La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
No se desmayó. Lo sintió todo. La golpearon. La golpearon con fuerza, con crueldad, tal y como se golpea a un hombre. Con golpes que no sólo han de doler, sino también quebrar, que han de extraer de quien es golpeado toda la energía y la voluntad de resistencia. La golpearon mientras se convulsionaba en el abrazo de acero de muchas manos.
Quería desmayarse pero no podía. Lo sentía todo.
– Basta -escuchó de pronto, a lo lejos, desde detrás de la cortina de dolor-. ¿Te has vuelto loco, Rience? ¿Queréis matarla? Me es necesaria con vida.
– Le prometí a ella, maestro -bramó una sombra temblorosa que poco a poco adoptaba la silueta y el rostro de Rience-. Le prometí que se lo haría pagar… Con estas manos…
– Poco me importa lo que le hayas prometido. Te repito que me es necesaria viva y capaz de hablar articuladamente.
– A los gatos y las meigas -se rió el que la agarraba por los cabellos- no es tan fácil sacarles las tripas.
– No te hagas el listo, Schirrú. He dicho que basta ya de golpes. Levantadla. ¿Cómo estás, Yennefer?
La hechicera escupió sangre, levantó el rostro entumecido. No lo reconoció a primera vista. Llevaba una especie de máscara que le cubría toda la parte izquierda de la cabeza. Pero sabía quién era.
– Vete al diablo, Vilgefortz -balbuceó, rozando cuidadosamente con la lengua los dientes anteriores y los labios mutilados.
– ¿Qué te han parecido mis hechizos? ¿Te gustó cómo te recogí en el mar junto con el barco? ¿Te gustó el vuelo? ¿Con qué hechizos te protegiste que conseguiste sobrevivir a la caída?
– Vete al diablo.
– Arrancadle del cuello esa estrella. Y al laboratorio con ella. No perdamos el tiempo.
La curaron, la arrastraron, a veces la llevaron cogida. Una planicie pétrea, sobre ella yacía el destrozado Alción. Y muchos otros barcos naufragados, con sus erguidas cuadernas que recordaban los esqueletos de monstruos marinos. Crach tenía razón, pensó. Los barcos que habían desaparecido sin dejar huella en el Abismo no habían caído a causa de una catástrofe natural. Por los dioses… Pavetta y Duny…
En la planicie, a lo lejos, las cumbres de unas montañas se perfilaban sobre un cielo nublado.
Luego hubo muros, puertas, galerías, pavimentos, escaleras. Todo un tanto extraño, innaturalmente grande… Y pocos detalles que le permitieran enterarse de dónde se encontraba, adonde había ido a parar, adonde la había llevado el encantamiento. Le latía el rostro, lo que dificultaba todavía más la observación. El único sentido que le proporcionaba información era el olfato: al instante percibió el olor de la formalina, el éter, el alcohol. Y la magia. El olor de un laboratorio.
La sentaron con brutalidad en un sillón de metal, alrededor de sus muñecas y tobillos se cerraron dolorosamente unas frías y apretadas abrazaderas. Antes de que las mandíbulas de hierro de un torno le apretaran la sien y le inmovilizaran la cabeza, le dio tiempo a mirar a lo largo de la amplia y brillante sala. Vio otro sillón, una extraña construcción de acero sobre un pedestal de piedra.
– Ciertamente -escuchó la voz de Vilgefortz, quien estaba detrás de ella-. Este sillón es para tu Ciri. Espera desde hace mucho tiempo, ya no aguanta la espera. Yo tampoco.
Le escuchaba muy cerca de ella, hasta sentía su aliento. Le clavaba agujas en la piel de la cabeza, le aferró algo a los lóbulos de las orejas. Luego se puso de pie delante de ella y se quitó la máscara. Yennefer lanzó un suspiro sin quererlo.
