Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
Y luego me llegó el entendimiento. Las barras y otros componentes eran mi Máquina del Tiempo; las líneas que oscurecían aquella constelación eran las barras de cobre que constituían la estructura fundamental del dispositivo; y aquellos discos coronados de galaxias debían de ser los indicadores cronométricos. ¡Se trataba de mi máquina original, que yo había creído perdida, desmantelada, y finalmente destruida durante el ataque alemán sobre Londres en 1938!
El ensamblaje de la visión continuó deprisa. La barras de cobre brillaban, vi que había algo de polvo en las esferas de los indicadores cronométricos y que las agujas giraban. Reconocí el brillo verde de la plattnerita que impregnaba el cuarzo dopado que formaba la estructura inferior. Miré abajo y distinguí dos cilindros anchos, gordos y oscuros: ¡eran mis piernas, vestidas con el equipo de jungla!, y aquellos objetos pálidos, peludos y complejos debían de ser mis manos, que descansaban sobre las palancas de control de la máquina.
Y ahora, finalmente, comprendí el sentido de la «caverna» alrededor de mi campo visual. Era el borde de mis ojos, nariz y mejillas en mi campo visuaclass="underline" una vez más miraba desde la más oscura de las cavernas, mi propio cráneo.
Sentí como si me colocasen en mi cuerpo. Dedos y piernas se conectaron por sí solos a mi conciencia. Podía sentir la palancas, frías y firmes, en las manos, y sentí una punzada de sudor en la frente. Era un poco, supongo, como recuperarse de la inconsciencia del cloroformo; lenta y sutilmente volvía a ser yo. Y entonces sentí un balanceo y la sensación de vértigo del viaje en el tiempo.
Más allá de la Máquina del Tiempo sólo había oscuridad —no podía distinguir nada del mundo—, pero podía sentir, porque sus bandazos se reducían, que la máquina se detenía. Miré a mi alrededor —recibí la recompensa del peso de un cráneo cargado sobre el tallo del cuello; después de mi estado incorpóreo parecía como si girase una pieza de artillería—, pero sólo quedaban trazos de la Historia óptima: un cúmulo de galaxias allí, y allá un fragmento de luz estelar. En los últimos instantes, antes de que se cercenase definitivamente mi lazo intangible, vi de nuevo el rostro redondo y solemne del Observador, con sus enormes ojos pensativos.
Luego todo desapareció y fui nuevamente yo por completo; ¡y sentí una descarga de felicidad salvaje y primitiva!
La Máquina del Tiempo se detuvo. Se desplomó a un lado y yo fui lanzado de cabeza contra la oscuridad más absoluta.
Hubo un sonido de trueno en mis oídos. La lluvia dura y firme golpeaba con fuerza brutal sobre mi cabeza y la camisa. En un momento quedé empapado. ¡Vaya una bienvenida a la corporalidad!, pensé.
Me hallaba en un trozo de césped empapado frente a la máquina caída. Estaba muy oscuro. Me pareció que me encontraba en un pequeño jardín rodeado de arbustos con hojas que bailaban bajo la lluvia. Las gotas rebotadas flotaban en una pequeña nube sobre la máquina. Cerca de mí oí el murmullo del agua, y de la lluvia golpeando en la masa de líquido.
Me puse en pie y miré a mi alrededor. Había un edificio cerca, visible sólo como una silueta contra el cielo gris carbón. Noté un ligero brillo verde que provenía de la parte de abajo de la máquina volcada. Vi que venía de un frasco, un cilindro de vidrio de unas seis pulgadas de alto: era una botella de medicina graduada de ocho onzas normal y corriente. Evidentemente la habían colocado en la estructura de la máquina, pero ahora se había caído.
Recogí el frasco. El resplandor verde provenía de un polvo en su interior: era plattnerita.
Gritaron mi nombre.
Me volví sorprendido. La voz había sonado suave, casi enmascarada por el silbido de la lluvia sobre la hierba.
