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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Ya te he pedido disculpas, Egwene. De veras me alegra que te hayas divertido en el baile.

—Dime que están vivos —murmuró apoyada en su pecho.

—¿Cómo?

Egwene se despegó de él, reteniéndole los brazos con las manos, y lo miró en la penumbra.

—Rand y Mat y los demás. Dime que están vivos. Perrin respiró hondo y miró dubitativo en derredor.

—Están vivos —declaró por último.

—Bien. —Se enjugó deprisa las mejillas con los dedos—. Eso es lo que quería oír. Buenas noches, Perrin. Que duermas bien.

Tras de ponerse de puntillas, le rozó la frente con los labios y luego se alejó de él sin darle tiempo a decir palabra alguna.

Se volvió para mirarla. Ila se levantó y las dos mujeres se encaminaron al carromato hablando en voz baja. «Rand lo entendería», pensó, «pero yo no».

Distantes en la noche, los lobos recibieron con sus aullidos el ascenso de la primera rodaja de la luna nueva en el horizonte y él se estremeció. Al día siguiente tendría tiempo de sobra para preocuparse por los lobos. No fue así, puesto que éstos estaban aguardando para hacer aparición en sus sueños.

26

Puente blanco

La última nota imprecisa de lo que había sido una interpretación apenas reconocible de «El viento que agita el sauce» se desvaneció por fin y Mat apartó de sus labios la flauta incrustada de oro y plata de Thom. Rand despegó las manos de sus orejas. Un marinero que enroscaba un cabo en cubierta dejó escapar un ruidoso suspiro de alivio. Por un momento, sólo se escuchó el sonido del agua al lamer el casco, el rítmico batir de los remos y el arrullo de los aparejos impulsado por el viento.

—Supongo que debería darte las gracias —murmuró Thom Merrilin—por demostrarme cuán acertado es el viejo dicho: «Por más que le enseñes, nunca aprenderá un cerdo a tocar la flauta».

Los marinos estallaron en risas y Mat hizo ademán de arrojarle la flauta a la cabeza. Prudentemente, el juglar le quitó el instrumento de la mano y lo guardó en su funda de cuero.

—Pensaba que todos los pastores pasabais el rato tocando la flauta mientras apacentabais el ganado. Esto me enseña a no fiarme más que de lo que vean mis ojos.

—Rand es el pastor —gruñó Mat—. Y es él el que toca la flauta.

—Sí, bien, tiene cierta aptitud. Quizá será mejor que centremos nuestros esfuerzos en los malabarismos, muchacho. Al menos das prueba de algún talento para ello.

—Thom —llamó Rand—, no sé por qué os estáis tomando tantas molestias. —Dio una ojeada a la tripulación y bajó la voz—. Después de todo, no tenemos verdaderamente intención de convertirnos en juglares. Sólo es algo para pasar inadvertidos hasta que encontremos a Moraine y a los demás.

Thom se tiró de los bigotes, absorto, al parecer, en la observación de la funda marrón que reposaba en sus rodillas.

—¿Y qué ocurrirá si no los encontramos, hijo? No tenemos ninguna prueba de que todavía estén vivos.

—Lo están —afirmó con convicción Rand, antes de volverse hacia Mat para, solicitar mudamente su apoyo. Mat, sin embargo, mostraba un rostro ceñudo, con los labios apretados en una fina línea y los ojos fijos en la cubierta—. Bueno, di algo —lo instó—. No es posible que te enfurezca tanto no saber tocar la flauta. Yo tampoco lo hago muy bien. Nunca te había ilusionado aprender a hacerlo.

Mat irguió la cabeza, todavía ceñudo.

—¿Y qué pasaría si estuvieran muertos? —espetó en voz baja—. Tenemos que aceptar los hechos, ¿no?

En aquel momento, el vigía gritó:

—¡Puente Blanco! ¡Puente Blanco a la vista!

