La Fortaleza De La Soledad
- Автор: Летем Джонатан
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortaleza De La Soledad». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.
– Tú. Tú y tus supuestos amigos. Tú y cuántos más.
Entornó los ojos.
– ¿Y el caballo a lomos del que he llegado hoy?
– Sobre todo el caballo.
– ¿Quieres salir de juerga conmigo, Dylan?
– Quiero que me toques la guitarra.
La noté dudar, esquivar una trampa. «No te tenderé una trampa, ni esta noche ni nunca», me prometí.
– No salgo hasta la una y media -dijo.
Me encogí de hombros y Katha empezó a comprender que iba en serio.
– Vendrán a recogerme -dijo, vaga a propósito-. Pero, si no te importa la compañía, podríamos salir un rato.
Los keniatas no me entusiasmaban, de modo que salí a dar un paseo por el puerto deportivo. Los mexicanos pescaban junto al muelle por la noche, encorvados sobre el fondo indiferente de la orwelliana pirámide de la Transamerica. Llegué al extremo ruinoso del embarcadero por donde paseaban los enamorados, aunque no logré decidir si podía contarme entre ellos.
Luego retrocedí las diez manzanas que me separaban del Shaman’s hasta la puerta del callejón que Katha me había indicado. Se oían ritmos rap procedentes de un pequeño radiocasete colocado en un estante de la cocina, el tema que sonaba era «Foghorn Leghorn» de Digital Underground, una canción que casualmente incluía unos samplers de «Bump Suit» de los Doofus Funkstrong. Si prestabas atención, se oía la voz de tenor de Barrett Rude Junior quejándose de fondo. Las luces de la cocina estaban encendidas, las sillas de la sala principal, a oscuras, colocadas boca abajo encima de las mesas. Katha y una de sus amigas hacían caja, murmurando los números en voz alta como si rezaran, dándose prisa. La tercera chica había preparado unas rayas de cocaína en la barra con un cuchillo de cocina.
– Deirdre -se presentó la chica del cuchillo y me entregó el billete enrollado. El pelo le había caído sobre la cara mientras se concentraba en la droga, así que ahora se lo recogió detrás de la oreja.
– Dylan. Gracias.
– ¿Conoces a Katha de…? -Dejó el hueco para que yo lo rellenara.
– De aquí.
– Mola.
Las alianzas rápidas eran el pan de cada día de aquellas chicas, al menos fue la impresión que me dio Deirdre. A poco que me esforzara me haría un hueco en su vida: «tipo mayor rarito». Así funcionaban las cosas, allí y en todas partes, en Gowanus, Hollywood, ForbiddenCon 7 y otros lugares secretos. Las entradas permanecen ocultas hasta que dejan de estarlo, hasta que se ven tanto como la puerta iluminada de la cocina de un club en un callejón detrás de la cual tres mujeres de Walla Walla recogen las propinas de la noche. Como era habitual según mi experiencia, el derecho de paso se facilitaba con alcohol, marihuana o cocaína, medicinas fronterizas. ¿Una raya, señor madurito rarito? Por supuesto que me apetece meterme una raya, y cruzar otra también. ¿Cómo no iba a meterme la droga de Barrett Rude Junior antes de que acabara ese fin de semana? Era precisamente lo que había ido a hacer allí, sin saberlo. No era que no me interesara Katha. Me moría de ganas de conseguirla, pero tenía la impresión de que el precio a pagar consistía en reeducarme en la provisionalidad del ser, en la futilidad de mis ilusiones de control. Y quería pagar el precio tanto como conseguir a la propia Katha.
– ¿De veras escribes para Rolling Stone?
– Antes.
– ¿A quién has conocido?
– ¿Eh?
– No sé, ¿has conocido a Sheryl Crow? -Lo preguntó tranquilamente, sin avergonzarse.
– No.
– ¿A REM?
– Estuve una vez con REM entre bastidores, en el Oakland Coliseum. -¿Cómo explicar que me había pasado el rato hablando con los teloneros, los dB’s?
– ¿Cómo son?
– Bueno, Michael Stipe se dedicó a inhalar un tanque de oxígeno después del concierto.
– Qué fuerte.