Había una figura a unos diez pies de mí: baja, casi infantil, pero con la cabeza y la espalda cubiertas de pelo largo y desmadejado que la lluvia mantenía completamente pegado a la carne pálida. Tenía los enormes ojos rojo grisáceo fijos en mí.
—¿Nebogipfel…?
Y entonces un circuito se cerró en mi cerebro desconcertado.
Me volví y examiné una vez más la silueta del edificio. Allí estaba el balcón de hierro, allá la cocina del comedor con una pequeña ventana entreabierta, y la forma del laboratorio…
Era mi hogar; la máquina me había depositado en el jardín inclinado de la parte de atrás, entre la casa y el Támesis. Había vuelto —¡después de todo!— a Richmond.
8. SE CIERRA UN CÍRCULO
Una vez más —como ya lo habíamos hecho, muchos ciclos de la historia antes— Nebogipfel y yo caminamos por Petersham Road hacia mi casa. La lluvia golpeaba el empedrado. La oscuridad era casi completa; de hecho, la única luz provenía del frasco de plattnerita,
que brillaba como una débil bombilla eléctrica arrojando sombras lóbregas sobre el rostro de Nebogipfel.
Rocé con los dedos el metal delicado y familiar de la verja que rodeaba la casa. Allí tenía algo que no creía volver a ver: la falsa fachada, los pilares del porche, los rectángulos oscuros de las ventanas.
—Vuelves a tener los dos ojos —le comenté a Nebogipfel en un susurro.
Miró su cuerpo renovado, extendiendo las palmas de forma que la carne pálida brilló bajo la luz de la plattnerita.
—No necesito prótesis —dijo—. Ya no. Ahora que he sido reconstruido… al igual que tú.
Puse las manos contra el pecho. La tela de la camisa era tosca, basta al tacto, y los huesos se notaban duros bajo la piel. Parecía muy sólido. Y todavía me sentía como yo, es decir, conservaba una continuidad de la conciencia, un único y brillante camino de recuerdos, que me llevaba desde aquel enredo de historias hasta los días simples de mi niñez. Pero yo no podía ser el mismo hombre, me habían desmontado y reconstruido en la Historia óptima. Me pregunté cuánto de aquel resplandeciente universo permanecía en mí.
—Nebogipfel, ¿recuerdas mucho de lo que pasó allí, cuando atravesamos el límite al comienzo del tiempo, el cielo brillante y lo demás?
—Todo. —Sus ojos estaban oscuros—. ¿Tú no?
—No estoy seguro —dije—. Todo parece un sueño, ahora, especialmente aquí, bajo la fría lluvia de Inglaterra.
—Pero la Historia óptima es la realidad —susurró—. Todo esto… —señaló con la mano el inocente Richmond— estas historias parciales subóptimas… esto es el sueño.
Levanté el frasco de plattnerita. Era un bote de medicina vulgar, con un tapón de goma; ni que decir tiene que no sabía de dónde había salido o cómo había acabado entre la estructura de la máquina.
—Bien, esto sí que es real —dije—. Realmente es una solución muy hermosa, ¿no? Como cerrar un círculo. —Avancé hacia la puerta—. Creo que es mejor que te quedes atrás, para que no te vea, antes de llamar.
Se echó hacia atrás, hacia las sombras del porche, y pronto fue invisible.
Tiré del llamador.
Dentro de la casa oí una puerta que se abría, un grito suave —«¡Ya voy! »— y luego pasos pesados e impacientes en la escalera. Una llave sonó en la cerradura, y la puerta se abrió con un crujido.
Una vela, sostenida sobre un candelabro de bronce, se lanzó contra mí a través de la puerta; el rostro de un hombre joven, ancho y redondo, salió fuera, con los ojos recién abiertos. Tenía veintitrés o veinticuatro años, y llevaba una bata vieja y deshilachada sobre un camisón arrugado; el cabello, de un marrón ratonil, le sobresalía a los lados de su cabeza ancha.
—¿Sí? —me soltó—. Son más de las tres de la mañana, ¿sabe…?