La Fortaleza De La Soledad
- Автор: Летем Джонатан
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortaleza De La Soledad». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de un chico negro y uno blanco: Dylan Ebdus y Mingus Rude, vecinos que comparten sus días y defienden su amistad a capa y espada desde un rincón de Nueva York. Esta es la historia de su infancia en Brooklyn, un barrio habitado mayoritariamente por negros y en el que comienza a emerger una nueva clase blanca. Esta es la historia de la América de los años setenta, cuando las decisiones más intrascendentes -qué música escuchar, qué zona ocupar en el autobús escolar, en qué bar desayunar- desataban conflictos raciales y políticos. Esta es la historia de lo que habría pasado si dos adolescentes obsesionados con superhéroes de cómic hubieran desarrollado poderes similares a los de los personajes de ficción. Esta es la historia que Jonathan Lethem nació para contar. Esta es La fortaleza de la soledad.
Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) es una de las voces más inventivas de la ficción contemporánea. Es autor de nueve novelas y depositario de distinguidos galardones, como el Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos.
De pronto Katha me pareció una refutación de ese libro, refutación que hasta ese momento tampoco era consciente de necesitar. Aquella novela barata y tonta me había enfurecido porque tocaba un nervio sensible: la vergüenza que me producían mis heridas, el miedo de que me convirtieran en intocable, en alguien venenoso para los demás. Katha hizo que todo eso careciera de sentido. Yo había imaginado que seguía a un ángel peligroso a su guarida, que me sentía atraído por una oferta de destrucción. Pero Katha solo era un ángel normal. El cuarto de su hermana lo demostraba, y M-Dog y Peter. Pero la mejor prueba era mi presencia en esa casa. Katha me había acogido cuando lo necesitaba.
Katha era tan buena como sus heridas. Formaban la esencia de su ser. Lo que me convertía en alguien peligroso, o al menos desagradable, no era mi dolor, sino el modo en que lo había negado. Lo que había dejado por hacer. Katha daba cobijo a su hermana y a M-Dog, Mingus entregaba un riñón y Abraham y Francesca le llevaban sopa y pollo a Barrett Rude Junior. En mi estado visionario veía incluso los Tupperwares, veía al esquelético Barry embadurnando de mostaza picante un muslo frío de la nevera. Mientras, Abby y yo librábamos una ingeniosa guerra para demostrar cuál de los dos estaba en realidad deprimido. Por lo visto, al rechazar mi dolor había matado de hambre mi vida. Me había perdido entre amagos y escaramuzas a tres mil kilómetros del frente. Katha tenía una cama preparada a la espera de su hermana de Walla Walla: yo tenía The Falsetto Box y Your SoCalled Friends.
Cuando, diez meses antes, habían enviado mi texto para el recopilatorio de los Subtle Distinctions a Rhodes Blemner de Remnant, él había dejado pasar quince días sin llamarme para confirmar que lo había recibido. Al final había optado por llamarle yo.
– ¿Lo tienes?
– Claro.
– ¿Qué pasa?
– No pasa nada. Incluiremos el texto en la caja, lo he enviado al departamento gráfico. Ya está todo programado.
– ¿Te ha gustado?
– No es tu mejor trabajo, Dylan. -Rhodes dominaba una franqueza hippy absolutamente letal, imitación de sus héroes: desde Bill Graham a Robert Crumb-. Me ha decepcionado un poco después de que insistieras tanto para que los reeditáramos. No es lo que esperaba.
– Pues lo considero mi mejor trabajo.
– Bueno, desde luego transmite que esa es tu opinión. Está lleno de grandes ideas, si te refieres a eso. Pero a mí me parece que también tiene mucha tontería. Para empezar, las citas del principio, la chorrada esa de Brian Eno, que, por cierto, he cortado.
– Vete a la mierda, Rhodes. Devuélveme el texto.
– Lo publicaremos. ¡Yo qué sé! Tal vez acabes ganando un Grammy. A la mejor palabrería.
Me defendí:
– Tenía que crear un contexto…
– Es un contexto falso. El texto se lee como si te hubieras pasado un año entero en un cuarto pequeño escuchando solo a los Distinctions y luego hubieras postulado la historia de la música negra. Da la impresión de que estabas intentando evitar algo. Tal vez la fase de investigación. ¿Lo quieres en plata? Si hasta citas a Cashbox. Parece una de esas chorradas que escriben los británicos: escriba una nota de presentación sobre músicos vivos y cite una entrevista publicada en Cashbox en mil novecientos setenta y cuatro.
