La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
De rodillas sobre el hielo, en el charco del agua que rezumaba de él, el cazador de recompensas gritó salvaje, horriblemente. De rodillas, alzando las manos al cielo, gritó, aulló, bramó y blasfemó contra los hombres, los dioses y los demonios.
El eco de sus gritos resonó por entre las escarpas cubiertas de abetos, viajó por la helada superficie del lago Tarn Mira.
El interior de la torre le recordó de inmediato a Kaer Morhen: el mismo largo corredor detrás de una arquería, el mismo interminable abismo de la perspectiva de columnas y estatuas. No era posible comprender de qué forma el delgado obelisco de la torre podía contener aquel abismo. Pero también sabía que no tenía sentido analizar, no al menos en el caso de una torre que había surgido de la nada, había aparecido donde antes no existía. En aquella torre podía haber de todo y no había por qué asombrarse.
Miró hacia atrás. No creía que Bonhart se atreviera a seguirla, ni que hubiera tenido tiempo. Pero prefería asegurarse.
La arquería a través de la que había entrado ardía con un resplandor innatural.
Los cascos de Kelpa resonaban en el suelo, bajo las herraduras algo crujía. Huesos. Cráneos, tibias, costillares, fémures, pelvis. Cabalgaba a través de un gigantesco osario. Kaer Morhen, pensó, recordando. A los muertos se los debiera enterrar bajo tierra… Cuánto tiempo hacía de aquello… Entonces todavía creía en ello… En la majestad de la muerte, en el respeto a los muertos… Y la muerte no es más que muerte. Y un muerto no es más que un cadáver frío. No importa dónde yace, ni dónde se pudren sus huesos.
Entró en la oscuridad, bajo la arquería, entre columnas y estatuas. La oscuridad ondulaba como si fuera humo, los oídos se le llenaron con unos susurros intrusos, con unos suspiros, con unos cánticos lejanos. Ante ella estalló de pronto una luminiscencia, se abrieron unas puertas gigantescas. Se abrieron unas tras otras. Puertas. Una serie de puertas interminables de pesadas hojas que se abrían ante ella sin un susurro.
Kelpa entró, sus cascos resonaban sobre el suelo de piedra.
La geometría de las paredes que la rodeaban, las arcadas y columnas, resultó de pronto perturbada, tan radicalmente que Ciri sintió que la cabeza le daba vueltas. Le dio la sensación de que se encontraba en el interior de algún imposible cuerpo poliédrico, de algún octaedro gigantesco.
Seguían abriéndose puertas. Pero ya no era en una sola dirección. Era en una serie interminable de direcciones y posibilidades.
Y Ciri comenzó a ver.
Una mujer de cabello moreno que conducía de la mano a una muchacha de cabellos cenicientos. La muchacha tiene miedo, tiene miedo de la oscuridad, teme los susurros que surgen de la oscuridad, le aterran los golpes de las herraduras que escucha. La mujer morena que lleva una centelleante estrella con brillantes al cuello también tiene miedo. Pero no lo deja entrever. Sigue conduciendo a la muchacha hacia delante. Hacia su destino.
Kelpa avanza. La siguiente puerta.
Iola Segunda y Eurneid, con zamarras, con sus hatillos, caminan por una senda congelada y cubierta de nieve. El cielo es de color rojo.
La siguiente puerta.
Iola Primera está de rodillas ante el altar. Junto a ella, la madre Nenneke. Ambas miran, sus rostros se deforman en una mueca de espanto. ¿Qué ven? ¿El pasado o el futuro? ¿La verdad o la mentira?
Sobre ambas, Nenneke y Iola, unas manos. Las manos extendidas en un gesto de bendición de un mujer de ojos dorados. En el cuello de la mujer hay un brillante que refulge como la estrella del alba. En los hombros de la mujer hay un gato. Sobre su cabeza, un halcón.
La siguiente puerta.
Triss Merigold sujeta sus hermosos cabellos castaños, revueltos y agitados por la fuerza del viento. No se puede escapar del viento, nada te guarda de él.
No aquí. En la cima del monte.
Una larga, interminable columna de sombras se acerca al monte. Figuras. Caminan despacio. Algunos vuelven hacia ella el rostro. Rostros familiares. Vesemir. Eskel. Lambert. Coën. Yarpen Zigrin y Paulie Dahlberg. Fabio Sachs… Jarre… Tissaia de Vries.
