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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– Gracias al cacharro de feria estamos en la pista y no la perderemos. Gracias al señor Vilgefortz sabemos adonde se dirige esta muchacha. Sabemos adonde vamos y lo que tenemos que hacer. Opino que esto es mucho. En comparación con vuestras acciones de hace un mes.

– No hables tanto. Eh, Bóreas, ¿qué dicen las señales?

Bóreas Mun se enderezó, tosió.

– Estuviera aquí como una hora antes que nosotros. Cuando puede, intenta cabalgar deprisa. Mas éste es un terreno difícil. Ni siquiera en esa su yegua tan extraordinaria nos lleva una ventaja de cinco o seis millas.

– Y en verdad se mete entre estos lagos -murmuró Skellen-. Vilgefortz tenía razón, y yo no lo creí…

– Yo tampoco -reconoció Bonhart-. Pero sólo hasta el momento en que los labriegos ayer confirmaran que en el lago Tarn Mira hay de verdad algún constructo mágico.

Los caballos bufaron, el vaho les brotaba por los ollares. Antillo lanzó un vistazo por su hombro izquierdo a Joanna Selborne. Desde hacía algunos días no le gustaba el aspecto de la cara de la telépata. Se está poniendo nerviosa, pensó. Esta persecución nos ha cansado a todos, física y psíquicamente. Ya es hora de terminar. Lo más pronto posible.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Recordó el sueño que lo embargó la noche anterior.

– ¡Vale ya! -Se sacudió-. Basta de meditaciones. ¡A los caballos!

Bóreas Mun bajó del caballo, observó las huellas. No era fácil. Con la tierra completamente congelada, sobre los terrones, los montones de nieve, la nieve empujada por el viento sólo se mantenía en los surcos y las hendiduras. En ellas buscaba Boreas las pisadas de los cascos de la yegua mora. Tenía que prestar mucha atención para no perder el rastro, sobre todo ahora cuando la voz mágica que les llegaba de la cajita de plata se había callado y había dejado de prestarles consejo y advertirles.

Estaba inhumanamente cansado. E intranquilo. Perseguían a la muchacha desde hacía ya casi tres semanas, desde Saovine, desde la masacre de Dun Dáre. Casi tres semanas sobre las sillas, todo el tiempo al acoso. Y ni la yegua mora ni la muchacha que iba sobre ella desfallecían ni aminoraban la velocidad.

Bóreas Mun observaba las huellas.

No podía dejar de pensar en el sueño que le había asaltado la última noche. En ese sueño se hundía, se ahogaba. Las negras aguas se cerraban sobre su cabeza y él bajaba hacia el fondo, el agua helada le llenaba la garganta y los pulmones. Se había despertado sudoroso, mojado, febril, aunque a su alrededor hacía un frío de perros.

Basta ya, pensó, al bajar de la silla para observar las huellas. Ya es hora de acabar con esto.

– ¿Maestro? ¿Me escucháis? ¿Maestro?

El xenovoce callaba como un maldito.

Rience meneó con fuerza los brazos, echó el aliento sobre las manos heladas. El cuello y la espalda estaban ateridos del frío, la cruz y el dorso le dolían, cada movimiento un poco fuerte del caballo le recordaba este dolor. Ya no tenía fuerzas ni para maldecir.

Casi tres semanas sobre las sillas, en una persecución incansable. Con un frío penetrante y, desde hacía un par de días, con una helada que rompía los huesos.

Y Vilgefortz calla.

Nosotros también callamos. Y nos miramos los unos a los otros como lobos.

Rience extendió las manos, tiró de los guantes.

Skellen, pensó, cuando pone los ojos en mí, tiene una mirada extraña. ¿Acaso prepara una traición? Demasiado rápido y demasiado fácil se avino con Vilgefortz… Y este destacamento, estos ganapanes, al fin y al cabo le son fieles a él, cumplen sus órdenes. Si prendiéramos a la muchacha, estaría presto, sin atender a ningún pacto, a matarla o a conducirla a esos sus conspiradores para poner en práctica sus locas ideas de democracia y gobiernos ciudadanos.

¿O puede que a Skellen ya se le hayan pasado las ganas de conspirar? ¿Puede que un conformista y oportunista nato como él piense ahora en entregarle la muchacha al emperador Emhyr?

Me mira con ojos extraños. El Antillo. Y toda su banda… Esa Kenna Selborne…

¿Y Bonhart? Bonhart es un sádico impredecible. Cuando habla de Ciri, la voz le tiembla de rabia. Según su capricho, cuando capturemos a la muchacha puede estar dispuesto a atacarla o a raptarla para obligarla a luchar en los circos. ¿El pacto con Vilgefortz? A él le importará un pimiento. Sobre todo ahora que Vilgefortz…

Tomó el xenovoce de bajo el brazo.

