La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Esperad. -gritó Dufficey Kriel, saliendo de por detrás de Dacre Silifant-. Voy con vosotros. ¡También estoy harto! Anoche soñé mi propia muerte. ¡Yo no quiero diñarla por esta asquerosa causa!
– ¡Traidores! -gritó Dacre, enrojeciendo como una cereza, parecía que la sangre negra le saltaba de la cara-. ¡Felones! ¡Perros sarnosos!
– Cierra el pico. -Antillo seguía mirando a Kenna, y tenía los ojos tan horribles como el pájaro de quien había tomado el apodo-. Ellos han escogido su camino, ya lo has oído. No hay por qué gritar ni por qué gastar saliva. Pero nos volveremos a ver algún día. Os lo prometo.
– Puede que en el mismo cadalso -dijo Kenna sin odio-. Porque a vos, Skellen, no se os castigará junto con los grandes príncipes, sino con nosotros, el vulgo. Mas razón tenéis, no hay por qué gastar saliva. Vamos. Adiós, Boreas. Adiós, don Silifant.
Dacre escupió por entre las orejas del caballo.
– Y helo aquí lo que dijera. -Joanna Selborne alzó la cabeza con orgullo, se retiró un rizo oscuro del rostro-. No he más de añadir, señores del tribunal.
El presidente del tribunal la miró desde arriba. Tenía un rostro indescifrable. Ojos grises. Y bondadosos.
Y qué más me da, pensó Kenna, lo voy a intentar. Sólo se muere una vez, o todo o nada. No me voy a pudrir en la ciudadela esperando la muerte. Antillo no hablaba por hablar, hasta desde la tumba estaría dispuesto a vengarse…
¡Y qué más me da! Puede que no se den cuenta. ¡O todo o nada!
Apretó la mano contra la nariz, como si se estuviera limpiando. Miró directamente a los ojos grises del presidente del tribunal.
– ¡Guardias! -dijo el presidente del tribunal-. Por favor, conduzcan a la testigo Joanna Selborne de vuelta a…
Se detuvo, tosió. De pronto le apareció sudor en la frente.
– A la secretaría -terminó, respiró con fuerza-. Que se escriba el documento necesario. Y se la deje libre. La testigo Selborne no le es ya necesaria a este tribunal.
Kenna se limpió furtivamente la gota de sangre que le salía de la nariz. Sonrió encantadoramente y agradeció con una delicada inclinación.
– ¿Que desertaron? -repitió Bonhart con incredulidad-. ¿Los otros desertaron? ¿Y nada, que se fueron, así por las buenas? ¿Skellen? ¿Se lo permitiste?
– Si nos delatan… -comenzó Rience, pero Antillo le cortó de inmediato.
– ¡No nos delatarán porque le tienen aprecio a su cabeza! Y al fin y al cabo, ¿qué podía hacer? Cuando Kriel se les sumó, conmigo no quedaron más que Bert y Mun, y ellos eran cuatro…
– Cuatro no es tanto -dijo Bonhart con rabia-. En cuanto alcancemos a la muchacha me echaré a buscarlos. Y daré de comer con ellos a los cuervos. En nombre de ciertos principios.
– Alcancémosla primero a ella -le interrumpió Antillo, espoleando a su rucio con una fusta-. ¡Boreas! ¡Cuidado con el rastro!
La hondonada estaba cubierta por una densa capa de niebla, pero sabían que allá abajo estaba el lago, porque aquí, en los Mil Trachta, en cada hondonada había un lago. Y en éste hacia el que les dirigía el rastro de los cascos de la yegua mora sin duda estaba aquello que estaban buscando, aquello que les había ordenado buscar Vilgefortz. Lo que les había descrito detalladamente. Y les había dado el nombre.
Tarn Mira.
El lago era estrecho, no más grande que un tiro de arco, embutido en una ligera media luna entre unas altas y abruptas orillas cubiertas de negros abetos, bellamente espolvoreados con el blanco polvo de la nieve. La orilla estaba silenciosa, tanto que hasta sonaban los oídos. Se habían callado hasta los cuervos, cuyos graznidos malignos habían acompañado su camino durante algunos días.
– Ésta es la orilla del sur -afirmó Bonhart-. Si el hechicero no ha jodido el asunto y no se equivocó, la torre está en la orilla del norte. ¡Cuidado con el rastro, Boreas! Si perdemos la pista el lago nos separará de ella.