– Esto es obra de tu Ciri, precisamente -dijo, mientras señalaba lo que antaño habían sido unos rasgos de belleza clásica, ahora terriblemente destrozados, atravesados por unos enganches y grapas de oro que sujetaban un cristal multifacetado en la órbita izquierda-. Intenté cogerla cuando entraba en el telepuerto de la Torre de la Gaviota -explicó con serenidad el hechicero-. Quería salvar su vida, estaba seguro de que el teleporte la iba a matar. ¡Ingenuo! Lo atravesó tan sencillamente, con tanta fuerza, que el portal estalló, me explotó en la propia cara. Perdí un ojo y la mejilla izquierda, también bastante piel en el rostro, el cuello y el pecho. Muy triste, muy doloroso y muy capaz de complicar la vida. Y muy feo, ¿no es cierto? Ja, tendrías que haberme visto antes de que comenzara a regenerarlo mágicamente.
»Si creyera en tales cosas -continuó, al tiempo que le introducía en la nariz un tubito de cobre- pensaría que es una venganza de Lydia van Bredevoort. Desde la tumba. Estoy regenerándolo, pero muy despacio, lenta y penosamente. La reconstrucción de los globos oculares, sobre todo, presenta muchas dificultades… El cristal que tengo en la órbita del ojo cumple estupendamente su función, veo en tres dimensiones, pero de todos modos es un cuerpo extraño, la falta de un globo ocular propio me conduce a veces a verdaderos estallidos. Entonces, embargado por una rabia ciertamente irracional, me juro a mí mismo que si agarro a Ciri, nada más cogerla le ordenaré a Rience que le saque uno de esos grandes ojos verdes. Con los dedos. Con estos dedos, como acostumbra a decir. ¿Guardas silencio, Yennefer? ¿Sabes que tengo ganas de sacarte un ojo a ti también? ¿O los dos?
Le estaba clavando gruesas agujas en las venas del dorso de la mano. A veces no acertaba, le traspasaba hasta el hueso. Yennefer apretó los dientes.
– Me has causado problemas. Me has obligado a alejarme de mi trabajo. Me has expuesto a riesgos. Metiéndote con ese barco en el Abismo de Sedna, en mi Absorbedor… El eco de nuestro pequeño duelo fue muy fuerte y alcanzó lejos, pudo haber llegado a oídos curiosos y no permitidos. Pero no fui capaz de contenerme. La idea de que te iba a poder tener aquí, de que te iba a poder conectar a mi escáner, era demasiado atractiva.
«Porque seguro que no creerás -le clavó otra aguja- que me dejé engatusar por tu provocación. Que me tragué el anzuelo. No, Yennefer, si piensas así, confundes el cielo con las estrellas que se reflejan por la noche en la superficie de un estanque. Tú me perseguías y al mismo tiempo yo te perseguía a ti. Al cruzar el Abismo, simplemente me facilitaste la tarea. Porque yo, como ves, no puedo escanear a Ciri, ni siquiera con ayuda de esta herramienta que no tiene igual. La muchacha tiene un poderoso mecanismo defensivo de nacimiento, una poderosa aura antimágica y supresora propia: al fin y al cabo es de la Vieja Sangre… Pero aun así mi superescáner debiera poder encontrarla. Y no la encuentra.
Yennefer ya estaba completamente cubierta por una red alambres de plata y cobre, entibada por un andamiaje de tubitos de plata y porcelana. En unos soportes pegados al sillón se agitaban unos recipientes de cristal que contenían unos líquidos incoloros.
– Así que pensé -Vilgefortz le introdujo otro tubito en la nariz, esta vez de cristal- que la única forma de escanear a Ciri era una sonda empática. Sin embargo, para ello me era necesaria una persona que tuviera con la muchacha un contacto emocional lo suficientemente fuerte y que trabajara con una matriz empática, un especie de, por usar un neologismo, algoritmo de los sentimientos y simpatías mutuas. Pensé en el brujo, pero el brujo había desaparecido, aparte de ello los brujos son malos médiums. Tenía intenciones de ordenar que raptaran a Triss Merigold, nuestra Decimocuarta del Monte. Le di vueltas a la idea de traer a Nenneke de Ellander… Pero cuando resultó que tú, Yennefer de Vengeberg, por tu propia voluntad, te ponías en mis manos… De verdad, no podía haber contado con nada mejor… Te conectaré al aparato y me escanearás a Ciri. La tarea precisa de cooperación por tu parte, es verdad… Pero, como sabes, hay métodos para obligarte a cooperar.