Ahora y aquí, en el futón de Katha, sumando la marihuana a la cocaína en las postrimerías de una fiesta fuera del tiempo, mientras mi mano empezaba a explorar con lujuria automática la rodilla de la camarera, los reparos de Rhodes Blemner a mi texto parecían formar un todo con las demás revelaciones. Mi incapacidad para proporcionarle un final a Jared Orthman para la historia de los Prisonaires me enviaba el mismo mensaje que las rimas de M-Dog, que el cuarto vacío de la hermana de Katha, que el triángulo verde de mi padre: me había detenido en mitad de un movimiento. Mis datos no servían. Me habían ganado los becarios de Zelmo Swift, hasta la sopa de Francesca había investigado más que yo. «El tipo sigue vivo», había escrito, pero no me lo había creído, me lo habían tenido que repetir una y otra vez Jareds, Rhodes y Zelmos. El hombre en cuestión tenía además un hijo, aunque solo tuvieran un par de riñones entre los dos.
Katha y yo charlamos y nos besamos mientras se me amontonaban los pensamientos, y también cuando dejé de pensar. Mi camarera y yo teníamos meses de bromas acumuladas y recurrimos a ellas. En el pegajoso futón cubierto de tela de tapicería, a la luz de la farola que iluminaba la pared, con la inspiración celta de los lamentos de Van Morrison, nuestros cuerpos confundidos se fueron empujando y atormentando mutuamente. Manos calientes se atascaron en la cintura de los vaqueros hasta que suspiramos y los desabrochamos. La carne de Katha era suave y lustrosa, tan gomosa que me pregunté si no sería un efecto del polvo de droga que se había colado entre mis dedos y su piel. Era afelpada y tersa, como un animal de mazapán. Una elegante línea de vello bajaba por la curva de su ombligo hasta la maraña púbica.
Me detuve donde siempre me detengo, en la melancolía del umbral, un hombre hecho y derecho. «Podríamos dejarlo aquí. Estaría bien, podría bastar.» A menudo estoy más seguro de querer que me abracen que de pasar a algo más.
– Tengo una cosa -susurró Katha-. Enseguida vuelvo.
– Vale.
Mis rubias siempre habían sido Leslies Cunningham paseándose inmunes por el mundo o al menos pareciendo diosas impasibles que me miraban con recelo. Ahora mi rubia era Katha Purly. Al menos una se había entregado a mí por completo y sin regateos, pero ella era diferente, más real, más rica gracias a sus heridas. Fue una epifanía ordinaria, de las que se desvanecen rápidamente, la última de una larga lista: mi joven camarera no era una fantasía porque nadie lo era. La gente era real, todos y cada uno. Hasta era probable que las chicas Solver, dondequiera que estuvieran, lo fueran.
Ahora tenía a mi rubia, sí, pero no conseguía mantener la erección. Eran las drogas: no me sentía dentro de ella, cubierto por el condón que Katha me había colocado. Pero Katha Purly era insoportablemente generosa conmigo. En la pálida luz diurna que ahora inundaba la habitación, arrancando largas sombras de las migas de los malolientes rincones y del silencioso radiocedé, mientras las calles llamaban a la vida con sus ruidos y la casa callada y llena de cuerpos dormidos recordaba a una nave interestelar, Katha se tocó, regalándose bellamente el orgasmo que yo había querido provocarle, se hizo enrojecer cuello y cara y teñirse de rosa las sienes bajo sus pálidas cejas mientras me exhortaba a rendir tributo sobre su espléndido pecho húmedo, animándome con su voz, alentándome. Lo conseguí, por los pelos.
Cuando me desperté estaba sudado y un sol cegador nos iluminaba en la habitación árida, nuestros cuerpos se habían deshecho del abrazo y descansaban en lados opuestos, teníamos las sábanas enroscadas en las rodillas. Katha se despertó un poco y me dio permiso para quedarme, pero yo no podía. Me vestí y me fui, volví a casa andando por la avenida San Pablo. Eran las diez de la mañana. No podía quedarme en casa de Katha Purly porque Katha Purly no era, al fin y al cabo, un lugar. Ni tampoco Abigale Ponders. Ni California, no para mí. En concreto, no eran la calle Dean, no eran Gowanus, y allí era adonde me dirigía. Tenía que volver al lugar al que había pertenecido. Reservé un billete de avión por teléfono, me duché y dormí. Cuando me desperté por segunda vez hice la maleta y, una vez más, cogí el anillo.
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