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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Jadeante entre el calor, se detuvo para examinar la pared del laberinto. Estaba formada por espinos espesamente entrelazados, resecos y mortecinos, con afiladas espinas negras como ganchos de casi tres centímetros de longitud. Era demasiado alta para asomarse por arriba y demasiado densa para percibir algo a través de ella. Tocó con cautela el muro y se le cortó la respiración. A pesar de su prudencia, una espina se le había clavado en el dedo. Quemaba como una aguja candente. Retrocedió a trompicones, arañándose los talones en las piedras mientras sacudía la mano, que dejaba un reguero de sangre. La quemazón comenzó a remitir, pero sentía punzadas en toda la mano.

Bruscamente olvidó el dolor. En su carrera, había levantado con el pie una de aquellas piedras pulidas, que había dejado al descubierto la sequedad del suelo. Al observarla, sintió la mirada de unas cuencas vacías fijas en él. Era una calavera, una calavera humana. Recorrió con la vista el sendero pavimentado con aquellas formas lisas y pálidas, iguales unas a otras. Apartó deprisa los pies, pero era imposible moverse sin pisarlas. Lo asaltó el vago pensamiento de que las cosas no eran tal vez lo que aparentaban. Sin embargo lo desechó sin miramientos y se atuvo a la noción de peligro asociada a la actividad mental.

Retomó, tembloroso, conciencia de la situación. También era aventurado permanecer en un mismo sitio. Aquélla era una de las cosas que sabía de un modo confuso, aunque con convencimiento. El flujo de la sangre del dedo había dejado paso a un lento goteo y las punzadas casi habían desaparecido. Tras chuparse la herida, emprendió camino por el sendero en la dirección hacia la que estaba encarado. Ningún objetivo era preferible a otro en aquel lugar.

Entonces recordó haber oído decir que la forma de salir de un laberinto era girar siempre en el mismo sentido. En la primera abertura del muro de espinos, dobló hacia la derecha y también en la siguiente. Y se encontró frente a Ba’alzemon.

La sorpresa cruzó el semblante de Ba’alzemon mientras se posaban los pliegues de su capa de color sanguinolento ante su brusca detención. Sus ojos despedían terribles llamaradas, cuyo ardor no percibía Rand entre el calor del dédalo.

—¿Durante cuánto tiempo crees que podrás volver la espalda a tu destino? ¡Eres mío!

Rand retrocedió con paso inseguro; se preguntó por qué estaba tentándose el cinturón, como si buscara una espada.

—Que la Luz me sostenga —murmuró—. ¡Que la Luz me sostenga!

Ni siguiera recordaba qué significaban aquellas palabras.

—La Luz no te ayudará, muchacho, y el Ojo del Mundo no servirá a tus propósitos. ¡Eres mi presa y, si no te sometes a mis órdenes, te estrangularé con el cadáver de la Gran Serpiente!

Ba’alzemon alargó la mano y, de improviso, Rand recobró la difusa conciencia de la manera de huir: recurrió a un recuerdo informe que le avisaba del peligro, el peligro incomparable de sentir el contacto del Oscuro.

—¡Un sueño! —gritó—. ¡Es un sueño!

Ba’alzemon abrió desmesuradamente los ojos, asaltado por la sorpresa o el enojo, y después el aire comenzó a vibrar y sus facciones se difuminaron hasta disiparse.

Rand se volvió para observar y vio su imagen reflejada en cien puntos distintos, en mil lugares. Encima sólo existía el negro vacío y lo mismo sucedía a sus pies, pero a su alrededor había espejos, situados en cada ángulo, espejos que ocupaban todo su campo visual y proyectaban su propia figura agazapada que no cesaba de girar, con la mirada desorbitada y empavorecida.

Una mancha rojiza cruzó las superficies acristaladas. Se volvió, tratando de fijar los ojos en ella, pero en cada uno de los espejos pasó rauda tras su propia imagen para luego desvanecerse. Luego regresó, no ya como algo impreciso. Ba’alzemon caminaba por los espejos, una silueta multiplicada por mil, que iba en su búsqueda, cruzando una y otra vez las argentinas superficies.

