El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– ¿Cree usted en los sueños, inspector? No, supongo que no. Es curioso cómo ustedes son capaces de creer en cosas tan abstractas como los átomos y luego rechazar desdeñosamente algo que les sucede todas las noches. Porque todos soñamos, ¿no?
Héctor se muerde el labio para no interrumpir. Está claro que ese cabrón va a contarlo a su manera; el doctor baja tanto la voz que debe esforzarse para oírle.
– Los niños son listos. Tienen pesadillas y las temen. Pero a medida que crecen se les inculca que no deben tener miedo. ¿Usted tenía pesadillas, inspector? Ah, ya veo que sí. ¿Terrores nocturnos tal vez? Veo que hace tiempo que no piensa en ellos. Aunque sigue sin dormir bien, ¿verdad? Pero, dígame una cosa, ¿cómo si no pude meterme en la cabeza de esa desgraciada y decirle lo que tenía que hacer? Coge las tijeras, acaricia tu estómago con ellas. Sube hasta esos pequeños pechos y clávalas…
Y ahí se acaban sus recuerdos. Lo siguiente es su puño ensangrentado que golpea sin parar la cara de aquel hijo de puta.
– ¿Qué coño estás haciendo aquí?
La voz seca de Martina le devolvió al presente. Desconcertado, no tuvo tiempo de responder.
– Da igual, no hace falta que contestes. Sabía que vendrías. Esto es un asco.
Héctor avanzó por el pasillo.
– No entres ahí, tendrás que verlo desde la puerta.
Era el mismo despacho, pero a la luz del día tenía aspecto de cuarto cochambroso, en absoluto fantasmal.
– He visto cerditos más simpáticos, la verdad -dijo la subinspectora a su espalda.
Lo que había sobre la mesa, dispuesto como una escultura, no era la cabeza de un cerdito, sino la de un verraco de buen tamaño. La habían metido ya en una bolsa negra, de la que sobresalía un trozo de 1a. cara, abotargada, como hervida, las orejas arrugadas y el morro carnoso de un color rosa repugnante.
– Ah, y la sangre no es del cerdo. Míralo, no sangra por ningún lado.
Era cierto. No había sangre en la mesa, pero sí en la pared y en el suelo.
– Creo que ya estamos. No pienso volver a comer jamón durante un mes. Agente -dijo Andreu dirigiéndose al hombre que estaba dentro del despacho, provisto de guantes-, recoja eso y llévelo a…
Por un momento se quedó callada, como si no supiera dónde debía llevarse una cabeza de cerdo.
– Sí, subinspectora. No se preocupe.
– Y no hemos visto al inspector Salgado, ¿verdad que no?
El hombre sonrió.
– Yo ni siquiera sé quién es.
Fueron a comer algo a un bar cercano. Un menú de once euros que incluía postre o café y servilletas de papel a juego con los mantelitos individuales. Ensalada mustia, sepia en un mar de aceite y una macedonia de frutas tristes.
– ¿Qué tal las cosas durante estas semanas? -preguntó él.
– Un asco. -La respuesta fue tajante-. Savall ha estado insoportable y ha descargado el mal rollo sobre todo el mundo.
– ¿Por mi culpa?
– Bueno, por tu culpa, por culpa del abogado del tipejo ese, por culpa del conseller, de la prensa… La verdad es que nos dejaste un buen marrón, Salgado.
– Ya -asintió él-. Me jode que hayáis tenido que cargar con esto. De verdad.
– Lo sé. -Se encogió de hombros-. No había nada que pudieras hacer. Ha sido mejor así. De todas formas, Savall se ha comportado de puta madre. Otro te habría arrojado al foso de las fieras. Que lo sepas.
Ella sabía que Héctor detestaba deber favores, pero se dijo que era justo que supiera la verdad.
– Por suerte -continuó Andreu-, por una vez a casi todo el mundo le interesaba enterrar el tema: la prensa prefería las fotos de la chica mutilada, el conseller no quería que nada empañara una operación que hasta entonces había salido perfecta y el abogado sólo quería utilizarlo para salvar a su cliente de la acusación que pendía sobre él. Si daba demasiado la lata, luego no habría forma de retirar los cargos contra ti a cambio de… Bueno, ya me entiendes, favor por favor. Sabes cómo funcionan estas cosas.
Hubo un silencio breve. Héctor percibía que su compañera no había terminado. Aguardó la pregunta con los ojos entrecerrados, como quien espera que suene el petardo que ha visto encender. Y, para no perder la costumbre, Andreu fue directa al grano.
