mi viejo amigo, no te inquietes. Ya abandoné hace años la esperanza de que te sumaras a la Filosofía. Sin embargo, nos han contado algo que, si no ha llegado aún a tus oídos, puede interesarte. Para mí conserva su interés, a pesar de que lo he escuchado ya en múltiples ocasiones, cada vez que nos cruzamos con otros miembros de nuestro pueblo.

1 ... 117 118 119 120 121 122 123 124 125 ... 267
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)