La Fortaleza De La Soledad
- Автор: Летем Джонатан
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortaleza De La Soledad». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.
Casi no recuerdo nada de las pocas semanas de verano que transcurrieron entre la muerte a tiros de Barrett Rude Senior y mi trayecto de autobús lejos de la ciudad para empezar mi primer trimestre en Camden College. La tragedia se convirtió en propiedad comunitaria de la calle Dean, por supuesto, y mi conocimiento cercano de los hechos fue un secreto. De modo que mi impresión personal pronto quedó diluida por el tropel de cotilleos. No me compadecí demasiado de Mingus, que estaba arrestado y al que iban a juzgar como a un adulto; yo era un cohete de negación esperando a ganar velocidad suficiente para escapar de aquel escenario. El asesinato solo sirvió para darle un nombre y una forma claros a la nube de razones por las que quería abandonar Brooklyn. En cualquier caso, Mingus me daba miedo. Había matado a alguien con una pistola. Eso no había pasado antes. Era 1981, antes de que los tiroteos se volvieran algo habitual. Todavía era una época de navajas y bates de béisbol, de nunchacos caseros, de estrangulamientos. Había visto blandir pistolas, pero nunca dispararlas.
Vermont era mi antídoto. Solo había estado allí una vez desde mi viaje de la Fundación Aire Fresco, cuando tenía trece años: siete meses antes, en enero, para la entrevista de ingreso en Camden. Con todo, pese a las verdes colinas del paisaje de Vermont cubiertas de nieve, más blancas de lo que jamás había visto, y el viento del campus vacío que atravesaba mi abrigo de piel de imitación, veía por todas partes indicios de fantasmas de Heather Windle, de mi verano de bañadores y libélulas. En la estación de autobuses de Camden Town me compré unos caramelos de jarabe de arce envueltos en cartulina y celofán, y cuando lo dejé deshacerse en la lengua como me había enseñado a hacer Heather tuve la erección más inocente y vehemente que había experimentado en cuatro años.
Pero Camden College no era el Vermont de Heather Windle. En Camden, Heather habría sido una paleta, una chica entrevista en el Brass Cat o el Peanut’s, uno de esos bares de ciudad pequeña que los estudiantes de Camden se atrevían a veces a frecuentar en sus incursiones lejos de la idílica reserva amurallada, las bucólicas hectáreas que formaban el campus. Por dentro, aquel santuario verde era una especie de laboratorio solipsista colectivo donde los excitables chicos urbanos podían jugar a sus anchas. Vestidos de cuero, pieles y batik, ellos y yo -puesto que durante un breve período fui uno de ellos- deambulábamos por un entorno que era en parte tierra de labranza de Nueva Inglaterra, completado con residencias estudiantiles de madera, retorcidos manzanos que daban frutos incomibles, muros bajos tapizados de líquenes adentrándose por los bosques hacia ninguna parte y parcelas de cementerio con fechas del siglo XVIII: una parte escuela de arte experimental, fundada en la década de 1920 por apasionados mecenas de inclinaciones rojas y legendaria por sus bailarines modernos y los matrimonios entre estudiantes de la facultad, y otra parte reserva lunática de díscolos niños bien, demasiado familiarizados con los tratamientos psiquiátricos para seguir a otros parientes a Harvard o Yale y que recapitulaban los rituales tribales de los centros vacacionales mediterráneos y los veranos en East Hampton en la sala VIP de Studio 54.
Yo no entendía nada de todo esto. Era un bobo social, protegido del entendimiento que da el dinero por el elitismo artesano de mi padre y, paradójicamente, por el radical orgullo populista de Racheclass="underline" me habían criado un monje y una hippy y los dos se mantenían tercamente fuera de cualquier jerarquía de clase. Los deseos que nuestra pequeña familia no podía permitirse nunca habían parecido importantes, solo tonterías, esnobismos y errores, como las prioridades de Thurston Howell en La isla de Gilligan. Además, había tenido tanto o más dinero que la mayoría de los chicos de Brooklyn que conocía, aunque tal vez algo menos que mis compañeros de estudios de Manhattan en Stuyvesant, de modo que me imaginaba en un punto intermedio. Sí, estaba claro: yo era de clase media.