– ¿Maestro? ¿Me escucháis? Aquí Rience…

El aparatillo guardaba silencio. Rience ya ni siquiera tenía ganas de maldecir.

Vilgefortz calla. Skellen y Rience sellaron un pacto con él. Y en uno o dos días, cuando alcancemos a la muchacha, puede suceder que no haya pacto. Y entonces a mí me puede tocar que me pongan un cuchillo en la garganta. O que me lleven a Nilfgaard en cadenas, como prueba y prenda de la lealtad del Antillo…

¡Voto a bríos!

Vilgefortz calla. No proporciona consejos. No señala el camino. No aclara las dudas con esa voz suya tan serena, lógica, que llega hasta lo profundo del alma. Calla.

El xenovoce ha sufrido una avería. ¿Puede que sea a causa del frío? O puede…

¿Puede ser que Skellen tenga razón? ¿Puede ser verdad que Vilgefortz esté haciendo otra cosa y no se preocupa de nosotros ni de nuestra suerte?

Por todos los diablos, no pensé que esto fuera a ser así. Si lo hubiera sospechado, no habría accedido a esta tarea… Hubiera ido a matar al brujo en vez de Schirrú. ¡Su perra madre! Yo me estoy aquí pelando de frío y Schirrú seguro que está bien caliente…

Pensar que yo mismo me empeñé para que me encargaran a Ciri y le dieran el brujo a Schirrú. Yo mismo lo pedí…

Entonces, a principios de septiembre, cuando Yennefer cayó en nuestras manos.

El mundo, que todavía un minuto antes parecía una negrura irreal, laxa, pegajosa y turbia, adoptó de repente ásperos contornos y superficies. Se aclaró. Se volvió real.

Yennefer abrió los ojos, agitada por unos temblores espasmódicos. Estaba tendida sobre piedras, entre cadáveres y tablas destrozadas, aplastada por los restos de las jarcias del drakkar Alción. A su alrededor veía piernas. Piernas calzadas con pesadas botas. Una de aquellas botas hacía un momento le había atizado una patada, lo que sirvió para hacerla volver en sí.

– ¡Levanta, hechicera!

Otra patada, que la embargó de dolor hasta las raíces de los dientes. Vio un rostro que se inclinaba sobre ella.

– ¡Que te levantes, he dicho! ¡De pie! ¿Me reconoces?

Ella frunció los ojos. Lo reconocía. Era el tipo que hacía tiempo había quemado cuando estaba huyendo de ella por medio del teleporte. Rience.

– Vamos a arreglar cuentas -le prometió-. Vamos a arreglar cuentas por todo, puta. Te voy a enseñar lo que es el dolor. Con estas manos y estos dedos te voy a enseñar el dolor.

Ella se tensó, apretó y extendió la mano, lista para lanzar un hechizo. E inmediatamente se hizo un ovillo, ahogándose, gimiendo y temblando. Rience se carcajeó.

– No sale nada, ¿eh? -escuchó Yennefer-. ¡No tienes ni una miga de Fuerza! ¡No te puedes medir con los hechizos de Vilgefortz! Te ha sacado hasta la última gota, como se saca el suero del queso con un cincho. Ni siquiera eres capaz de…

No terminó. Yennefer extrajo un estilete de una vaina que llevaba atada a la parte interior del muslo, se alzó como un gato y acuchilló a ciegas. No acertó, la hoja sólo rozó el objetivo, rasgó el material de los pantalones. Rience retrocedió de un salto y se dio la vuelta.

De inmediato cayó sobre ella una lluvia de golpes y patadas. Aulló cuando una pesada bota cayó sobre su brazo, quitándole el puñal de su mano estrujada. Otra bota la pateó en el bajo vientre. La hechicera se dobló con un estertor. La levantaron del suelo, le pusieron las manos a la espalda. Vio un puño que volaba en su dirección, el mundo de pronto brilló con deslumbrantes colores, el rostro explotó en dolor. La ola de dolor se extendió hacia abajo, hacia el vientre y el perineo, transformó las rodillas en una fofa gelatina. Se quedó colgada de los brazos que la sujetaban. Alguien la agarró por los cabellos y tiró, haciéndole alzar la cabeza. La golpearon otra vez, en la cuenca del ojo, otra vez desapareció todo y se difuminó en un brillo cegador.

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