Mistle…
¿Geralt?
La siguiente puerta.
Yennefer, envuelta en cadenas, amarrada a las paredes húmedas de una mazmorra. Sus dedos son una masa de sangre coagulada. Sus cabellos negros están desgreñados y enmarañados… Los labios rotos e hinchados… Pero en sus ojos violetas todavía no se ha apagado la voluntad de lucha y resistencia.
– ¡Mamá! ¡Aguanta! ¡Resiste! ¡Voy a ayudarte!
La siguiente puerta. Ciri vuelve la cabeza. Con tristeza. Y confusión.
Geralt. Y una mujer de ojos verdes. Ambos desnudos. Ocupados, absortos en sí mismos. Procurándose el uno al otro placer.
Ciri controla la adrenalina que le aprieta la garganta, espolea a Kelpa. Los cascos resuenan. En la oscuridad palpitan los susurros.
La siguiente puerta.
Hola, Ciri.
– ¿Vysogota?
Sabía que lo conseguirías, mi valiente muchacha. Mi valerosa Golondrina. ¿Lo conseguiste sin daño?
– Los vencí. En el hielo. Tenía una sorpresa para ellos. Los patines de tu hija…
Me refería a un daño psíquico.
– Me abstuve de vengarme… No maté a todos… No maté a Antillo… Aunque él fue quien me hirió y desfiguró. Me controlé.
Sabía que vencerías, Zireael. Y que entrarías en la torre. Pues ya lo había leído. Porque esto ya había sido descrito… Todo esto ya había sido descrito. ¿Sabes lo que te dan los estudios? La capacidad de utilizar las fuentes.
– ¿Cómo es posible que estemos hablando…? Vysogota… Acaso tú…
Sí, Ciri. Estoy muerto. Pero no importa. Lo importante es de lo que me enteré, de lo que me di cuenta… Ahora ya sé dónde fueron a parar los días perdidos, qué sucedió en el desierto de Korath, de qué forma desapareciste ante los ojos de tus perseguidores…
– ¿Y la forma en que entré en esta torre, también?
La Vieja Sangre que corre por tus venas te da poder sobre el tiempo. Y sobre el espacio. Sobre las dimensiones y las esferas. Ahora eres la Señora de los Mundos, Ciri. Posees un poderosa Fuerza. No permitas que te la quiten y la usen para sus propios objetivos, criminales e indignos…
– No lo permitiré.
Adiós, Ciri. Adiós, Golondrina.
– Adiós, Viejo Cuervo.
La siguiente puerta. Claridad, una claridad cegadora.
Y un penetrante olor a flores.
Una neblina estaba suspendida sobre el lago, ligera como gotitas de vaho, que era barrida aprisa por el viento. La superficie del agua estaba pulida como un espejo, sobre el verde diván de planas hojas de nenúfar resaltaban unas flores blancas.
Las orillas estaban sumergidas en verdor y en el color de las flores.
Hacía calor.
Era primavera.
Ciri no se asombró. ¿Por qué se iba a asombrar? Pero si ahora todo era posible. Noviembre, hielo, nieve, fango congelado, un montón de piedras sobre una cumbre cubierta de matojos… eso era allí. Y aquí es aquí, aquí la delgada torre de basalto de dentadas almenas en la cumbre se refleja en el agua verde de un lago salpicado del blanco de los nenúfares. Aquí es mayo, porque sólo en mayo florecen la rosa salvaje y la cereza.
Alguien estaba tocando el caramillo o la flauta, arrancándole una alegre y saltarina melodía.
En la orilla del lago, con las patas delanteras en el agua, bebían dos caballos blancos como la nieve. Kelpa bufó, golpeó con los cascos en las rocas. Entonces los caballos alzaron las cabezas y relincharon, el agua les caía de los morros, y Ciri lanzó un fuerte suspiro.
Porque no eran caballos, sino unicornios.
Ciri no se asombró. Había suspirado de admiración, no de sorpresa.
Cada vez se escuchaba más claramente la melodía, le llegaba desde unos cerezos cubiertos de blancas flores. Kelpa se movió en aquella dirección por propia iniciativa, sin que la apremiaran. Ciri tragó saliva. Los dos unicornios, inmóviles como estatuas, la miraban, mientras se reflejaban en la superficie del agua, pulida como un espejo.