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Электронная книга - «La Fortaleza De La Soledad». Краткое содержание книги:

«La fortaleza de la soledad ejemplifica, sin necesidad de grandes aspavientos vanguardistas, nuestro paradójico signo de los tiempos», Qué Leer
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.
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Deirdre se arrodilló en el suelo de la habitación principal para preparar más rayas de cocaína, esta vez sobre un espejo y con una hoja de afeitar. Katha, acurrucada en una de las ventanas en saliente, hablaba por teléfono en murmullos inaudibles por encima del disco de Beck que sonaba en el radiocedé. Había otra pareja sentada en un futón con las piernas dobladas y la espalda apoyada en la pared, un negro de piel clara con un inmenso peinado afro, un tenue bigotillo y mirada afable, y su novia, una mujer que parecía mayor que él, con el pelo cortado a trasquilones y teñido de negro que hablaba con un desconcertante acento alemán. Espatarrado en una hamaca había un adolescente de aspecto mexicano que tendría como mucho quince o dieciséis años y pinta de pertenecer a una banda a juzgar por los enormes pantalones de hip-hop y el pañuelo azul con el que se cubría la cabeza. Deirdre no nos presentó. Vacua y sensual, parecía una actriz de una película imaginada de Warhol. Rolando y Dunja, la pareja del futón, se presentaron a sí mismos y sonrieron con aire amigable. El adolescente de la hamaca saludó con «¿Pasa, tú?» y ofreció la mano para que se la chocara al estilo black-power. Al hacerlo farfulló un nombre: «Marty» o «Mardy» o «Marly», no me quedó claro.

Aquella fue la menor de las incertidumbres que conformaron mi larga noche en las habitaciones de Katha Purly. La indiferencia que Katha me había mostrado en el club cerrado y luego en el coche se convirtió en norma. No estábamos juntos en ningún sentido. Me drogué y charlé con Deirdre, Rolando y Dunja. El posible Marty no participó, con expresión altanera, lleno de desdén infantil, como un gato pavoneándose para vengar una humillación. El posible Marty se quedó callado, aunque cuando acabó el último tema del disco de Beck se levantó a buscar Straight Outta Compton de los NWA en la pequeña colección de Katha y subió el volumen. Los demás levantamos la voz para seguir oyéndonos. Con una pregunta inocente di rienda suelta a la parlanchina Dunja, que resultó ser germano-israelí y se había criado en parte en Alemania y en parte en un kibbutz. No consideraba su vida una lección de historia ni una alegoría, solo algo que contar. Lo escuché, maravillándome de haber seguido a mi camarera hasta una mansión del gueto en Emeryville para sentarme de piernas cruzadas, drogado y bajo lucecitas navideñas, a enterarme de cómo perdió la virginidad una alemana de dieciséis años en un campo de fútbol de Oriente Próximo a la luz de la luna con un inmigrante ruso, ingeniero de profesión. Mientras, en otro lugar de California, Abby dormía o no dormía, y en Anaheim mi padre llevaba horas en un banquete.

Katha hizo un par de llamadas telefónicas y salió de la habitación. Volvió a la media hora, más o menos, con un pack de Coronas y seguida de alguien que presentó como Peter. Peter, de aspecto recatado y regordete, también tendría unos veinte años, y pensé que tal vez fuera gay. Katha esnifó una raya de coca, pero Peter no quiso y en su lugar se cogió una cerveza. Parecía conocer a los demás, o al menos se sentía a gusto con Deirdre y Rolando, y empezó a contarles que la noche anterior se había peleado con su compañero de piso y ahora se negaba a volver a casa (adonde Katha había ido a recogerlo). Mientras, Dunja continuó narrándome su vida en el kibbutz, cuentos cocaínicos como entradas de enciclopedia, totalmente carentes de altibajos dramáticos. Katha me ofreció una cerveza, las primeras palabras que me había dirigido en el interior de la comuna. Acepté una solo para mojarme un poco la garganta reseca. Era dulce y seca, tal como había imaginado. El posible Marty improvisó unos tímidos y dubitativos pasos de break-dance en un rincón, cerca del equipo de música. Nadie le miró. Eran las tres de la madrugada.

Me incliné hacia Katha, lejos de Dunja y los demás. Katha seguía sentada a un lado, distraída como por obligación.

– ¿Por qué no tocas un poco?

– ¿Te apetece escucharme?

– Alguna composición tuya.

Nos apartamos de los demás y nos sentamos en una de las ventanas en saliente. Bajo el zumbido de la farola adornada con zapatillas deportivas en la calle reinaba una calma tétrica, pobre. Las luces estaban apagadas incluso en el coche habitado. Katha le pidió al posible Marty que bajara la música -no que la apagara, solo que la bajara- y él así lo hizo antes de volverse a la hamaca. Los demás, Deirdre, Peter, Dunja y Rolando, no nos prestaban atención y seguían conversando en murmullos. Rolando le frotaba los hombros a Dunja mientras ella hablaba con los ojos cerrados. Vi que Peter había cambiado de opinión y aceptaba una raya. Quedaba poca cocaína. Deirdre apuraba los polvos del espejo con gesto mecánico, obsesivo. Katha afinó la guitarra sin mirarme.

Empezó de repente. Su voz era profunda y bella, la letra despiadada:

Cambios de humor psicodélicos

Voy de bajón y tendré que colocarme pronto

No quería fumarme tu último cigarrillo

Te quiero, pero a veces se me olvida

Fueron las drogas las que me hicieron perder la cabeza

Fueron las drogas las que me hicieron desagradable

Fueron las drogas

Las que me hicieron quererte.

Y:

Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento

Son tus ojos necesitados al otro lado de la habitación, en el sofá

Yo nunca te miro así

Supongo que no te necesito, solo necesito que me necesites

Fueron las drogas las que me hicieron perder la cabeza

Fueron las drogas las que me hicieron desagradable

Fueron las drogas

Las que me hicieron desearte.

La selección hip-hop del posible Marty seguía sonando en los silencios de Katha. Aunque las conversaciones habían cesado. Katha volvió a afinar, luego empezó a cantar un blues sencillo. Musitó algunos versos, ronroneando, pero cantó el estribillo con claridad:

No necesito que me digas que estoy sola

¿No crees que sé que no tengo hogar?

Solo quiero llamar a mi madre por teléfono

Solo quiero llamar a mi madre por teléfono.

– Este tema es nuevo -dijo, interrumpiéndose.

Peter se levantó sollozando, tapándose la cara con las manos, y salió de la habitación. Para mi consternación, Katha dejó la guitarra en el suelo y le siguió al pasillo. También Dunja se incorporó de un salto y salió detrás de ellos.

El posible Marty subió el volumen de la música.

Rolando pasó entonces a masajear los hombros de Deirdre, cosa que no quería que me contrariara. Deirdre se había estado metiendo muchísima cocaína y me recordaba más a un mapache anoréxico que a cualquier cosa que pudiera resultar seductora, pero la deshonrosa verdad era que me moría de ganas de estar tocando ya a alguna de las mujeres, que Rolando pudiera hacerlo me producía cierta amargura. Me levanté a por otra cerveza y eché un vistazo al hueco de la escalera iluminado de violeta, pero estaba vacío. Se oía música lejana en otras plantas, nada que me sintiera tentado a seguir. Volví adentro.

– Eh, tú.

Era el posible Marty. Me había acostumbrado a fingir que el chico no estaba en la habitación, que por lo visto parecía la estrategia general.

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