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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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A fin de que mi piel pudiera recuperarse un poco, al llegar el verano el Señor Arashino me encomendó la tarea de recoger tradescantias, una planta cuyo jugo se emplea para pintar las sedas antes de almidonarlas y teñirlas. Suelen crecer en las orillas de los estanques y lagos durante la estación de las lluvias. Pensé que sería un trabajo agradable. Así que una mañana de julio me puse en camino con mi mochila a la espalda, dispuesta a disfrutar del día fresco y seco; pero no tardé en descubrir que estas plantas son maléficas. Parecía que todos los insectos de Japón fueran aliados suyos. En cuanto arrancaba unas cuantas no tardaba en ser atacada por divisiones de garrapatas y mosquitos; y lo que es aún peor, una vez pisé una asquerosa babosa. Después de pasar una semana recolectando flores, emprendí la tarea de exprimirlas para extraerles los jugos, algo que pensé que sería una tarea fácil. Pero eso sólo hasta que sientes el hedor que despiden. Al final de la semana estaba deseando volver a los tintes.

Durante aquellos años trabajé mucho. Pero todas las noches cuando me iba a la cama pensaba en Gion. Todos los distritos de geishas en Japón habían vuelto a abrir un año después de la rendición; pero yo no podía volver hasta que Mamita no me mandara llamar. Le iba estupendamente vendiendo kimonos, obras de arte y espadas japonesas a los soldados americanos. De modo que de momento, ella y la Tía pensaban quedarse en la pequeña granja al este de Kioto donde habían abierto una tienda, mientras que yo seguiría viviendo y trabajando con la familia Arashino.

Considerando que Gion estaba sólo a unos kilómetros, lo más normal es pensar que iba mucho. Sin embargo, en los casi cinco años que viví allí, sólo fui una vez. Fue una tarde de primavera, como un año después de acabada la guerra. Había ido a recoger la medicina del pequeño Juntare al Hospital de la Prefectura de Kamigyo, y a la vuelta di un paseo por la Avenida Kawaramachi hasta la altura de la Avenida Shijo y allí crucé el puente hasta Gion. Me sorprendió ver a tantas familias vi viendo pobremente hacinadas en la orilla del río.

En Gion reconocí a varias geishas, pero ellas, claro, no me reconocieron; y no hablé con ninguna, esperando poder recorrer el lugar como lo haría alguien que no es de allí. Pero, a decir verdad, no vi verdaderamente Gion en este paseo; sólo vi mis fantasmagóricos recuerdos. Recorriendo las orillas del Shirakawa, pensé en las muchas tardes que habíamos pasado Mameha y yo paseando por ellas. Muy cerca de allí estaba el banco en el que nos habíamos sentado Calabaza y yo con dos cuencos de pasta la noche que le había pedido ayuda. Y no muy lejos estaba el callejón en el que Nobu me había afeado por tomar de danna al general. Desde allí caminé medio bloque hasta la esquina de la Avenida Shijo, donde hice tirar las cajas que transportaba al joven repartidor. En todos esos lugares concretos me sentí como si estuviera en un escenario muchas horas después de terminado el espectáculo, cuando el silencio cae pesadamente sobre el teatro vacío, como un manto de nieve. Me acerqué a nuestra okiya y contemplé con nostalgia los cerrojos de hierro de la puerta. Cuando estaba allí encerrada deseaba estar fuera. Ahora la vida había cambiado tanto que, por el hecho de no poder entrar, quería volver a estar dentro. Y, sin embargo, era una mujer adulta, libre de alejarme cuando quisiera de Gion para no volver más.

Una fría tarde de noviembre, tres años después del final de la guerra, me estaba calentando las manos con el vapor que salía de las cubetas de los tintes, cuando la Señora Arashino entró en el anexo a decirle que una persona quería verme. Supe por su expresión que no se trataba de alguien del vecindario. Pero no te puedes imaginar mi sorpresa cuando al subir la escalera vi a Nobu. Estaba sentado en el taller con el Señor Arashino, con una taza de té vacía en la mano, como si ya llevara allí un rato charlando. El Señor Arashino se puso en pie al verme.