– ¡El rastro es muy claro! -gritó Boreas Mun desde abajo-. ¡Y fresco! ¡Lleva hacia el lago!
– Cabalguemos. -Skellen controló su rucio que se retorcía junto a la pendiente-. Hacia abajo.
Se deslizaron por la pendiente, con cuidado, conteniendo a los caballos que resoplaban. Atravesaron una maraña negra, desnuda, helada, que bloqueaba la entrada al lago.
El bayo de Bonhart se introdujo cautelosamente en el hielo, quebrando con un chasquido un arbusto seco que surgía de la vítrea superficie. El hielo crujió, bajo los cascos del caballo se extendieron los largos hilos en forma de estrella del hielo al quebrarse.
– ¡Atrás! -Bonhart tiró de las riendas, hizo volverse a la orilla al caballo que bufaba roncamente-. ¡Bajad de los caballos! El hielo está débil.
– Sólo aquí junto a la orilla, en los arbustos -opinó Dacre Silifant, al tiempo que golpeaba en la helada superficie con el tacón-. Pero y hasta aquí tiene más de media pulgada. Sujetará los caballos como nada, no hay de qué asustar…
Unos relinchos y unas maldiciones ahogaron sus palabras. El rucio de Skellen se había resbalado, se sentó de culo, los pies se le quedaron por debajo. Skellen le golpeó con las espuelas, maldijo de nuevo, esta vez la blasfemia fue acompañada del fuerte crujido del hielo al quebrarse. El rucio golpeteó con las patas delanteras; las traseras, aprisionadas, se agitaron en su trampa, rompiendo la superficie y haciendo saltar la oscura agua de por debajo. Antillo saltó de la silla, tiró de las riendas, pero se resbaló y cayó cuan largo era, por un milagro evitó los cascos del propio caballo. Dos gemmerianos, también azorados, le ayudaron a levantarse, Ola Harsheim y Bert Brigden sacaron a la orilla al rucio, que relinchaba como un condenado.
– Bajad de los caballos, muchachos -repitió Bonhart con los ojos clavados en la niebla que anegaba el lago-. No hay por qué arriesgarse. Alcanzaremos a la moza a pie. Ella también ha descabalgado, también va andando.
– Verdá de la güeña -asintió Bóreas Mun, señalando hacia el lago-. Si se ve.
Sólo junto a la misma orilla, bajo las ramas que colgaban, era la capa de hielo lisa y semitransparente como el vidrio oscuro de una botella, bajo ella se podían ver plantas y algas ennegrecidas. Más allá, en el centro, una fina capa de nieve húmeda cubría el hielo. Y sobre ella, tan lejos como la niebla permitía ver, las huellas de unos pasos.
– ¡La tenemos! -gritó con furia Rience, haciendo un nudo con las riendas-. ¡No es tan espabilada como parecía! Ha ido por el hielo, por el medio del lago. ¡Si hubiera elegido alguna de las orillas, el bosque, no hubiera sido fácil agarrarla!
– Por el centro del río… -repitió Bonhart, dando la impresión de estar pensativo-. Justo por el centro del lago va el camino más directo y sencillo para llegar a esa torre mágica de la que habló Vilgefortz. Ella lo sabe. ¿Mun? ¿Cuánto nos lleva de delantera?
Bóreas Mun, que estaba ya en el lago, se arrodilló sobre una huella de bota, se inclinó muy bajito, la contempló.
– Como media hora -calculó-. No más. Va haciendo más calor, mas el rastro no se ha deshecho, se ve cada clavo de la suela.
– El lago -murmuró Bonhart, intentando en vano atravesar la niebla con la mirada- sigue hacia el norte por lo menos cinco millas. Como dijo Vilgefortz. Si la muchacha lleva media hora de ventaja está por delante de nosotros como a una milla.
– ¿En el yelo resbaloso? -Mun meneó la cabeza-. Tampoco. Seis, como más siete leguas.
– ¡Pues mejor! ¡En marcha!
– En marcha -repitió Antillo-. ¡Al hielo y en marcha, deprisa!
Marcharon, jadeando. La cercanía de la víctima les excitaba, les llenaba de euforia como un narcótico.
– ¡No se nos escapará!
– Mientras no perdamos el rastro…
– Y que no se nos vaya de tiro con esta niebla… Blanca como la nieve… No se ve nada a veinte pasos, joder…
– Poneos las raquetas -gritó Rience-. ¡Más deprisa, más deprisa! Mientras haya nieve sobre el hielo, seguiremos las huellas…