Por espacio de un largo minuto, reacio a creer que Mat fuera capaz de decir tan impasiblemente algo como aquello, Rand sostuvo la mirada de su amigo en medio del alboroto de marinos que se aprestaban a atracar. Mat lo miraba airadamente con la cabeza hundida entre los hombros. Eran tantas las cosas que quería expresar Rand, que no hallaba las palabras oportunas. Debían mantener la confianza en que los demás permanecieran con vida. Debían hacerlo. «¿Por qué?», le asaltó una duda en lo más recóndito de su conciencia, «¿para que todo acabe como uno de los cuentos de Thom, en que los héroes encuentran un tesoro y derrotan al malo para vivir luego felices para siempre? Algunas de sus historias no tienen ese final. A veces los protagonistas mueren. ¿Eres acaso un héroe, Rand al’Thor? ¿Eres un héroe, pastor de ovejas?»

De pronto Mat enrojeció y apartó la vista. Liberado de sus pensamientos, Rand se puso en pie para dirigirse entre la barahúnda a la barandilla. Mat caminó tras él lentamente, sin esforzarse siquiera en esquivar a los marinos que cruzaba.

Los hombres corrían por la embarcación con los pies desnudos; algunos arriaban velas y ataban y desataban cabos, otros acarreaban sacos de hule rebosante de lana, mientras otros preparaban sogas tan gruesas como la muñeca de Rand. A pesar de la prisa, todos se movían con la confianza de quien ha realizado la misma operación cientos de veces; sin embargo, el capitán Domon gritaba órdenes al tiempo que recorría cubierta y regañaba a aquellos que no trabajaban con la premura que él consideraba adecuada.

Rand centraba su atención de forma exclusiva en el escenario que les aguardaba al doblar una ligera curva del Arinelle. Había oído hablar de él, en canciones, historias y relatos de buhoneros, pero ahora le sería dado contemplar de cerca la leyenda.

El Puente Blanco se arqueaba por encima del amplio cauce, alcanzando una altura que doblaba la del mástil del Spray, y resplandecía de punta a punta con un color blanco lechoso que reunía la luz del sol hasta brillar como un halo. Unas pilas recurvadas, del mismo material, se hundían en la caudalosa corriente, demasiado frágiles en apariencia para soportar su embate y el peso del puente.

El conjunto semejaba formar una sola pieza, como si la mano de un gigante lo hubiera moldeado con una única roca. Acariciaba las aguas con una gentileza que casi hacía olvidar su tamaño y sin embargo, sus dimensiones empequeñecían por contraste con la ciudad que se extendía a sus pies en la ribera este. No obstante, Puente Blanco era muchísimo más extenso que el Campo de Emond, con casas de piedra y ladrillo tan altas como las del Embarcadero de Taren y muelles de madera similares a largos dedos que señalaban hacia el río. En el Arinelle había una gran profusión de embarcaciones, en su mayoría de pescadores. Toda la escena estaba presidida por la imponente talla del puente de blanco resplandor.

—Es de cristal —observó Rand sin dirigirse a nadie en particular.

El capitán Domon se paró detrás de él y se introdujo los pulgares bajo su grueso cinturón.

—No, chico. Es lo que es, no cristal. Por más que arrecie la lluvia, nunca se vuelve resbaladizo y ni el mejor cincel ni el brazo más poderoso son capaces de hacerle una marca.

—Un vestigio de la Era de Leyenda —terció Thom—. Siempre he pensado que debía de ser así.

El capitán exhaló un terco gruñido.

—A lo mejor. Pero aun así es útil. Quizá lo construyeran otros. No tiene por qué ser una obra de Aes Sedai, que la Fortuna me acoja. No tiene por qué ser tan antiguo como eso. ¡A ver si te aplicas más, estúpido inepto! —Se alejó de ellos con una imprecación.

Rand contempló con asombro aquel prodigio. De la Era de Leyenda. Y, por consecuencia, levantado por las Aes Sedai. Aquél era el motivo de la reticencia mostrada por el capitán Domon, a pesar de su anterior charla acerca de las maravillas y rarezas que podían hallarse en el mundo. Una obra de Aes Sedai. Una cosa era oír hablar de ello y otra distinta verlo y tocarlo. «Eso ya lo sabías, ¿verdad?» Por un instante, Rand tuvo la sensación de que sobre la prístina estructura gravitaba una sombra. Apartó los ojos hacia los muelles cercanos, pero no obstante el puente todavía se proyectaba en su ángulo de visión.

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