– Tengo cosas que hacer aquí al lado, Nobu-san -dijo-. Pueden quedarse aquí y charlar lo que quieran. Es un placer que haya venido a vernos.

– No se haga ilusiones, Arashino -contestó Nobu-. Sayuri es la persona que he venido a ver.

Pensé que Nobu no era muy amable diciendo aquello; y desde luego, no tenía nada de divertido, pero el Señor Arashino se echó a reír y cerró la puerta tras él al salir.

– Creía que el mundo ya no era el mismo -dije-. Pero no es así, pues Nobu-san no ha cambiado un ápice.

– Yo no cambio nunca -respondió-. Pero no he venido aquí a parlotear. Quiero saber qué te pasa.

– No me pasa nada. ¿Acaso Nobu-san no ha recibido mis cartas?

– Todas tus cartas parecen poemas. Nunca hablas de nada, salvo de «los hermosos arroyos que corren…» y otras tonterías por el estilo.

– ¡Pero, Nobu-san! ¡No volveré a perder el tiempo en escribirle una carta!

– ¡Para lo que cuentas, igual me da! ¿Por qué no puedes decirme las cosas que quiero saber, como cuándo piensas volver a Gion? Todos los meses telefoneo a la Casa de Té Ichiriki preguntando por ti, y la dueña me da una excusa u otra. Creía que te iba a encontrar horriblemente enferma. Estás más delgada, supongo, pero tienes buen aspecto. ¿Qué te retiene aquí?

– Todos los días pienso en Gion.

– Tu amiga Mameha regresó ya hace más de un año. Incluso Michizono, con lo vieja que es, apareció el día de la reapertura. Pero nadie ha podido decirme por qué no vuelve Sayuri.

– Si quiere que le diga la verdad, la decisión no es mía. Estoy esperando que Mamita vuelva a abrir la okiya. Tengo yo tantas ganas de volver a Gion como Nobu-san de verme allí.

– Entonces llama a esa Mamita tuya y dile que ya ha llegado el momento. Llevo seis meses esperando pacientemente. ¿Entendías lo que te decía en mis cartas?

– Cuando me decía que quería que volviera a Gion, entendía que esperaba verme por allí pronto.

– Cuando digo que quiero verte en Gion lo que quiero decir es que hagas las maletas y vuelvas a Gion. No entiendo por qué tienes que esperar a que vuelva esa mamá tuya. Si no ha tenido el buen juicio de volver todavía, es que es una estúpida.

– Poca gente habla bien de ella, pero le aseguro que estúpida sí que no es. Nobu-san incluso la admiraría si llegara a conocerla. Se está ganando estupendamente la vida vendiendo souvenirs a los soldados americanos.

– Los soldados no se quedarán para siempre. Dile que tu buen amigo Nobu quiere verte en Gion -y tras decir esto sacó un paquetito con su única mano y lo tiró delante de mí en la estera. Luego se calló, limitándose a mirarme mientras bebía su té.

– ¿Qué me tira Nobu-san? -pregunté.

– Es un regalo que te he traído. Ábrelo.

– Si Nobu-san me hace un regalo, primero tengo que darle yo el mío.

Me dirigí a un rincón del taller donde tenía un baulito con mis pertenencias, y saqué un abanico que ya hacía tiempo había pensado darle a Nobu. Puede parecer que un abanico es muy poco regalo para el hombre que me libró de la vida en las fábricas, pero para las geishas, el abanico que utilizan en la danza es un objeto sagrado. Y éste no era un abanico sin más, sino que era el que me había regalado a mí mi maestra cuando llegué al nivel shisho de danza Inoue. Nunca había oído de ninguna geisha que se hubiera separado de un objeto tal, y por eso había decidido dárselo.

Envolví el abanico en un trozo de algodón y se lo entregué. Se extrañó al abrirlo, como me había supuesto. Le expliqué lo mejor que pude por qué quería que lo tuviera él.

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