Lo cierto era que pocos estudiantes de Camden habían pisado alguna vez una escuela pública y mucho menos habían estudiado en ella. Y yo nunca había pisado Brooklyn Friends ni Packer Collegiate ni Saint Ann. Un puñado de ex estudiantes de estos centros, la mayoría chicos de Brooklyn Heights, se me presentaron durante las primeras semanas, esas de «también es de Brooklyn», pero eran extraños y, cuando admitía que había estudiado en la EP 38 y la ES 293 sabían, mejor que cualquier otra persona en Camden, lo antinatural que resultaba que yo estuviera allí con ellos. Desde orillas opuestas de esta experiencia, mis nuevos conocidos y yo nos mirábamos fijamente como moradores de un mundo especular.
En un gesto que cabía interpretar como confusa amabilidad o como cruel segregación, se me asignó un compañero de habitación que también recibía ayudas económicas. Matthew Schrafft era de Keene, New Hampshire, una ciudad muy similar a Camden solo que sin la elegante universidad. Había estudiado en escuelas privadas de Manhattan hasta sexto, pero la fortuna de su familia había dado un vuelco cuando su padre había abandonado su carrera de productor en el canal de informativos de la CBS para mudarse a un pueblecito y escribir una novela. Razón por la que sospechaba que Matthew se sentía peligrosamente cerca de ser un paleto. Nos hicimos amigos, y era un consuelo que mi compañero de cuarto y amigo se encontrara a veces, como yo, en el lado equivocado de las barras de los comedores, vestido con un delantal, sirviendo gofres calientes, salchichas y huevos de grandes recipientes de acero a las bandejas de nuestros compañeros de estudios. Servir comida era uno de los trabajos menos ocultos y eufemísticos: los otros casos de caridad que se dedicaban a ayudar en las investigaciones o trabajar en la asociación de alumnos podían permitirse apiadarse de Matthew y de mí mientras esperaban su comida en la cola.
A Matthew y a mí también nos habían adjudicado una solución poco habitual en estudiantes de primero para la cuestión del alojamiento: los apartamentos Oswald House. Oswald tenía fama de ser la residencia de estudiantes más pendenciera y drogadicta de Camden. Cada uno de sus ocho edificios de madera incluía un apartamento centraclass="underline" varias habitaciones conectadas con chimenea y baño privados. Las mejores habitaciones se reservaban para estudiantes licenciados o profesores invitados, solo que nadie que esperara disfrutar de un minuto de paz habría aceptado alojarse en Oswald. Los suelos del salón apestaban permanentemente a restos de cerveza frotados por las mujeres de la limpieza, la moqueta estaba llena de quemaduras y las puertas engalanadas con graffiti pornográficos y mordaces al estilo punk. Oswald House era como un barco pirata surcando el césped cubierto de manzanas, uno donde se oía a los Grateful Dead a todo volumen las veinticuatro horas del día a finales de verano, cuando los altavoces podían montarse de cara al exterior en las ventanas de la primera planta y los estudiantes se tumbaban en el jardín. Había sido, además, el dominio de una pareja legendaria de fiesteros barbudos tipo Belushi, y creo que en la oficina de alojamientos se les ocurrió que reemplazar a esos dos cabecillas por dos nuevos becarios de pelo corto equivaldría a un trasplante de corazón de la casa: que Matthew y yo apaciguaríamos el lugar desde dentro. Aunque no funcionó exactamente así, estoy seguro de que los oswalditas de siempre, al vernos entrar en septiembre en el apartamento, se desanimaron tanto como la administración habría deseado.
Matthew y yo ironizábamos sobre nuestro malestar sublimándolo en cultura. Devo, un grupo que nunca me había interesado en el instituto, se convirtió en emblema de nuestra diferencia, no solo respecto a los hippies de Camden, sino también a los tipos chic y punks adoradores de Bowie que estaban suscritos a Interview e iban de vacaciones a París. Devo expandía el espíritu de cerebrito de una banda como Talking Heads en una dirección hostil muy práctica. Si te gustaba Devo, podías regodearte en el resentimiento de nuestra clase social disfrazándolo de sátira anticapitalista. El grupo se convirtió en adjetivo: determinadas cosas de esa universidad eran terriblemente «devo», ¿verdad?