Se vio contemplando el reflejo de su rostro, pálido y trémulo a causa del frío hiriente. La imagen de Ba’alzemon aumentaba de tamaño tras su propia imagen; lo miraba; lo miraba sin verlo. En todos los espejos, las llamas de la faz de Ba’alzemon rugían a sus espaldas, arrolladoras y extenuantes. Quiso gritar, pero tenía la garganta cerrada. Sólo había un rostro en el infinito juego de espejos. El suyo propio y el de Ba’alzemon, fundidos en un único semblante.

Rand abrió los ojos, sobresaltado. La oscuridad lo envolvía, cercenada sólo levemente por una pálida luz. Casi sin resuello, movió apenas la mirada. Una tosca manta lo cubría hasta los hombros y tenía la cabeza acurrucada entre sus brazos. Sintió los listones de madera bajo sus manos. Era el entarimado de una cubierta. La jarcia crujió en la noche. Dejó escapar una exhalación de alivio. Estaba en el Spray. La pesadilla había concluido. Al menos por aquella noche…

Se llevó de modo inconsciente el dedo a la boca. El sabor de la sangre lo hizo contener la respiración. Lentamente se acercó la mano a la cara para observarla a la mortecina luz de la luna, para mirar la sangre que manaba de la punta de su dedo. Vio el pinchazo producido por una espina.

El Spray descendía despacio por el cauce del Arinelle. El fuerte viento soplaba en una dirección que impedía hacer uso de las velas. A pesar de las exigencias de velocidad expresadas por el capitán Domon, el bajel se deslizaba cansinamente. Por la noche, el hombre apostado en la proa escrutaba el lecho con una linterna e informaba de la profundidad al timonel, mientras la corriente empujaba al navío río abajo sin la ayuda de los remos. Si bien no había que temer la presencia de rocas en el Arinelle, eran frecuentes los bajíos, los cuales podían hacer embarrancar un barco e inmovilizarlo hasta que alguien viniera a tirar de él. Durante el día, los remos batían del alba al crepúsculo, luchando contra el viento, que parecía querer hacerlos remontar el cauce.

No atracaron en la orilla ni una sola vez. Bayle Domon dirigía con mano firme el barco y la tripulación por igual, denostando los vientos contrarios y maldiciendo la lentitud del avance. Censuraba la holgazanería de los remeros y despellejaba verbalmente a cualquiera que cometiera el más mínimo error para pintar a continuación con voz queda escenas en que unos trollocs de proporciones descomunales abordaban la embarcación y los degollaban a todos. Cuando la conmoción ocasionada por el ataque de los trollocs comenzó a disiparse, la tripulación empezó a murmurar acerca de la necesidad de ir a estirar las piernas en tierra y de lo arriesgado que era navegar de noche.

Los hombres se guardaban de expresar directamente sus quejas al capitán Domon, mirando de reojo para cerciorarse de que éste no se hallaba cerca para oírlas, pero él parecía percibir todo cuanto sucedía en su barco. Cada vez que daban alguna muestra de descontento, él llevaba a su presencia la larga espada con forma de cimitarra y el hacha terminada en un horrible gancho que habían hallado a bordo después del ataque. Entonces las dejaba colgadas por espacio de una hora en el mástil, y los heridos señalaban sus vendajes y los murmullos disminuían… durante un día aproximadamente, hasta que uno de los tripulantes volvía a opinar que por aquel entonces ya habían dejado atrás a los trollocs, con lo cual se reiniciaba el ciclo.

Rand advirtió que Thom Merrilin se alejaba de los marineros siempre que éstos comenzaban a susurrar con caras ceñudas, a pesar de que habitualmente palmeaba hombros, contaba chistes y bromeaba con todos de un modo que conseguía hacer esbozar una sonrisa hasta al más rudo de ellos. Thom observaba aquellos conciliábulos secretos con ojo atento, aunque cuando lo hacía simulaba hallarse absorto en encender la pipa, en afinar el arpa o en cualquier otra actividad. Rand no comprendía qué lo inducía obrar de aquel modo, ya que los recelos de la tripulación no se centraban en ellos, que habían embarcado huyendo de los trollocs, sino en Floran Gelb.

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