– ¿Qué coño te pasó, Salgado? ¡Iba todo de puta madre! Teníamos a los principales, desmantelamos los burdeles de la red. Una operación a escala europea en la que nos dejamos todos la piel… Y cuando ya está todo más que atado, cuando la noticia ha aparecido en todos los periódicos, cuando el conseller babea de satisfacción, tú vas y la emprendes a tortas con el único al que no habíamos podido trincar todavía.
Héctor no contestó. Bebió un trago de agua y se encogió de hombros. Empezaba a estar harto de esa pregunta, así que cambió de tema:
– Escucha, ¿habéis encontrado algo? Ahí dentro.
Ella meneó la cabeza.
– Andreu. Por favor -insistió, bajando la voz.
– Poca cosa, la verdad. Quizá lo más raro sea una cámara de vigilancia escondida. Al parecer, al doctor Ornar le gustaba conservar grabaciones de sus visitas. Y luego está lo de la sangre. Diría que es humana. La he mandado analizar y mañana tendremos los resultados. Y lo de la cabeza de cerdo es claramente un mensaje. Lo que no sé es para quién ni qué significa. -Vertió el café en el vaso con hielo sin derramar una sola gota-. Voy a decirte algo más, pero prométeme que te mantendrás al margen.
Héctor asintió mecánicamente.
– No. Hablo en serio, Héctor. Te doy mi palabra de que te mantendré informado si me prometes no intervenir. Te diga lo que te diga, ¿está claro?
Él se llevó la mano al pecho y puso cara de solemnidad.
– Lo juro.
– El corazón está al otro lado, capullo. -Casi se rió-. Escucha, el doctor ese tenía un archivador. Estaba vacío. Bueno, casi, había una carpeta con tu nombre.
Él la miró, sorprendido.
– ¿Y qué contenía?
– Nada.
– ¿Nada? -No la creyó-. ¿Quién está mintiendo ahora?
Martina suspiró.
Había solo dos fotos. Una tuya, reciente. La otra de… Ruth con Guillermo, de hace años. Cuando él era sólo un niño. Nada más.
¡Menudo cabrón!
– Héctor, hay algo que tengo que preguntarte. -Los ojos de Andreu expresaban un leve pesar y una gran determinación-. ¿Dónde estuviste ayer?
El se echó hacia atrás, como si acabara de estallarle algo en el plato.
– Es pura rutina, Héctor… No me lo pongas más difícil -casi rogó ella.
– A ver… El avión aterrizó a las tres y pico. Me pasé un buen rato esperando que saliera mi valija y, como no llegó, tuve que ir a la oficina de reclamación de equipaje, donde estuve al menos una hora. Luego tomé un taxi y me fui a casa. Estaba roto.
Martina asintió.
– ¿No volviste a salir?
– Me quedé solo en casa, medio durmiendo. Tendrás que aceptar mi palabra sobre eso.
Ella le miró con seriedad.
– Tu palabra me basta. Y lo sabes.
Capítulo 4
El calor había decidido conceder una tregua esa tarde y unas nubes bajas habían tapado el sol. Por eso, y porque no podía seguir dándole más vueltas a lo que le había contado Andreu, Héctor se puso la ropa de deporte y salió a correr. El ejercicio físico era la única terapia que le funcionaba cuando su cerebro ya estaba demasiado agotado para actuar de manera eficaz. Mientras corría por el paseo marítimo, Héctor contemplaba el mar. A esas horas en la playa quedaban sólo algunos rezagados, pequeños grupos que querían exprimir el verano al máximo, y algún que otro bañista que tenía el mar casi para él solo. Las playas urbanas tenían algo distinto, se dijo él mientras intentaba ignorar la molestia que sentía en el gemelo izquierdo, no eran en absoluto paradisíacas ni relajantes, sino más bien una pasarela con música de discoteca en la que modelos aficionados lucían bronceados intensos, tetas saltarinas y abdominales de gimnasio. A veces daba la impresión de que les hacían un casting antes de dejarlos acceder a la playa. O quizá era más un tema de autoexclusión: quienes no cumplían con el estereotipo buscaban otra arena más alejada en la que exponer sus carnes blandas. Pero si al atardecer la playa estaba medio vacía, no podía decirse lo mismo del paseo: parejas con niños, chicos y chicas en bici, corredores como él que salían en cuanto se lo permitía el sol, vendedores ambulantes que regresaban cada año con la misma mercancía y que no parecían haber oído la máxima de renovarse o morir. En esa zona, la ciudad adquiría en verano un aire de teleserie californiana con el toque étnico de los manteros. Incluso había quien se esforzaba por practicar surf en un mar sin olas.