Katha iba al volante de su Ford Falcon con Deirdre sentada a su lado. A mí me estaba entrevistando Jane, la tercera y más joven de las chicas, en el asiento trasero mientras recorríamos la avenida San Pablo en dirección a Emeryville. En el asiento, entre los dos, descansaba una bolsa con botellas del Shaman’s. La velocidad, la compañía de chicas tan desenvueltas como las de Frank Sinatra y Gene Kelly en Levando anclas, así como las reveladoras vistas nocturnas de calles que durante el día pasaban inadvertidas eran estimulantes que me colocaban casi tanto como la cocaína. O al menos la droga no explicaba mis otras excitaciones. Katha no me había dirigido la palabra en la cocina del Shaman’s, se había limitado a quitarme el billete enrollado con una irónica sonrisa de bienvenida antes de hacerse una raya. Y en el coche tampoco me hacía caso, me había abandonado a las preguntas de Jane. Otro motivo de excitación. El silencio de Katha parecía admitir que habíamos avanzado un paso más. Que la noche ya estaba ganada. Que de momento podíamos dejar las bromas de lado.
Nos detuvimos ante una gran casa victoriana de tres plantas alejada de la calle y con un jardín descuidado rodeado por una cerca baja de color blanco. Detrás de las cortinas hechas con sábanas y tapices hippies asomaban bombillas desnudas y las paredes blancas cubiertas de pósters, de modo que la comuna destacaba como una piñata entre los edificios de apartamentos de dos plantas con forma de caja que la flanqueaban. Entre los coches que había aparcados en la calle había dos que no irían a ninguna parte y uno que parecía habitado. Al enfocar la vista descubrí a un negro con ropa interior blanca sentado en una silla de jardín en el garaje abierto de uno de los edificios contiguos; tenía una botella metida en una bolsa de papel. El hombre siguió con la mirada el camino del Falcon por el callejón contiguo a la comuna, impasible.
– ¿Quieres que te presente a Matt? -preguntó Jane mientras Katha aparcaba.
– Es su manera de despedirse educadamente -dijo Deirdre desde delante-. Jane y Matt están todo el rato follando.
– ¡Cállate! -dijo Jane, y le dio una palmada en la cabeza a Deirdre.
– No lo niegues, sabes que es verdad.
En el porche, Katha volvió a sonreírme, como si supiera que tenían a un hombre en ascuas.
– Adelante -me dijo-. Mi cuarto está en la segunda planta. No tiene pérdida.
Jane y Matt vivían en el ático, al que solo se podía llegar por una escalera de mano que salía de la tercera planta. Cuando Jane le llamó, Matt no bajó, se limitó a asomar el torso desnudo por el borde del desván. Pese a la barbita a lo Cristo, tampoco él tendría más de diecinueve años.
– Hola -dijo.
– Dylan conoce a los REM -le contó Jane-. Es amigo de Katha.
– Mola -contestó Matt, parpadeando, esperando, si había que creer a Deirdre, para follar con Jane.
– Vale, pues adiós -me dijo Jane, mostrándose tímida por primera vez. Trepó por la escalera como una ardilla.
Bajé de nuevo por la inmensa y destartalada escalera iluminada únicamente por una bombilla violeta. Se oía música al otro lado de varias puertas y el aire de la casa estaba cargado de aromas diversos: coladas, cigarrillos, cerveza. Era mi última oportunidad, podía haber dejado atrás la segunda planta y haber salido a buscar un taxi a la avenida San Pablo. No lo hice.
Al fondo de la segunda planta, las dos habitaciones de Katha formaban una suite que, con los asientos empotrados de la ventana en saliente, los techos decorados y el suelo de parquet, podrían haberse considerado unas habitaciones espléndidas en una casa espléndida de haber estado en cualquier otro sitio que no fuese Emeryville. La realidad era que los techos tenían manchas de humedad y el parquet estaba levantado, de tal modo que estaba seguro de que el casero se sentía agradecido por tener inquilinos incluso a pesar de que la mayoría empleara lucecitas navideñas a modo de lámparas. El estuche de la guitarra de Katha descansaba apoyado en una pared junto a un radiocedé; había un ropero sin puertas ni estantes atiborrado de ropa. La segunda habitación, más pequeña, solo tenía un colchón individual envuelto en una tela de tapicería. No había nada en las paredes.